Sociedad Arenga local y opciones históricas ante coyuntura actual.
Psicología de la Crisis
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Madoff ganó más de US$ 820 millones con estafa piramidal. Personaje símbolo del desplome de la avaricia, espera en una celda a que se le dicte sentencia el 16 de junio. |
Sobre su escritorio, una edición de ‘En la hora crepuscular de Europa’, de José María Alejandro, con oportuna página marcada en el interior. Y en las manos un cigarro que, apagado, servirá como extensión del dedo sobre la llaga. Hasta que sea prendido –y luego otro– más tarde, por Bruno Seminario, economista, para hablar de la inminencia de la crisis.
Valiéndose de una notable perspectiva temporal, Seminario, director del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, explica la necesidad de distinguir los escenarios: están aquellos que quedan como saldo de eventos que cambian radicalmente la historia y que, sobre todo, producen un desastre social: “Ejemplos de esto son la Primera y Segunda Guerras Mundiales, donde la infraestructura económica se destruye por los bombardeos”, dice. “Cuando viene la fase de reconstrucción, la población piensa que no se va a recuperar, pero normalmente acaba extrapolando lo que ha sucedido. No hay hasta ahora ninguna sociedad contemporánea que haya desaparecido o que no se haya vuelto a recuperar”.
No es necesario irse muy lejos geográficamente para encontrar un ejemplo de esto; sí, quizás, temporalmente, para recordar el saldo de la Guerra del Pacífico, que culminó sólo de facto en 1884. “La guerra con Chile le costó al Perú muchísimo más que lo que la Segunda Guerra Mundial les costó a Japón o Alemania”, explica Seminario. “El PBI (Producto Bruto Interno) de Perú descendió cerca de 40%. Japón y Alemania se recuperaron relativamente rápido, en diez años, porque EE.UU. les dio dinero. Como a nosotros nadie nos dio, la recuperación de la guerra –o sea, alcanzar el mismo nivel de producción– recién se consiguió treinta años después, en 1914”.
Como crisis netamente económica, Seminario cita a la Gran Depresión de 1929, “porque el fenómeno y la psicología son bastante parecidos a los actuales. Los años previos fueron de prosperidad: la gente se sentía especialmente optimista. Incluso en la historia económica los veinte son considerados los ‘años locos’ en casi todo el mundo. Por ello hubo una resistencia a comprender el evento, resistencia que también existe ahora. Hace tres meses era muy difícil convencer a la gente en el Perú que la crisis iba a llegar. Y eso que la información está desde hace dos años: hace dos años ya se podía predecir la crisis económica. A pesar de ello, hay un montón de personas que se sienten sorprendidas por una crisis que es, probablemente, la más anunciada y anticipada de los últimos cincuenta años”.
Seminario se muestra en desacuerdo con el tratamiento que el discurso oficial ha dado al tema desde que las primeras preocupaciones comenzaron a gestarse, a fines del 2007. “El discurso de Alan García, que es repetición del que se inventó en EE.UU., es absolutamente ridículo”, continúa. “El gobierno peruano quiere practicar una campaña psicológica optimista, pero tiene dos problemas principales: el primero, que el líder de la campaña ha provocado en su primer gobierno una hiperinflación que generó una de las peores crisis económicas del Perú. El segundo, que niega lo que todo el mundo esta viendo. ¿Cómo voy a convencer a alguien de que invierta si todo se está cayendo? El gobierno tiene que admitir la realidad, incluso le conviene. Esto es tan grande que no lo puede controlar, y no puede dar garantías”.
“Lo que sucede es que la gente no aprende nada del pasado, simplemente porque no domina horizontes temporales amplios”, finaliza Seminario. “Si los últimos años todos ha estado bien, piensan que siempre lo va a estar”.
Crisis al Diván
La visión sombría de Seminario tiene una contraparte algo más luminosa. Tanto como la tarde soleada que penetra en el consultorio de Augusto Escribens. Ahí, tomando un helado como involuntario símbolo de esperanza, el psicoanalista y lingüista se pone como ejemplo de la respuesta del ciudadano peruano de a pie ante la anunciada crisis económica mundial: “Mi propia reacción frente a la crisis es de negación: no sé cómo será. Es la negación del miedo, sí; pero no tengo los indicadores para tener miedo. Sé que me va a afectar de alguna manera pero no tengo ninguna certidumbre. Voy viendo qué gasto puedo recortar, cuánto colchón tengo. He formado en la cabeza el peor escenario y me pregunto si sobreviviré y cómo”.
“Las expectativas hacen mucho del comportamiento. Y es cierto que puede ocurrir que el pánico adelante la crisis”, admite. “La economía se ha hecho tan simbólica: se trabaja con equivalentes mentales de objetos que están en otro lado, se compra y vende y sólo se ve papeles en la Bolsa. Entonces, cuando falla el sistema la gente se golpea con la naturaleza subjetiva de este vínculo. Empieza a desconfiar, no sabe si el dinero vale o no vale. Decaen los ánimos”.
En ese sentido, Escribens explica que para entender el optimismo con que Alan García y su gobierno proponen recibir la crisis que ahora se hace inminente (pero que hasta hace un tiempo, según pronósticos oficiales, se iba a pasar al país de largo), se ha de analizar a qué estrato del psiquismo apela el discurso político. “Los seres humanos tenemos aspectos absolutamente primitivos y otros más elevados”, dice el psicoanalista. “Pensamos con la cabeza o el hígado, y siempre somos una combinación de eso. Nuestro lado más primitivo, en el fondo, quisiera que hubiera seres omnipotentes que nos protejan de todo. Es la añoranza por la situación de dependencia absoluta que tenía el bebé con respecto al padre. A lo que apela García es a esto, a ese deseo por alguien tan poderoso que puede cambiar la realidad circundante. Pero más en el estilo de su discurso que en su contenido, porque yo sí creo que algunos aspectos de su optimismo tienen sustento. Además”, reflexiona Escribens, “es necesario mantener el optimismo en la población en tiempos de crisis”.
Por otro lado, cree que la abierta honestidad de Barack Obama –criticada por su par local– funciona porque “apela a una serie de cuestiones, como la derrota de la política desastrosa de los republicanos, de todo lo que está relacionado con la guerra. Obama es el cambio, lo nuevo, la verdad, por eso puede mandarse ese baño de sinceridad”.
“Los peruanos somos pesimistas y sufrimos de desconfianza”, finaliza Escribens, “pero tampoco tanto”. (Rebeca Vaisman)