
Por José Güich Rodríguez
Sobre Héroes y Rabietas
Ahora que el cotarro se alborota y las vestiduras se rasgan ante una comisión que dará vida al justo y necesario Museo de la Memoria, es oportuno recordar qué causa tanto escozor en aquellos que cuestionan al prestigioso escritor a cargo de la nave (y a quienes un voluble García jala la alfombra cuando le place). Y que lo digan Giampietri o Flórez Araoz, quienes ya han dado varias volteretas en el aire, cual acróbatas con vocación de sacos de boxeo.
Dicen las crónicas de lo absurdo que en 1962, apenas difundidas las primeras noticias sobre el escenario y tema de La ciudad y los perros, la primera y magnífica novela de Mario Vargas Llosa, las autoridades del Colegio Militar Leoncio Prado no tuvieron idea más feliz que incinerar ejemplares del libro de marras en el patio principal y ante los alumnos, es decir, los cadetes. De haber contado con lanzallamas, pues a no dudar que los habrían utilizado. Y, de ser posible, hasta habrían hecho circular tanques sobre las cenizas, cantando el himno nacional.
Los medios de la época difundieron la demostración de intolerancia y autoritarismo -o quizá piromanía-; por supuesto, la historia de las aventuras del Poeta y su pandilla vio incrementada las ventas hasta la misma estratósfera. Los señores uniformados solo provocaron el efecto contrario con su saludo a la bandera y a la defensa del honor mancillado. Aún leemos con placer -se entiende, artístico- ese relato infestado de violencia verbal y física, perfecta representación de la sociedad peruana.