Opinión Por ROCCO BUTTIGLIONE
La Dura Experiencia De Pío XII
ROMA – Una vez más, la reputación del papa Pío XII está bajo escrutinio y es blanco de ataques. De hecho, tan indagatorios son los interrogantes y tan encendidas las discusiones sobre el pontífice de la Iglesia Católica Romana durante la Segunda Guerra Mundial que el Papa actual, Benedicto XVI, recientemente anunció que tal vez posponga la beatificación de Pío hasta que se abran y examinen los archivos del Vaticano para los años de guerra.
¿Por qué Pío XII es acusado con tanta frecuencia de haber sido casi un cómplice de la Alemania nazi cuando, durante su papado, la Iglesia Católica en Roma protegió y escondió a miles de judíos? Esta es una de las preguntas históricas más complejas de nuestros tiempos.
Durante varios años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII gozó de una gran popularidad, incluso dentro de la comunidad judía. La corriente cambió durante los años 1960, siendo la obra de Rolf Hochhuth The Deputy el punto de partida para el cuestionamiento encendido de la reputación de Pío.
Ahora bien, para entender cómo empezó a cuestionarse la reputación de Pío, debemos analizar la obra de Hochhuth dentro del contexto de las grandes insurrecciones sociales y culturales de los años 1960. La izquierda alemana quería modificar la interpretación de la historia alemana que fue el cimiento para la Alemania occidental democrática y capitalista creada por el canciller Konrad Adenauer. Esa interpretación consideraba los horrores del nacionalsocialismo de Hitler como una consecuencia de la abjuración de Alemania.
En los años 1920 y 1930, la cultura y los valores cristianos tradicionales de Alemania habían colapsado bajo el ataque de dos ideologías ateas: el comunismo y el nazismo. Ambos destruyeron la República de Weimar, al actuar como una especie de mellizos malvados que se odiaban mutuamente, pero que compartían un odio común: la cristiandad y la democracia.
La nueva interpretación que vino de la mano del movimiento juvenil alemán radicalizado de 1968 sostenía que la era de Hitler no fue un quiebre tajante con la historia alemana, sino más bien una continuación de ella. La única dirección para la cultura alemana que no llevaba al abismo espiritual del nazismo –según esta nueva interpretación radical– era el marxismo. No el marxismo fosilizado de la República Democrática Alemana, por supuesto, sino el nuevo marxismo “crítico” asociado con figuras como Herbert Marcuse.
Dada la distorsión de la realidad que reside detrás de esta visión, es fácil entender por qué sus defensores llegaron a considerar a Pío XII como un aliado de Hitler. Por cierto, sobre esta misma base, Adenauer podía ser considerado (y de hecho lo era) un nacionalsocialista.
Es cierto, Pío XII no condenó al nazismo durante la guerra. Pero su antecesor, el Papa Pío XI ya lo había hecho, en la Encíclica Mit Brennender Sorge (“Con viva preocupación”). Pío XI también había condenado al comunismo, en la Encíclica Divini Redemptoris. De manera que las enseñanzas de la Iglesia sobre los males del nazismo eran transparentes para todos.
Ahora bien, ¿por qué Pío XII no reiteró esta condena del nacionalsocialismo durante la guerra? Para responder esta pregunta, necesitamos analizar la situación a través de los ojos del hombre que lideraba la Iglesia Católica durante esos años. Es una visión muy diferente de la nuestra.
Para un observador neutral en los años 1940, la guerra era principalmente una guerra de nazismo versus comunismo. Europa era el premio. Las democracias occidentales, como reconocen hoy la mayoría de los historiadores, desempeñaban un papel relativamente menor en la gran lucha militar. El Papa creía que podía condenar a ambas potencias totalitarias o no condenar a ninguna de ellas. Pero toda condena del comunismo por parte de Pío habría sido explotada por la propaganda nazi para respaldar el esfuerzo bélico de Hitler. Y una condena del nazismo podría haber sido malinterpretada como un ataque no contra el nazismo, sino contra Alemania en su lucha de vida o muerte contra el régimen comunista de Stalin.
Muy pocos en el Vaticano –de hecho, en Europa en general– tenían un conocimiento real en esos días del vasto poderío industrial de Estados Unidos. E incluso quienes sí conocían algo sobre el poder norteamericano, dudaban de que los norteamericanos aceptaran los peligros y el gasto que implicaba defender a Europa del comunismo después de que la Alemania nazi fuera derrotada. Nadie podía imaginar que la invención de la bomba atómica le daría a Estados Unidos una ventaja militar tan extraordinaria como para que defender a Europa se volviera posible y aceptable para el pueblo norteamericano.
Pío XII era un Papa, no un profeta. No sabía nada de todo esto y razonablemente no podría haberlo sabido.
Entonces, ¿cuál era la visión del Papa durante los años de la guerra? A pesar de ser un germanófilo de larga data, Pío XII era antinazi. Esperaba que Alemania pudiera separarse del nazismo, que se pudiera destruir el nazismo sin destruir a Alemania, preservando así a la gran nación como un bastión contra la Unión Soviética.
Esta era exactamente la visión que tenían los patriotas alemanes que participaron en la conspiración para asesinar a Hitler el 20 de julio de 1944. La mayoría de ellos pagó con sus vidas y hoy se les rinde honores en Occidente por su coraje y sus principios. Sin embargo, a Pío se lo condena de forma ritual.
La Alemania de Klaus von Stauffenberg, no de Hitler, era la Alemania que amaba Pío XII. De hecho, los diplomáticos papales no sólo estaban al tanto del complot contra Hitler, sino que intentaron mediar entre los conspiradores y las potencias aliadas.
La esperanza de quebrar el poder nazi preservando al mismo tiempo a Alemania del destino de la destrucción total, y el derramamiento de sangre que la aguardaba en los últimos meses de la guerra, era una esperanza noble, incluso si al final demostró ser poco realista. Si Pío pecó al albergar esta esperanza, el suyo fue un pecado noble. (Rocco Buttiglione*)
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Rocco Buttiglione, ex ministro de Asuntos Europeos de Italia, hoy es profesor de Derecho en la Universidad San Pío V, en Roma.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
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Traducción de Claudia Martínez