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Entrevistas Ramiro Llona y su viaje geográfico y existencial en busca de su propia pintura.

El Camino De Ramiro

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“Para mí la única mujer que existe es la que amo. Se llama Andrea y es una diseñadora bastante más joven que yo. Estamos juntos hace seis años”.

Ramiro Llona, 61 años, nacido en Lima, es un pintor internacionalmente conocido. Saborea hoy el éxito gracias a haber llevado una vida personalísima en la que ha destacado siempre su voluntad de hierro. Hablando con él en el restaurant Costa Verde se da uno inmediata cuenta de su independencia de criterio. Tiene las cosas muy claras en su mente y es totalmente renuente a influencias extrañas. No tiene medias tintas, o está de acuerdo, porque así lo siente, y en ese caso el tema fluye no como río manso sino con la fuerza de unas cataratas arrolladoras, o está en desacuerdo y no da su brazo a torcer, voltea la página con mucha educación y a otra cosa mariposa. “Soy un ser independiente, me gusta pensar que no le debo nada a nadie y todo me lo he hecho yo solo”. Sepamos cómo lo hizo.

–¿Cuándo tomó contacto con el arte?
–Empecé a estudiar Arquitectura en la UNI en 1966. Fue un desencuentro vocacional, no me llenaba. Soy excesivo y apasionado y vivía con una angustia adolescente y existencial espantosa. Estuve 4 años dándole vueltas a los estudios de Arquitectura, pero la realidad es que yo dibujaba en los márgenes de los cuadernos mientras me aburría en las clases de análisis matemático. Éramos muy inquietos.

–¿Inquietos? ¿Quiénes?
–Un grupo de estudiantes con gustos afines. Éramos asiduos a la cazuela del Teatro Municipal y no nos perdíamos un concierto, leíamos mucho, comentábamos de arte y un día una compañera me contó que había una señora que daba clases de dibujo. Recuerdo que fuimos al taller un miércoles a las 4 de la tarde de finales de los 70. Dibujamos 2 horas frente a una modelo desnuda. Encontré mi vocación de manera frontal y, con el carbón en la mano, me di cuenta que ese era el camino para preguntarme quién era y lo que quería ser. Sentí que ese instante me iba a durar toda la vida.

–¿Y qué hizo con la Arquitectura?
–Ingresé en la Escuela de Artes, un poco tarde, a los 23 años, pero ya equipado por la urgencia de ser. Pienso que el arte nace del arte. Uno está inmerso en el río universal de las imágenes. El primero de mis grandes diálogos artísticos fue con mi profesor en los dos últimos años de la Escuela: Fernando de Szyszlo, quien fue un maestro abierto y generoso en compartir sus vivencias como pintor.

–Se acaba la Escuela ¿y…?
–Me voy. Me fui a ver pintura, a conocer, a seguir buscando ese diálogo, ese enfrentamiento con los pintores que admiraba y algunos otros que iría descubriendo en el camino. Me fui a Nueva York en 1977, “por un par de años” y eso duró 24, intercalados con visitas a Lima de corto tiempo.

–¿No era esa una época loca en la que la atomización del arte hacía que en éste el esteticismo se escapara como arena entre los dedos?
–Bueno, yo seguía el expresionismo abstracto de Nueva York y mis dioses eran Pollock, Dekooning y Rothko. A finales de los 70, y hablando de la atomización del arte que menciona, las galerías estaban llenas de papeles, eran las últimas etapas de un arte conceptual en que lo más importante era la presentación de una idea que su realización plástica, entonces yo vivía en los museos.

–Mire, Pollock me parece un artista absolutamente genial pero jamás he comprendido a un Andy Warhol inspirándose en los comics y en la publicidad industrial y coloreando fotografías. Me importa un pimiento. ¿A usted le gusta?
–No me atrapa. Hay quien dice que todo terminó con Duchamp, cuentan que cuando fue a Rusia y vio a Kandinsky pensó que éste ya lo había hecho todo en pintura. Zizek dice que el silencio de Duchamp está sobrevalorado.

–¿Ahí terminaron sus búsquedas?
–Volví a Lima y de Lima salí para Europa a seguir buscando una ciudad porque pensaba que Nueva York no me había funcionado. Mi periplo europeo fue fantástico y lo recordaré siempre. Visité 54 ciudades como mochilero y fue la experiencia más cercana a la libertad que he tenido. En aquellos momentos no necesitábamos visas y tampoco hacíamos esas horribles colas. Yo llegué a Europa, vía Szyszlo, de una tradición de claroscuros en la pintura y me voy al Museo del Prado de Madrid a enfrentarme con las pinturas negras de Goya (las que hizo en la Quinta del Sordo) y me encuentro de buenas a primeras con el maravilloso colorido de los retratos en grupo que hizo Goya a la realeza borbónica. En Italia voy a buscar a Tiziano y me encuentro con un cuadro suyo impregnado de color que acababan de restaurar. Me capturó Giotto y la pintura mural del siglo XIV. Es ahí donde yo siento que empieza lo mío con las aperturas hacia el color. Me regreso a Nueva York en 1980 y coincido con el retorno de la pintura después del extraordinario vacío de los 70 y las galerías del Soho están llenas de cuadros de todas partes del mundo.

–La masificación del arte. Los marchands. Corre el dinero.
–Hoy las cosas han cambiado, primero se hacen los museos y luego hay que llenarlos. El mundo del arte no puede funcionar como si fuera la bolsa de valores. La gente compraba arte joven pensando que duplicaría su dinero en un par de años. La parte buena de la crisis económica actual (que yo creo va a ser mucho más fuerte y larga de lo que cuentan los políticos) es que el espacio de especulación en el comercio del arte contemporáneo va a desaparecer. Hay que respetar el desarrollo de los jóvenes.

–El “artista” conceptual Piero Manzoni preparó 90 latas cerradas con una etiqueta que decía “Mierda de artista”. La Tate Modern Galery de Londres llegó a pagar 124 mil euros por una sola. Después se descubrió que en vez de heces las latas contenían yeso.
–Hemos vivido veinte años en un mundo en el cual todo se podía comprar y todo se podía vender, nadie miraba el cuadro sino el negocio.

–¿En qué está ahora?
–Estoy pintando grandes formatos, de más de 5 metros. Yo soy como el andinista que cada vez busca una montaña más alta.

–¿Cree en los estereotipos?
–Los estereotipos son una cárcel dorada. Uno tiene que ser independiente incluso frente a los propios logros. Picasso decía: “no importa copiar a los demás, lo terrible es copiarse a sí mismo”.

–¿Qué piensa del amor?
–Yo estoy enamorado para siempre mientras dura. Para mí la única mujer que existe es la que amo.

–¿Y a quién ama actualmente?
–Se llama Andrea, es una diseñadora bastante más joven que yo. Estamos juntos hace 6 años. El momento más feliz de todos los días es sentarme a desayunar con ella. Después empiezan los problemas: la pintura es siempre cuesta arriba.

–¿Qué libros lee?
–Leo y releo continuamente. Acabo de releer “La educación sentimental” de Flaubert y “Conversación en la Catedral” de Vargas Llosa. Los dos últimos libros que más me han impresionado son: “Atonement” de Ian McEwan y “The road” de Cormac McCarthy.

–Hágase el autorretrato de su carácter.
–Mi carácter es de extremos. Siempre ando en polos opuestos. Soy desbordado pero también muy disciplinado; soy excesivo pero también mesurado; soy goloso y también ando en permanentes dietas; me encanta la bohemia en su estado puro y sin embargo amo el deporte; me atrapa el amor y también la soledad. La vida está llena de tentaciones a las que debemos sucumbir sin que se conviertan en problemas. (Por: José Carlos Valero de Palma)


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