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Fútbol La dificultad de la prudencia ante un ventilador encendido.

Pizarro y la imagen de Image

El conflicto conyugal Delgado – Faré sigue generando una inmensa controversia. La paulatina - y probablemente calculada - hemorragia de documentos, vouchers bancarios, manuscritos, compra-ventas y demás que vienen apareciendo en los diferentes programas periodísticos, en dosis justas para mantener en vilo al público semana a semana y acrecentar el morbo, empieza a desbordar los límites de la razón. Los temas se conocen solo desde un punto de vista, la avalancha de condenas a diestra y siniestra a quienes tengan en algún caso, la desdicha de apenas aparecer en un manuscrito de Delgado; se están consumando sin que se haya oído siquiera una argumentación de la defensa de los involucrados en el lío. No somos ingenuos y no creemos en santos en esta historia, pero ¿que tal si se espera un poco el desarrollo de los procesos en FIFA, Sunat y el Poder Judicial? ¿No sería prudente -cualidad que nunca daña – ver cuánto, de todo lo que se da por hecho, a la larga no pasa de simple presunción? Si en el caso de algún involucrado, incriminado con ligereza así ocurre, ¿tendrá alguien la dignidad de disculparse?

Al margen de la reflexión; que se nos antoja luego de constatar un nivel de perversión tal, que hace que la envidia y el odio sean más fuertes que el grado de análisis que una responsabilidad como la de prensa exige; sí es interesante abordar el problema de la debilidad de los clubes ante los malos funcionarios y representantes, especimenes éstos que pululan en todo rincón del planeta donde el fútbol es profesional y se maneja dinero.

¿Qué sucede cuando el gerente de logística de una empresa cualquiera se colude con un proveedor y lo favorece con la mayoría de órdenes de compra a cambio de una comisión? Generalmente si es descubierto, la empresa lo expulsa y se reserva el derecho de entablarle alguna demanda mientras de manera paralela ajusta sus mecanismos de control para evitar la recurrencia del fenómeno. Ya si el asunto es de un funcionario del Estado y de licitaciones con dinero público de por medio, son las mismas entidades del estado las que, en una situación más cercana a la utopía que a la realidad, demandarán el hecho. Del mismo modo los funcionarios de los clubes se prestan en muchas ocasiones a un juego de comisiones y favores que termina, más en el caso peruano, arruinando a los clubes. Son muchos los ejemplos, en los que dirigentes –a veces también técnicos y periodistas - además de cobrar comisiones bajo la mesa, lucran del contrato de trabajo de muchos de sus propios jugadores que por llegar a un arreglo, se coluden (“¿quieres 8? Te doy 10 pero me facturas 15”. Ergo, el jugador levanta 2 adicionales y el dirigente 5 limpios al bolsillo), otros que se benefician del contrato de alquiler de un departamento en el que alojarán al técnico de turno y otros, del contrato de auspicio y atuendo de alguna marca deportiva con que se presentará en competencia. O quizás reciban también coimas por la construcción de estadios o por el establecimiento de montos de deuda por los mismos. Claro que también hay comisiones en la compra de campos sintéticos y demás. De todo hay. Y nada justifica este tipo de actos, pero es necesario definir responsabilidades y no embarrar con ventilador a diestra y siniestra considerando a todos necesariamente como partícipes de una presunta mafia.

¿Y por qué los clubes son tan vulnerables y conociéndose el asunto no hay mecanismos de control? Al tratarse, en la mayoría de casos, de sociedades civiles sin fines de lucro, cuyos dueños son por lo general las asambleas de asociados que eligen a sus autoridades en elecciones muchas veces amañadas, el nivel de control en los clubes de fútbol es muy pobre. Los presidentes terminan siendo funcionarios plenipotenciarios por 3, 6, 10 o más años, negocian, venden, compran, se endeudan y demás en nombre de la persona jurídica que representan, y se terminan yendo con los bolsillos llenos y dejando las arcas solo con
compromisos por pagar para que el próximo elegido los asuma. Como ellos mismos manejan sus comisiones revisoras de cuentas, como tienen el control del dinero y detentan los poderes, como manejan también la feble clase societaria, queda entonces cerrado el círculo y consumado el faenón. Desaparece la plata del club, que es de todos y al final no es de nadie. Y si hay sospechas, por ahí se “fabrica” el robo de discos duros con la contabilidad alojada en ellos y todo resuelto.

Por eso se sugiere siempre la existencia de sociedades anónimas; porque tienen dueños que cuidan su propio dinero, porque su afán de lucro los disciplina para el presupuesto de gasto e inversión, porque al ser una empresa de su propiedad e interés, ellos mismos se obligan a establecer los mecanismos de control, a proteger el patrimonio que representan sus jugadores y se sacuden de los malos funcionarios. El fútbol peruano como el resto de actividades del país tiene entre sus integrantes a malos elementos y solo la formalización del mismo puede permitir minimizar la incidencia de los corruptos en él. Si algo bueno puede obtenerse de este escándalo, debería ser la exigencia de sociedades anónimas en el fútbol profesional como mecanismo para permitir que los negociados de personas hoy, sean negocios de las instituciones mañana.

Mientras tanto seguimos de cerca una película que tiene para muchos capítulos más y en la que no necesariamente todos los villanos del principio serán villanos al final. No dejaremos de insistir en tener prudencia. Si hay delitos tributarios, de lavado de activos o de cualquier otra índole, que se sancione debidamente a los responsables y que caiga de la manera más contundente la reprobación pública también. Pero bajarle el pulgar a muchos a estas alturas, parece demasiado aventurado y por respeto a los involucrados, al lado acusador y a los principios básicos de justicia, preferimos escuchar a las partes en los diferentes frentes de disputa y evitar los fuegos artificiales. Tiempo al tiempo, igual habrá lugar para decir quién es quién en todo esto. Las adivinanzas sin embargo, no caben si lo que se reclama es justamente transparencia y moral, más aun si aquellos que reclaman esa moral y acusan con facilidad, han estado involucrados en otros casos groseros que, por falta de algún delator, solo se hicieron parcialmente públicos. (Eddie Fleischman)


 


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