Música Hace dos siglos Beethoven estrenó su Quinta Sinfonía, símbolo universal de voluntad y victoria.
La Quinta
El 22 de diciembre último la quinta sinfonía de Beethoven cumplió 200 años. Desde su estreno, en el teatro An der Wien, con la dirección del propio compositor, su música ha servido para movilizar voluntades y afirmar convicciones, tanto en los buenos tiempos como en los de infortunio.
El tema inicial de la sinfonía en Do Menor es el más conocido de la música universal, y seguramente todos lo hemos escuchado alguna vez. Está compuesto con solo cuatro notas que los músicos solfean: “…Sól-Sol-Sol-Mí… Fá-Fa-Fa-Ré…”, porque está escrito de la siguiente forma:
Ese tema, durante el primer movimiento de la sinfonía, es abordado por Beethoven de múltiples maneras, “así como el destino toca nuestra puerta”, según la frase atribuida al compositor; y, en la Segunda Guerra Mundial, por su semejanza con la letra “V” del alfabeto Morse, sus cuatro notas fueron enseña de la determinación de los libres para vencer al fascismo, cuyo eje del mal se extendía sobre la Tierra.
Pero lo que asombra hasta hoy es que Beethoven, quien en 1808 ya había perdido el oído por completo, lograse un sonido formidable con sólo cuatro notas y le diera un balance perfecto anteponiendo medio tiempo de silencio ( ) a la primera nota y dando una duración
ad limitum a la última ( ).
Beethoven hizo con esas notas lo que Newton con una manzana y Arquímedes con objetos sobre el agua: algo superior a lo del resto de mortales. Además, cuando la Quinta convoca en su apertura a todas las fuerzas de la orquesta y las conduce al logro de un designio colectivo, obtiene un éxito que por siglos ha sido esquivo a la mayoría de los dirigentes de naciones y organizaciones humanas.
Con la crisis mundial acechando, el bicentenario de la sinfonía y lo que su música representa se hubiera podido celebrar en Lima con un concierto en regla, incluyendo el Himno Nacional, nuestra canción unificadora por excelencia. Sin embargo, el empeño habría sido harto complicado.
 |
“...Sol-Sol-Sol-Mi... Fa-Fa-Fa-Re...”, el motivo que a todos ha conmovido. |
Sucede que, en octubre del 2008, circulaba la versión de que por razones de presupuesto, el INC reduciría sus elencos, entre ellos la Orquesta Sinfónica Nacional, y habría sido difícil reclamar una moral alta, como se requiere para la Quinta, a un conjunto al borde de ser desmembrado, aunque solo lo fuese en plazas como la de la tuba. Este instrumento, parecido a un gigantesco clip de papelería, tiene sonido muy grave y carece de atributos cautivadores, pero es indispensable en algunas obras de los seguidores del Meister de Bonn. Wagner, en “El Anillo del Nibelungo”, describe con la tuba las tribulaciones de los constructores del Valhalla, la sede de gobierno de Wotan, cuando éste incumple lo pactado.
Y aunque la instrumentación de la Quinta no comprendía la tuba, cuya forma actual data de 1835, el Himno Nacional, en los arreglos Alzedo-Rebagliati y Alzedo-Weninger, sí la requiere.
Y así se llega al fondo del asunto, que se reduce a que en cualquier confín del mundo una capital que se respeta tiene una sinfónica de la que se siente orgullosa. Aquí, ya es tiempo de que tengamos una. Así podremos escuchar, como se debe, nuestra canción nacional y el llamado a la victoria de la Quinta de Beethoven. (Enrique Felices *)
------------
* Directivo de la Asociación Cultural Romanza.