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Internacional La Cumbre en Londres, desde la perspectiva de los caídos.

Combo y Sutura G-20

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Un manifestante murió en Londres durante las violentas protestas contra el G-20. Con la crisis, las tendencias anti-globalizadoras se fortalecen.

La Cumbre de las 20 economías más grandes del mundo en Londres acordó desembolsos sin precedentes al FMI en un desesperado esfuerzo por apuntalar las finanzas globales, mientras el emblemático centro financiero de ‘The City’ era sacudido por violentos disturbios en los que incluso se saqueó la sede de The Royal Bank of Scotland, una de las muchas entidades con respirador artificial.

LA foto de familia salió linda. Todos vestidos con sus mejores trajes, no faltaba nadie. Allí estaba el presidente Obama, flanqueado por Nicolas Sarkozy, Gordon Brown, Angela Merkel y otros mandatarios. En un rincón, Berlusconi, el hijo mal educado, no paraba de gritar y fastidiaba a la reina Elizabeth II. Pero para que esta foto no quede en la historia como la última de un imperio decadente, la familia global tenía mucho pan por rebanar este jueves en la Cumbre del G-20 en Londres.

De hecho, el objetivo primordial de esta cumbre era nada más y nada menos que encauzar a la crisis financiera que sacude al mundo desde hace unos meses. Una agenda completa. Por ello, los miembros del G-20 tenían que ponerse de acuerdo sobre dos tipos principales de medidas: las macrofinancieras, defendidas por Estados Unidos e Inglaterra, para enfrentar la recesión económica; y las medidas estructurales, propuestas por Francia y Alemania para poner en orden la esfera financiera. Ahora bien, la magnitud de la crisis económica y la estrechez de las interdependencias presionaban al G-20 para que llegase a un consenso y activase una solución global y coordinada.

Hubo muchas transacciones, pero después de más de cinco horas de reunión, los jefes de Estado lograron este acuerdo y se congratularon mutuamente. Barack Obama afirmó estar “seguro de que lo acordado evitará que nos deslicemos hacia una depresión”, mientras que “histórico” era la palabra fetiche para comentar el documento final en el cual se precisan los acuerdos alcanzados.

De hecho, el documento testimonia una notable voluntad reformista y promete atacar todos los males que asaltaron a la economía mundial estos últimos meses: publicación de una lista negra de los paraísos fiscales, puesta en marcha de “nuevas reglas” sobre los sueldos de los actores del mercado para que tomen los “buenos riesgos”, reglamentación de “hedge funds”, registro de las agencias de calificación de riesgos. Si bien el acento fue claramente puesto sobre la regulación, también se aplicará un “estímulo fiscal sin precedentes”, según las propias palabras del Primer Ministro del Reino Unido Gordon Brown: los miembros del G-20 otorgaron así unos US$ 500 mil millones al FMI y al Banco Mundial, convinieron la inyección inmediata de US$ 250 mil millones para sostener el comercio mundial y préstamos a la exportación por el orden de US$ 250 mil millones, además de aproximadamente US$ 5,000 millones hasta fin del 2010.

Los principios –transparencia, supervisión, regulación prudencial, gestión del riesgo– suenan bien, las cifras tienen muchos ceros, lo que fue celebrado por las bolsas mundiales con fuertes subidas. Sin embargo, no significa que las decisiones tomadas en Londres permitirán resolver la crisis y mucho menos impedir que se repita. En efecto, las medidas responden a una política miope que no ataca las disfunciones profundas del sistema y pretende tapar las brechas de un barco que se está hundiendo con medidas desesperadas, según los críticos.

La importancia dada a la lista negra de los paraísos fiscales, medida emblemática de la cumbre de Londres, es en este sentido, elocuente: Macao y Hong Kong fueron, por ejemplo, absueltos por la poderosa China, mientras que Delaware, estado de los EE.UU. donde la mitad de las 500 fortunas más importantes del país y el 43% de las empresas de la Bolsa de Nueva York están domiciliadas, podrá seguir sus actividades. Pero sobre todo porque si es cierto que los paraísos fiscales son una llaga que hay que cauterizar, son solamente un síntoma de la crisis, y no una causa profunda.

De la misma manera, la cumbre de Londres era la inesperada ocasión de reequilibrar todo el sistema financiero creando nuevas instituciones reguladoras o cambiando radicalmente las que ya existían. En lugar de aprovechar la oportunidad, el G-20 decidió dar las llaves de la casa al que, durante los 80’s y 90’s, fue el apóstol de las políticas neoliberales –privatización a ultranza, liberalización de la economía, apertura de los mercados, desregulación, reducción del gasto público– que han acarreado la crisis que conocemos hoy en día. Multiplicar por tres los recursos del Fundo Monetario Internacional (FMI) para regular el sistema financiero equivale más o menos a comprar un Mercedes nuevo a un chofer ebrio que justo acaba de destrozar un Volkswagen.

Así, toda la panoplia de las medidas anunciadas por el G-20 pertenece al repertorio de acción de la “gestión del riesgo” sin atacar los mecanismos que lo engendran. Pensando que pueden conservar el mismo funcionamiento, los miembros del G-20 se comportan como los sabios locos del Parque Jurásico y posibilitan que la crisis se reproduzca después de una primera falla que terminó con los dinosaurios devorando a todo el mundo. (Pierre Boisson)


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