Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
El Parque Asesinado
Allá por los cincuenta del pasado siglo lo llamábamos Indianápolis por su parecido con el célebre circuito automovilístico norteamericano e incluso el día de hoy alguna buena bestia se siente de vez en cuando campeonísimo al volante y mete pata a fondo en pleno parque Melitón Porras, a pesar de los rompe-muelles, y ruge cual tormenta su carricoche generalmente mediopelero e insignificante. Querer pero no poder,
that is the question.Pero no sólo los animales del volante han contribuido a que uno de los más bellos parques del Perú haya muerto asesinado. Por lo pronto, algún día no muy lejano, y sabe Dios por qué desconocida ordenanza municipal, aunque sin duda alguna de ésas que se aprueban entre gallos y medianoche, íntegra la parte jardín inglés del Parque Melitón Porras amaneció mocha. Desaparecieron preciosos arbustos, podaron fatal varios árboles, lo iluminaron todo en exceso, plantaron una serie de minijardines dignos de una casita de muñecas, sí, mas no de un parque, y que encima de todo constantemente hay que volver a plantar y llenar nuevamente de almácigos porque los anteriores no aguantaron y tampoco los anteriores a ésos y así infinitamente y siempre hacia atrás y siempre eso sí con más y más florecitas muertas de frío, de calor o de pena.
Hoy, encima de todo, unas enanas palmeritas pretenden tal vez darle un fallido toque tropical, pero las pobrecitas lo que tienen más bien es siempre una pinta de andar con un tremendo gripazo de esos completamente invernales. Completan el panorama unas vereditas acondicionadas con bancas para que no falte el ritual del amor popular, aunque no sin riesgo de atropello, pues una tras otras no sólo bicicletas sino hasta raudas y criminales motocicletas cruzan de un lado a otro el parque surgiendo locas por las calles laterales, todo un gravísimo atentado, un inmenso peligro de muerte. En fin, que del viejo parque que hasta inglés parecía, con sus vetustos faroles, sus numerosos arbustos y la niebla melancólica que viene de los acantilados de Miraflores y Barranco, hoy ha quedado este híbrido al que por las tardes acuden, en fugaces camionetones, choferes furtivos que traen perros en busca de un baño público.
Los propios habitantes del parque, con muy honrosas excepciones, han terminado por asesinarlo al reemplazar las nobles casas de toda la vida por edificios cada vez más grandes, cada vez más altos, y en algunos casos francamente horrorosos. Y tanto que en uno de ellos ya cuelga en alguna ventana ese letrero de SE ALQUILA amarillo tipo barriada. Por supuesto que no quiero decir que las nobles casas de toda la vida fueran maravilla alguna, que las había incluso bien feas, pero en todo caso a nadie se le había ocurrido aún construir un caserón con dos, sí, con dos, no con uno sino con dos pórticos francamente Tiahuanaco.
Ricos y menos ricos y hasta francamente pobres entre los ricos e incluso peor han sido siempre los propietarios de las casas de este parque situado en un distrito de clase media bastante empobrecida, por lo demás. Y aunque uno pensaría que, precisamente los habitantes con mayores recursos del parque serían los que más hacen por conservar ese aroma de gran parque que tuvo hasta la víspera de su asesinato por varias manos criminales, con el Melitón Porras ha sucedido exactamente lo contrario, en estricto cumplimiento de ese cortoplacismo que es tan característico de nuestros ricos, tan pobres por lo demás si se les compara con los de nuestros países vecinos, unos ricos de pacotilla, en realidad, cuyas fortunas son tan pequeñas como las de un acaudaladillo centroamericano o algún ricachón del África más pobretona.
Por un puñado de dólares, uno de estos ricos es capaz incluso de tumbar su hermoso caserón, de acabar para siempre con su precioso jardín, de construir una mole de departamentos, de aplastar arquitectónicamente las casas vecinas, y de pasar a vivir en una comunidad de vecinos. Increíble pero es así. ¡Diablos! ¡Quién entiende! Con lo cómodo que resulta poder vivir en una casa propia. Con lo requetecómodo que resulta. Pero no: por un puñado de dólares un riquillo de éstos “a la peruana” se compra paradójicamente menor calidad de vida. Se compra incomodidades mil. Se compra todo tipo de molestias y altas probabilidades de malos humores, de malos ratos, de malos tratos, y hasta de malas vibraciones, que diría alguno.
Y conste que para nada juzgo la calidad arquitectónica de la nueva mole, que puede ser hasta muy hermosa, pero que no por ello deja de ser mole, y una mole que además irá llenando el parque de automóviles y de mil cosas más, con todo lo que ello trae consigo de ruidos y toxicidad, en fin, con todo lo que ello trae consigo de molestias que empiezan nada menos que por el propietario de la nueva mole, el vecino que consumó definitivamente el asesinato del Parque Melitón Porras, tan peruano por lo demás en aquello de que cada quien construye aquí o allá la casa de sus sueños en franco contraste con la casa de los sueños del señor de enfrente o la de sus propios vecinos. Los cuales, a su vez, tendrán unos sueños que para qué les cuento.
Yo mismo acabo de aterrizar en el Parque Melitón Porras con mi propio sueño, una suerte de palomar romano, por decir lo menos, ya que es calco, con arquitecto y todo, de las habitaciones para huéspedes de la residencia del embajador de España en Roma, un palazzo que corona el monte Gianícolo, en lo más alto del Trastévere. Pero desgraciadamente, el aterrador aterrizaje en pleno sueño de un ingeniero de apellido González, no sólo ha aplastado literalmente mi tan romano y patricio sueño, al equivocarse nada menos que con la altura de las paredes y del techo, por ejemplo, entre un millón y medio de equivocaciones más.
Todo lo cual, en mi opinión, merece por sí solo un artículo propio, cuyo título será, tal vez, “El aterrador aterrizaje del ingeniero Manuel González X”. O, por qué no, también: “Por nada de este mundo permita usted que el ingeniero Manuel González X le mida la altura de nada. Y mucho menos que nada la altura de sus sueños.” En fin, algo así, pero aclarando bien esto de la X, eso sí, porque en esta tierra nuestra quién no se llama Manuel González y es además ingeniero. Debe haber millones. Pero ninguno como el mío. Créanme. (continuará). (Por: Alfredo Bryce Echenique)