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Internacional Levantado para detener a los terroristas suicidas, el Muro de Cisjordania divide todavía más a israelíes y palestinos.

El Otro Muro de los Lamentos

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Hombres oran frente al muro de Cisjordania. Tiene una longitud de 650 kilómetros (cinco veces más largo que el Muro de Berlín) y ocho metros de alto.

La mujer coge fuertemente la mano de su pequeño hijo y ambos se disponen a cruzar uno de los puestos de control del Muro de Cisjordania, al este de Jerusalén.

Es cerca del mediodía y el sol brilla en el cielo despejado. Madre e hijo pasan los controles israelíes, avanzan raudos por entre la alambrada electrificada y pronto están al otro lado del muro, en Belén, territorio palestino. No hubo problemas esta vez.

Quizá porque no es hora punta, especula la mujer. Pero otro es el panorama cuando amanece y anochece.

Los niños palestinos deben madrugar para hacer interminables colas si es que quieren llegar temprano a sus colegios en territorio israelí. Cuando el sol agoniza es usual ver centenares de palestinos aguardando, hasta por más de tres horas, para cruzar la barrera. A veces las garitas se cierran y dejan a todas esas personas fuera de sus hogares hasta la mañana siguiente.

Dicen los palestinos que la humillación a la que son sometidos por parte de las autoridades de Israel es “diaria e inhumana”. Que por culpa de algunos “fanáticos terroristas” poblaciones enteras han quedado prácticamente incomunicadas y aún más empobrecidas. Que el “muro maldito” los está matando de a pocos. Un recorrido por Cisjordania ayuda a comprender el terrible drama que se vive en esta parte del planeta.

Al Otro Lado

El gobierno israelí lo llama “barrera de protección”. Los palestinos lo bautizaron en cambio como el “muro de la separación”. Tiene una longitud de 650 kilómetros (cinco veces más largo que el Muro de Berlín), ocho metros de alto y seis de ancho. Por si fuera poco, está dotado de torres de vigilancia cada 300 metros, de alambradas con electricidad, sensores y zanjas de dos metros de profundidad con bravos perros adentro.

Comenzó a ser construido en junio del 2002, durante el gobierno del “halcón” Ariel Sharon, y hoy atraviesa como una serpiente la mayoría de territorios palestinos de Cisjordania, partiendo en dos, y hasta en tres, ciudades enteras.

El régimen de Sharon justificó la edificación del muro como una medida extrema para proteger a los civiles israelíes, fueran judíos o árabes, contra los atentados suicidas de terroristas palestinos que aumentaron dramáticamente a partir del 2000, tras la llamada ‘Intifada de Al-Aqsa’ o ‘Guerra Santa’. Israel alegó también que la barrera se erigió sólo después de ensayar otras opciones que no lograron contener los ataques terroristas y una vez comprobado que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) incumplía sus acuerdos en materia de lucha contra el terrorismo.

Todo eso es cierto y en los últimos años se logró disminuir los índices de ataques suicidas. Pero el costo para las poblaciones palestinas inocentes ha sido muy elevado.

Comunidades enteras, como las 15,000 personas que viven en los pueblos del enclave de Bir Nabala, han quedado totalmente rodeadas por la barrera. Familias fueron dividas. Aproximadamente el 50% de los palestinos que visitaban los hospitales especializados en Jerusalén ya no lo hacen como consecuencia de la dificultad para conseguir los permisos y pases necesarios. Lo mismo ocurre con los colegiales, universitarios y otros estudiantes que se enfrentan cada día a los checkpoints controlados por el Ejército israelí para poder acceder a los centros educativos que han quedado al otro lado del muro, en la llamada ‘tierra prometida’.

Ese es el día a día en Cisjordania. Como consecuencia del ‘aislamiento’, ciudades palestinas como Hebrón quedaron convertidas en guetos. Los negocios quiebran y el hambre se multiplica. Isaac Zorob, palestino que vivió en el Perú durante 11 años, dice que el ingreso de comida y medicamentos es cada vez más espaciado. Hay gente que se está muriendo de hambre. Como algunos palestinos, Zorob (53) llegó al Perú en 1979 y puso un negocio de venta de telas en la avenida Abancay. No le iba tan mal, pero en 1991 regresó a su tierra, Beityala, a 10 minutos en auto desde Belén. Inauguró ‘El Pollo’, que dice es la única “pollería a la brasa” del Medio Oriente, y le fue bien hasta la construcción del muro. Entonces, su negocio, como los de sus compatriotas, se desplomó. Sólo los taxistas, que manejan inmensas carcachas con ruedas similares a los ‘lanchones’ de la Vía Expresa, parecen sobrevivir en Palestina.

Las calles de Belén lucen sucias. Hay basura acumulada en la plaza principal y la famosa Iglesia de la Natividad, edificada sobre el pesebre donde nació Jesús, es ahora un edificio con huecos y rajaduras. Otro detalle llama la atención.

Muchos palestinos caminan con la cabeza gacha. Cuando uno los observa a la cara es notorio el resentimiento de sus miradas. El muro, pues, ha ocasionado más odio y fanatismo contra Israel, que se reflejan nítidamente en los graffitis multiplicados en el hormigón. “Muerte a los judíos”, dice uno de ellos.

Cada vez menos palestinos apoyan a la ANP, dirigida por Mahmud Abbas, un político gris y apático, y crece la popularidad de organizaciones islámicas radicales como Hamas, que controla la Franja de Gaza que ha sido bloqueada permanentemente desde los bombardeos de enero último que dejaron aproximadamente 1,000 palestinos muertos.

En julio del 2004 el Tribunal de Justicia de La Haya declaró ilegal el muro de Cisjordania y ordenó su derribo y la indemnización de miles de palestinos afectados.

Pero Israel no acató el fallo y, por el contrario, promovió una agresiva política para multiplicar los ‘asentamientos judíos’ en territorio palestino, lo que ha aumentado en 200,000 el número de ‘colonos’ desde que Israel ocupó territorio palestino, en 1967.

El pasado jueves 14, el papa Benedicto XVI cruzó Jerusalén y criticó duramente la extensa barrera. “En un mundo en el que las fronteras se abren cada vez más al comercio, a la movilidad de la gente y a los intercambios culturales es trágico ver que todavía se levanten muros”, dijo durante una misa oficiada en la plaza de Belén.

Estados Unidos, durante el régimen de George Bush, no se pronunció sobre el hormigón y, por el contrario, apoyó a Sharon en sus descomunales ofensivas en Gaza y en los ataques desde helicópteros contra poblaciones palestinas de Cisjordania.

Pero Barack Obama no es Bush. El nuevo presidente estadounidense ha decidido presionar a Tel Aviv para que cambie de política de modo que pueda reanudarse una negociación al conflicto israelí-palestino, suspendido desde la ofensiva en Gaza.

La semana pasada, Obama recibió en Washington al primer ministro israelí, Benjamin ‘Bibi’ Netanyahu y le dijo que apoyará la creación de un Estado palestino soberano, y que Israel debe dejar de ampliar sus asentamientos en Cisjordania.

“Hemos visto estancados los progresos en este frente y sugiero al primer ministro que tiene una oportunidad histórica de conseguir un avance en serio de este asunto durante su mandato”, declaró Obama luego de su reunión con Netanyahu.

La respuesta del primer ministro israelí, quien preside una coalición de partidos nacionalistas y ultraortodoxos, reacios a ceder las tierras ocupadas, apareció en la prensa el domingo último. Netanyahu rechazó el “intento de Estados Unidos de imponer un cese en toda actividad de asentamiento” en Cisjordania y prometió que no aceptará limitaciones a la edificación de enclaves judíos en territorios palestinos.

Un alto funcionario del gobierno israelí que solicitó el anonimato dijo a CARETAS en Jerusalén que se esperaba que Obama, “un hombre que tiene orígenes islámicos”, tomara esa postura, pero aclaró que Israel no cederá “porque ya no sabemos quién controla Palestina, si la ANP, Hamas o la Yihad islámica. Y con terroristas no vamos a sentarnos a dialogar”.

Mientras tanto, algunos palestinos han encontrado un pequeño hoyo en un tramo del muro cerca a Ramala y por allí se deslizan evitando los férreos controles israelíes. Dicen que es la única forma para llevar un pan a casa. Podrían morir en el intento, pero no les importa. Como ellos, miles de inocentes en Cisjordania –la tierra de Jesucristo y del Rey David– esperan que sus lamentos no se queden atrapados en el muro y buscan desesperadamente una salida, un huequito acaso, para sobrevivir. (Escribe: Américo Zambrano - Fotos: Víctor Ch. Vargas)


 


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