
Mención Honrosa
Consuelo de Cartaginés
En estos treinta años de servicio, el menor de mis suplicios ha sido redactar memorandos y estatutos con la servil sintaxis de mis superiores. Aún así, jamás se me ocurrió hacerles notar la maraña de pelos que hallé en la sopa de formulismos y lugares comunes con los que, tan solo, alimentaron la ignorancia de otros escritorios.
No reniego de las horas de trabajo que dediqué a afilar precisos consejos en la sombra de los escalafones medios, aún cuando más tarde los viera salivados como atolondradas instrucciones en la boca del jefe de turno. Nunca respondí con una queja o protesta a la insignificancia de los encargos encomendados. Por el contrario, navegué con la frente en alto por las brumas de la administración pública sabiéndome el único tripulante con un remo entre las manos. En ocasiones, he contribuido, lleno de rigor y minuciosidad, a remendar los asuntos de Estado para ocultar sus costuras menos amables: convertí balbuceos de subsecretario en argumentos de estadista, tomé vaguedades de portapliegos para improvisar argumentos de tribuno, arropé la indigencia de informes repletos de cicatrices normativas con los bríos del cinismo jurídico. Acepto mis culpas con dignidad, y no pienso en la jubilación como el purgatorio donde pasearé un arrepentimiento que mi espíritu ya desechó como quien cercena una carnosidad inmunda. Roma gana las guerras, pero nosotros hacemos los refranes. Después de padecer la estrechez y demás penurias del servicio gubernamental, eso es todo lo que me queda: un consuelo de cartaginés. A diferencia de las personas que hoy apuran el trajín de firmas y registros de mi renuncia, me gusta visitar la desnuda quietud de los libros en busca de alguna frase tempestuosa que me mantenga a salvo del “sentido común” que imponen los horarios de oficina. A dos días de abandonar mis labores en la trastienda del poder, di con esta turbulencia: Roma gana las guerras, pero nosotros hacemos los refranes. Me ayudó a llevar de buen ánimo la entrega de cargo y los apretones de mano. Finalmente, me digo, siempre ha sido así. En este país, donde se queman y reponen banderas partidarias para pagar favores y asegurar lealtades, los romanos se valen de los refranes de los derrotados para mantener en pie la precariedad de su imperio. Mis refranes deben haber alimentado dos o tres generaciones de aprendices de monarca. Pero que quede claro, no es que quiera justificar mi abdicación haciéndola pasar como una venganza por la plusvalía que pesa sobre mis hombros de navegante ilustrado. Acepto mi posición en el infeliz reparto de roles y máscaras. Lo que sucede es que, de un tiempo a esta parte, la vulgaridad de los vencedores se ha convertido en una humillación adicional a la de saberme vencido. Los romanos han cedido su lugar a bárbaros de estrella bordada en el pecho: señoronas que componen ordenanzas y decretos con el descuido de las peores misivas de amor adolescente; remedos de ancianos respetables, cojeando a duras penas sobre el bastón de una ayudamemoria a la que se aferra su oscurantismo mental; jovenzuelos que picotearon dos o tres párrafos felices en sus vidas, y ahora creen que tienen derecho a graznar la ineptitud de sus malas digestiones librescas. Renuncio. Mis refranes no saciarán esos buches rudimentarios. Que sigan cavilando a lomo de mula y frotando las piedras de su necedad. El fuego de mis ideas prefiere recluirse a velar causas más nobles, digamos, a aplaudir la bendita flacidez de mi vientre y celebrar la sordera que en este momento me procura la mayor felicidad posible: mantenerme a salvo del discurso de despedida que el batracio de ocasión ha tenido a bien dedicarme. Me regocijo viéndolo inflar su papada para estirar la lengua en busca de alguna palabra justa. Seguro que el pobre sólo está cazando moscas de vientres verdes y patas velludas. De aquí en más, es el único manjar que tendrán a la mano. Que les aproveche. (Augusto Effio)