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Religión La tentadora historia del celibato sacerdotal.

La Sotana Y la Manzana

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Para Roberto Miranda, presidente de la Sociedad Bíblica Peruana, el padre Alberto podría casarse por religioso y servir bajo las órdenes de otra congregación.

Mejor es casarse que estarse quemando, aconsejó San Pablo en la 1ª Corintios 7:7-9. La historia no le prestó atención. Los apóstoles elegidos por Jesús eran en su mayoría hombres casados. También lo fue Pedro, el primer Papa. Durante el Antiguo Testamento, el sacerdocio demuestra no andar peleado con la vida en pareja. El Nuevo Testamento sugiere a las mujeres como protagonistas de la eucaristía. Durante el gnosticismo, la carne ya era considerada una degradación. Y el matrimonio, un error. Sin embargo, la mayoría de los sacerdotes de aquella época también estaban comprometidos. celibato sacerdotal obligatorio, legislado por primera vez durante el Segundo Concilio Lateranense en 1139 (siglo XII). Bajo el pontificado del Papa Inocencio II, fue una hábil manera de evitar que los hijos del prelado heredaran bienes de la Iglesia. “Es un tema económico”, advierte José María de Romaña. La productividad crece y los costos se abaratan. Ex sacerdote jesuita y ex periodista, De Romaña calcula haber visto una lista de aproximadamente 10 mil sacerdotes pidiendo su paso al estado civil. 10 mil de los más de 200 mil en vigencia en ese entonces, según pudo observar en El Vaticano. Generalmente por motivos de celibato. Hay quienes optan por la doble vida, como Fernando Lugo y Alberto Cutié. “El resto maneja recursos tradicionales”, agrega De Romaña. “Como el deporte o la ducha fría”. La tentación del hombre, dice, entra por los ojos. La de la mujer, por los oídos. “Más aún en tiempos de exhibicionismo”, sugiere.

Edición 646 de la revista Tvnotas USA. Ocho páginas y veinticinco fotografías de Alberto Cutié, el primer sacerdote latino y católico descubierto junto a una mujer.

Contradiciendo el lugar común, De Romaña cree que no es sólo un tema sexual. “Cuando uno es joven el idealismo puede imponerse”, argumenta. “Pero con los años, la pasión disminuye”. El hoy padre de seis hijos y abuelo de siete nietos confiesa haber sabido de casos lamentables. Recuerda a un cura abandonado a su suerte en un asilo, por ejemplo. Pero si merece un hombre que le entregó su vida a la Iglesia morir solo o no es, finalmente, un tema secundario. El primer paso sería la libertad de elegir. En su caso, dice, fue una renuncia por falta de vocación. “Estar en la iglesia fue como estar con una mujer bellísima, talentosa, inteligente y que sabe cocinar”, explica en términos nada célibes. “Pero nunca me pude enamorar de ella”. Sin embargo, él sigue siendo sacerdote, aunque sin capacidad para ejercer salvo en situaciones extremas. Aplicándole el sacramento de la extremaunción o unción de los enfermos a un moribundo, por ejemplo.


 


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