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Internacional Relaciones entre India y Pakistán en la cuerda floja luego de sangrienta semana que dejó más de 170 muertos a manos de terroristas islámicos.

BOMBAY

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Tres días de Masacre
Según inteligencia india atentado sería obra de grupo extremista musulmán Lashkar-e-Toiba, que tiene fuertes conexiones con Pakistán.

Uno de los textos más elocuentes en torno a los terribles sucesos acaecidos en la inmensa capital india la semana pasada fue escrito por Suketu Mehta, un profesor de periodismo de la Universidad de Nueva York.

“En el Bombay en el que crecí”, recordó en el New York Times, “tu religión era una excentricidad personal, como un corte de pelo. En mi colegio te identificaban según el jugador de cricket o estrella de Hollywood que adorabas, no según qué profeta. En el Bombay actual, las cosas han cambiado. Demagogos hindúes y musulmanes quieren que las turbas salgan de nuevo a conquistar las calles y masacren al otro en nombre de Dios”.

Ese llamado asesino cobró esta vez al menos 172 muertos –entre ellos 19 extranjeros– y 239 heridos. La sangría se desató a las 9 y 15 de la noche del miércoles 26, cuando unas explosiones se oyeron en las proximidades del monumento Gateway, que a esa hora bullía de turistas. A los pocos segundos el Café Leopold, también concurrido por visitantes, fue ametrallado.

En las siguientes cinco horas un grupo de diez hombres apertrechados como para la guerra y con los rostros descubiertos atacaron el complejo habitacional judío Nariman House, la estación ferroviaria Chattrapati Shivaji, los lujosos hoteles Taj Mahal y Trident-Oberoi (cerca de 200 huéspedes fueron tomados de rehenes y más de 50 fueron ejecutados), los barrios de Vile Parle, Wadi Bunder y Girgaum Chopatty y el hospital Cama and Albless.

Los dos últimos bastiones de los atacantes fueron los dos lujosos hoteles. Hasta el viernes 28 las fuerzas de elite de la India seguían enfrentándose a los terroristas que todavía se encontraban escondidos en el Taj Mahal. Para el día siguiente, el hotel estaba ya liberado, nueve de los pistoleros abatidos, uno sobrevivía y el humo de la masacre comenzaba a disiparse para dar paso a una ráfaga de preguntas. La mayoría llevan la mirada al vecino Pakistán.

SEGÚN LA REVISTA india Outlook, a mediados de setiembre el jefe de la oficina de la CIA en Delhi dio a conocer a sus pares indios que la organización fundamentalista islámica Lashkar-e-Toiba (‘Ejército de Dios’, fundada en Afganistán en 1991 pero asentada en Pakistán) llegaría por mar a la India y atacaría Bombay.

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Dos meses después inteligencia india recibió más pistas. Una cédula de Lashkar-e-Toiba estaba entrenando en un campo militar de Karachi, Pakistán, y planeaba atacar el lujoso hotel Taj Mahal.

Avisado, el equipo de seguridad del hotel se preparó para una posible “siembra” de bombas en las instalaciones. De igual forma, la Guardia Costera, alertados por la agencia de inteligencia india, estaban atentos ante cualquier embarcación sospechosa que provenga de Karachi y que tenga bandera pakistaní.

Pero los terroristas no partieron desde Pakistán sino de la misma India y a bordo de un barco indio, el cual ocuparon matando a sus seis tripulantes, salvo el timonel.

Es así que, sin levantar la menor sospecha, llegaron a las costas de Bombay y desataron el terror que terminó el sábado 29. Dicha barca fue encontrada por la Guardia Costera, un día después de los ataques, a la deriva en las costas de Bombay.

El terrorista sobreviviente, Ajmal Qasab, de 21 años, reconoció a la policía que el grupo entrenó durante seis meses en un campo de la mencionada milicia en Pakistán. Allí aprendieron técnicas de combate cuerpo a cuerpo, toma de rehenes, manipulación de explosivos y navegación satelital.

LA MASACRE VUELVE a poner a prueba las siempre tensas relaciones entre India y Pakistán, dos países que han librado tres guerras en el último medio siglo. El libro “War at the Top of the World”, del analista canadiense Eric Margolis (CARETAS 1707), repasa la conflictiva historia. Si bien hasta ahora los gobiernos del pakistaní Pervez Musharraf y el indio Manmohan Singh han mantenido la retórica a la raya para no complicar más sus ya militarizadas fronteras, el segundo ha exigido una colaboración más activa a Islamabad. Ese pedido fue secundado por Washington.

Margolis sostiene que el momento más álgido se vivió en 1999 cuando ambos países estuvieron a punto de enfrentar su poderío nuclear. En mayo de ese año violentos choques se produjeron en el valle Ladaj del norte de Cachemira, territorio en disputa entre Pakistán y la India.

Los atentados terroristas son cosa de todos los meses en la región pero, aún así, el último año ha marcado una sangrienta diferencia.

El 27 de diciembre del 2007 la ex primera ministra de Pakistán, Benazir Bhutto, fue asesinada luego de regresar al país tras años de exilio. Dos meses antes, cuando arribó a Karachi, se desató una serie de atentados contra su comitiva que terminó con 139 personas muertas. Los ataques fueron orquestados por Al Qaeda.

Apenas a fines de setiembre el gobierno paquistaní calificaba la destrucción del hotel Marriott en Islamabad como “el peor atentado de la historia” del país. Como tantos otros, se trató de un terrorista suicida.

En India, al menos cinco atentados a lo largo del año cobraron la vida de unas 185 personas. Los blancos fueron las ciudades de Jaipur (mayo), Ahmenabad (julio), Manipur (octubre) y Asma (octubre). Pero tres de los principales centros comerciales de Bombay ya habían sido víctimas de un atentado múltiple que dejó 24 muertos en setiembre.

“¿QUÉ PUEDE SALIR de esta crisis?”, se preguntó sobre la actual coyuntura económica el ministro de RREE de Singapur, George Yong-Boon Yeo, en el Foro del Consejo Ejecutivo Empresarial de APEC (ABAC) la semana pasada en Lima. “Veremos rápidamente el surgimiento de conflictos. El jihadismo es sólo una parte de las manifestaciones políticas que pueden desembocar en violencia”, advirtió. Según el ministro, habrá “países, etnias y religiones” que saldrán ganadoras de la crisis, pero muchas otras resultarán perdedoras.

Bombay es una cara de esa moneda y esta vez, de nuevo, es el radicalismo islámico el que desató la locura. Según el mencionado Suketu Mehta, es la naturaleza libre, abierta y caótica de Bombay, de esta megalópolis vulnerable de 18 millones de habitantes con un millón más cada año, lo que atiza el odio de los fundamentalistas.

El director de asuntos latinoamericanos de la India, R. Viswanathan, dijo en CARETAS 1978 que “ustedes conocían a los indios como fatalistas, pesimistas, filosóficos. Ahora los jóvenes tienen otra mentalidad: quieren conquistar el mundo. Pero no con balas, sino con las tres C: computadora, cable y conocimiento”.

Pero un país tan inmenso y complejo como la India presenta más de una faceta. En las últimas semanas se armó un enorme revuelo por la detención de un alto mando militar local que simpatiza con corrientes fundamentalistas. El impacto fue tan grande porque las Fuerzas Armadas se han mantenido ejemplarmente al margen de la política desde la independencia hace más de 60 años atrás. En 1993, de otro lado, en un sonado incidente una turba de hindúes masacró a unos musulmanes. Ahora ocurrió lo contrario.

Bombay es, como lo subraya Mehta, una ciudad cuyo corazón bombea con la dhandha o la transacción. “Desde el vendedor ambulante de comida que protege fieramente su negocio, hasta los magnates y sus sueños de adquirir Hollywood, esta ciudad entiende de dinero y no tiene culpas por obtenerlo y gastarlo”.

Tal vigor se convierte en un blanco para los extremistas. Pero los límites parecen mucho más marcados que hasta hace un tiempo. Por ejemplo, los cementerios musulmanes de la inmensa ciudad le han negado sepulcro a los nueve cadáveres de los asesinos, cuyas edades oscilaban entre los 18 y los 28 años. (E.CH / P.C)


 


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