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Testimonio Testimonio de parte.

Mi Verdad Sobre Bryce

Pertenezco a una generación que aprendió a ver el Perú a través de la obra de ficción de Alfredo Bryce. Casi cuarenta años después de haber leído Un mundo para Julios, mi percepción de aspectos fundamentales de nuestra manera de ser sigue enriqueciéndose con la frecuentación de sus personajes: la implacable jerarquía social, la precariedad de los afectos, el imperio de las apariencias, la dignidad de los derrotados, la fuerza redentora del humor.

Desde que lo conocí personalmente lo sentí necesitado de proteger su vulnerabilidad de las amenazas del éxito. Durante los últimos años he pasado varias temporadas en su domicilio. Por eso soy testigo de su extrema capacidad de soledad y del tenaz empeño por producir una obra que justificara su vida y expresara la plenitud de su talento. Nunca he cesado de admirar el esfuerzo que ha sido capaz de desplegar en circunstancias que pocos hubieran podido soportar. Lo que yo he vivido hasta ahora hubiera sido incompleto sin la amistad ejemplar de Bryce. Pocas veces he visto a un escritor hacer tanto por el reconocimiento de un colega vivo, como él hizo por Julio Ramón Ribeyro. De la misma manera que lo sé capaz de interrumpir sus vacaciones para cumplir una promesa a los alumnos de Los Reyes Rojos.

Cuando me llegan los ecos de las acusaciones contra él, me alegra retener que nadie ha puesto en duda la originalidad de su obra literaria, en la que cada línea resulta inimitable. Demasiado bien he percibido en Lima que la hostilidad a su persona suele hallarse en relación inversa a la calidad humana de quienes se complacen en tirar la piedra. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo gozar de los logros ajenos, en vez de ejecutar la sentencia de un ex presidente cuyo nombre prefiero omitir: “En la historia del Perú, yo no admiro a nadie.”?


 


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