Economía Prepara segundo multimillonario paquete de estímulo fiscal, pero sin confianza, suena.
¿Dónde Vamos, Obama?
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Geithner en Tesoro a partir del martes. |
Hasta el 20 de enero estuvo de moda analizar las causas de la crisis financiera. Ahora que los bancos no les prestan a otros bancos, ni a sus clientes, está en boga hacerle a Obama reclamos que parecen futboleros: que haga la jugada de Keynes o la de Roosevelt, o que recupere la confianza. Sin embargo, viendo la realidad, el asunto no es fácil y las opciones son pocas.
En lenguaje keynesiano, cuando las cosas marchan bien se acentúa la propensión a consumir, y cuando se ponen difíciles aumenta la propensión a ahorrar. Si ese ahorro no se presta a través del sistema bancario, no hay inversión ni consumo; se postergan los gastos previendo que los precios bajarán más adelante y, cuando eso se cumple, se vuelven a postergar. Para que ese comportamiento no se generalice interviene el gobierno, incrementando sus gastos y apuntalando el crédito. Si se generaliza llega la deflación, y de ella no hay forma de salir rápido. El Japón, en la década de 1990, se estancó 10 años, pese a una tasa de interés de 0 % y una inversión pública 1.5 veces la de Estados Unidos, con un PBI de sólo un tercio.
La urgencia actual se debe a que la mentalidad deflacionaria ha sentado sus reales en los grandes centros financieros. Los bancos no se prestan entre sí porque “sería irresponsable prestarle a otro banco que se maneja igual”, pero con ello han paralizado los créditos documentarios, indispensables para la importación y exportación, en momentos que las restricciones al comercio internacional resultan fatales. A sus clientes, los bancos se la hacen muy difícil, por temer la desvalorización futura de las garantías.
Es evidente que la confianza se ha evaporado y es indispensable restituirla. Sin embargo, recibió sólo una mención ligera en el discurso inaugural de Obama. Eso, sin duda, porque la confianza fue, en 1929, el tema central de la toma de posesión del presidente Hoover, con quien conviene poseer todos los grados de separación posibles.
Para reponer la confianza se pide a Obama que haga lo que hizo Roosevelt, lo cual tendría sentido si no fuera porque ya lo hizo Bush. En efecto, el programa de rescate TARP por US$ 700 billones, aprobado el 2008, cuya primera mitad permitió al Secretario del Tesoro Paulson comprar acciones preferenciales y efectuar préstamos a los bancos, parece reproducido de la Sección N° 304 del Título III de la ley de rescate de marzo de 1933 ( Emergency Banking Relief Act). La diferencia está en que ese año el sistema financiero ya había tocado fondo, lo que no había ocurrido el 2008. Además, la credibilidad de Roosevelt era altísima, y los US$ 1,125 millones desembolsados entre 1933 y 1935 dieron resultado; en cambio, la de Bush era inexistente y después de darle US$ 350,000 millones a los bancos, éstos seguían tan quebrados como antes. Si Bush hubiese sostenido que el sol se levanta por el Este y se pone por el Oeste, la gente habría cuestionado la astronomía.
Ahora la credibilidad está del lado de Obama, pero la segunda mitad del TARP y su estímulo fiscal de US$ 850 billones restituirán la confianza siempre que se imponga el convencimiento general de que los desembolsos serán bien supervisados y la economía no se puede hundir más. Por eso se discute cómo llegar al fondo de la manera más rápida, antes que la mayoría tenga el estómago pegado al espinazo. Los planteamientos en debate son dos:
El primero consiste en separar los activos bancarios en dos: “buenos” y “malos”. Los activos “buenos” continuarían en el sector privado y los “activos malos” serían nacionalizados. Este planteamiento, aparte de los naturales reparos que provoca, tiene como dificultad la valorización de los activos malos. Mientras en la época de Roosevelt bastaba un tasador para hacerlo, porque eran activos sencillos, ahora se requiere un ejército de matemáticos por los complejísimos derivados financieros asociados a ellos desde 1998. Además, gran parte de los activos está en la banca paralela que se constituyó en la principal fuente de financiamiento de los negocios a partir del 2004, año en el que la SEC decidió no supervisar ni regular a las matrices y afiliadas de las empresas reguladas. Esta banca paralela llegó a poseer, el 2008, activos por US$ 11 trillones, casi el doble de los US$ 6 trillones de la banca regulada. Eso lo lograron en el mercado de contratos de recompra (REPO) donde, con la garantía de títulos ilíquidos vueltos líquidos por los derivados, pudieron obtener préstamos por un promedio de 35 veces su capital. Esos préstamos financiaron el exceso de gastos de consumo que hoy se debe absorber para tocar fondo. Ya se absorbió US$ 1.2 trillones y se estima que falta n US$ 1.5 a 2 trillones.
El segundo planteamiento es el de la nacionalización de los bancos, cuyo número de auspiciadores serios ha aumentado de manera sorprendente. La nacionalización, como es lógico, implica que el gobierno obtendrá los activos “buenos” sin añadir un centavo al monto necesario para adquirir los activos “malos”, y ofrece como ejemplo exitoso el de la banca sueca en los años 1990. Sus detractores afirman que las nacionalizaciones son intrínsecamente malas y como muestra exhiben la de los bancos británicos.
¿Cuál de los planteamientos se impondrá? En su juramentación como Secretario del Tesoro Timothy Geithner reafirmó que el gobierno debe estar al margen de la propiedad mientras sea posible. Para algunos, ya no lo es.