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Televisión El nuevo éxito en miniseries y la vieja fórmula del contraste socioeconómico.

Al Fondo Hay Rating

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Los Maldini-Picasso-de las Casas vs. los Gonzales-Collazos. De izq. a der.: Karina Calmet, Sergio Galliani, Laszlo Kovacs, David Almandoz, Gustavo Bueno, Magdyel Ugaz, Irma Maury y Mónica Sánchez.

Aunque día a día espantan inversiones, los conflictos sociales tambien pueden generar réditos. En la ficción, se entiende. Los saben los noticieros matutinos, los panelistas del mediodía y las miniseries nacionales. Y lo saben, por supuesto, los creadores de Al fondo hay sitio, el último gran éxito de sintonía a nivel nacional.

Fue con Los de Arriba y los de Abajo (1994) que los guionistas de televisión aprendieron a calentar el caldo de cultivo en cada comedor peruano. A entender la mesa de la cocina como una potencial mesa de diálogo. La incorporación de la problemática social fue el principal legado del exitoso tándem. Es decir, la constante fricción de dos fuerzas opuestas, como piedra contra piedra, haciendo saltar finalmente la chispa de una buena idea televisiva. La segunda lección de Michel Gómez y Eduardo Adrianzén fue más bien una tara: la inacabable capacidad de reflejar la realidad sobre un espejo distorsionado, estirando la miniserie ad náuseam. Un recurso del que abusó Así es la Vida, serie que llevó la parodia argumentativa hasta límites absurdamente inverosímiles (lo que los críticos norteamericanos de televisión llaman saltar el tiburón, en alusión a una vieja escena de la teleserie Días Felices ).

Con el anunciado fin de Así es la Vida, el dúo responsable (Efraín Aguilar y Gigio Aranda) empezó a erigir la nueva teleserie. Desde la primera quincena de diciembre hasta finales de marzo. Un bus alquilado. Un barrio clasemediero fielmente reproducido. Cien personas trabajando todo el día, entre técnicos, equipo de producción y actores. Columnas, vigas, hormigón armado. Una casa completa en medio del set. El cemento, otra vez, sería la siempre fresca mezcla de estratos socioeconómicos. El resultado fue más que auspicioso: 30,5 puntos de rating en su primer día de estreno.

“Desde el casting, se trata de un proyecto más ambicioso”, explica el experimentado Toño Vega, director de actores y puesta en escena. Vega se refiere a actores versátiles como Mónica Sánchez y Sergio Galliani, que vienen de géneros tan variados que incluyen el drama y el melodrama. La misma Sánchez se reconoce como una suerte de cable a tierra. “Mi personaje da la dosis de realismo”, dice la actriz, sabiendo que su papel de Charo Gonzales –una ama de casa viuda y provinciana– será el contrapeso de una comedia que amenazará constantemente con salirse de los márgenes de la verosimilitud. También destaca Karina Calmet, que ya ha demostrado largamente su versatilidad en el cine. Recogiendo frases de algunas de sus mejores amigas, ha logrado redactar una efectiva lista de limeñismos. Irma Maury, por su parte, brilla como Nelly Camacho de Collazos, desmarcándose de la caricaturesca Teresa (Magdyel Ugaz). El pool de actores incluye también a Yvonne Frayssinet y Adolfo Chuiman (del lado ostentoso); así como Laszlo Kovacs y Gustavo Bueno (del lado humilde). Es meritorio que se haya obviado un casting fenotípico.

La trama es sencilla, aunque ya amenaza con complejizarse: en gratitud por sus años de servicio, el chofer de una familia adinerada recibe la casa contigua a la de sus empleadores. Cuando éste muere, su familia ayacuchana llega a Lima para heredarla. Las fricciones son inevitables, así como las similitudes con la teleserie argentina Los Roldán. Pero las inequidades sociales son, finalmente, un insumo extraído de la propia demografía latinoamericana.

También lo es la movilización social, y se espera también mucho de ella. Las telenovelas peruanas parecen haberse librado para siempre del estancamiento social. En ese sentido, ha caído en desuso el molde mexicano. Aquel en donde la heroína pobre llega a ser rica sólo por un golpe de suerte. O porque en realidad siempre lo fue, pero su verdadero padre se lo había ocultado toda su vida.

El rating promedio de la serie fluctúa entre los 32 y 29 puntos. Es el respaldo del público, una posible garantía para apostar por una mejora en los guiones. Convendría agudizar las contradicciones, afilar el lápiz y ahondar no sólo en las taras pitucas, sino también en los prejuicios de barrio (quizá esquivados por mera corrección política). Y obviar la falacia que encierra la expresión televisión blanca. Blanca no es lo mismo que blanda. (Carlos Cabanillas)

La Vida en Series


Las series hechas en el Perú siempre han sido bien recibidas por el público televidente. En los 80’s aparecieron las primeras, ambas policiales: “Gamboa” y “Barragán”. La primera, protagonizada por Eduardo Cesti se convirtió en un verdadero fenómeno, al punto que el personaje puso de moda las camisas floreadas y los lentes Rayban. Producida por Lucho Llosa, tuvo guionistas de lujo como Alonso Cueto y Guillermo Niño de Guzmán y el mismísimo Mario Vargas Llosa.

Pasó un buen tiempo antes de que se volviera a intentar con este género y en 1991, Michel Gómez se lanzó con “Regresa”, un biopic de Lucha Reyes y exactamente un año después con “La Perricholi”, las dos con muy buenos resultados.

A partir del 2001 tanto las historias “blancas” como “mil oficios” o “Así es la vida”, así como las miniseries basadas en la vida de personajes populares como Dina Páucar, Chacalón y el Grupo Néctar, entre otros, fueron los únicos programas que lograron vencer en rating al programa de Magaly (“Dina, la lucha por un sueño”, llegó a casi 35 puntos de audiencia).

Otras propuestas totalmente distintas como “La gran sangre” o “Las vírgenes de la cumbia”, también fueron líderes en su momento, por lo que ahora no sorprende el tremendo éxito de “Al fondo hay sitio”. (Patricia Salinas)


- El primer episodio alcanzó los 30.5 puntos con picos de 35 en el sector D/E.
- Promedio semanal del 20 al 26 de abril: 27.3 puntos.
- Primer lugar en el ranking de programas más vistos. Magaly TV está segundo con 19.6 (cifras del mes de abril).


 


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