Cultural Donde el (aún) festivo autor celebra el décimo aniversario de haber sido denunciado de plagiarse a sí mismo.
La Novela Prohibida
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Como Kafka desde febrero de 1999. |
Fue a mediados de 1996 que decidí, por primera vez, escribir una novela. Ya había discurrido por la poesía y el teatro más de una decena de veces, por el periodismo todos los días desde los veinte años, pero mi vehemencia natural siempre me había alejado de un emprendimiento tan prolongado y perseverante como la novela.
Publicaba por entonces, periódicamente, no el Monos y Monadas que había prohibido la dictadura el 5 de abril de 1992, sino unas reseñas sobre personajes peruanos del siglo XIX casi olvidados, que hallaban cobijo en las páginas semanales de Somos. Este menester me hizo cobrar un paulatino y creciente interés por aquellos tiempos del amanecer de la república. Fue así como se me ocurrió desafiarme a mí mismo para lograr que cobrara verosimilitud la historia de una amistad entre un hacendado criollo, magro, monógamo, parco, casi minúsculo, brillante para los pestilentes negocios del guano, y su esclavo negro, corpulento, polígamo, jovial, enorme, brillante para las celebraciones entusiastas de la vida.
Este empeño fue, durante un año y medio, mi obsesión. En marzo de 1998, Germán Coronado, gerente de la editorial PEISA, me hizo saber que le gustaría publicar ‘Más allá del aroma’. Que le había encantado, me dijo.
Recuerdo que fui feliz. Hacia fines de 1998 la obra fue impresa en Bogotá y todo hacía vaticinar, para mí, uno de los más hermosos momentos que hubieran podido ocurrirme como escritor. Fue entonces que ocurrió la edición pirata y mutilada de mi novela.
‘Más allá del aroma’ había sido registrada a mi nombre en el INDECOPI el 3 de junio de 1998, de manera que atendiendo una denuncia de la editorial PEISA ante la institución que defiende los derechos de autor, la imprenta donde se realizaba la versión espuria y mutilada de mi obra fue allanada por la policía, la edición decomisada, y el responsable del plagio firmó, delante de su abogado, el 5 de febrero de 1999, un acta donde confesaba que la obra era mía, asumía el compromiso de no publicarla jamás y aceptaba tácitamente pagar el precio de una indemnización por daños y perjuicios, pero dado que no hubiera un acuerdo acerca del monto, el Indecopi citaba a las partes para quince días después a fin de resolver ese único desacuerdo.
A estas alturas del relato conviene precisar que por entonces yo editaba semanalmente, bajo mi propio nombre y sin más auspicio que el favor de mis lectores, El periodista que miente con franqueza, un semanario con noticias artificiales que hacía zumba y cachimba de los propósitos de reelección perpetua que tenían entre manos Montesinos y Fujimori. Había también recibido a varios emisarios impensados de la mafia que tuvieron la osadía de querer comprar mi pluma, y yo siempre les respondí con una carcajada y la promesa de una respuesta que supieron entender por lo callada.
Estas relaciones irónicamente tensas con los sirvientes del régimen se complicarían aún más cuando Gustavo Mohme Llona me pidió que creara diariamente para La República, La última de Nicolás Yerovi, página que llegué a publicar hasta fines de julio del 2001, cuando ya se había escapado Fujimori en el avión presidencial.
Hago esta precisión pues ayudará a comprender por qué, quince días después de que el delincuente confesara su delito, me convertí en culpable de plagiarme a mí mismo.
La autoridad del Indecopi nombrada por aquella dictadura ignoró tal documento, perdí en todas las instancias, fui despojado de mi obra, multado, me convertí en una persona indigna de crédito y, por último, en marzo del 2007, cuando todo hacía pensar que los tiempos de la hipócrita tiranía habían concluido, fui condenado penalmente a cuatro años de pena privativa de la libertad, estólido fallo que la Corte Superior anuló en junio del 2008.
Hoy, diez años, tres meses y dos días después del inicio de esta increíble historia de acosos, persecución, violación del derecho a la libertad de expresión y a la propiedad intelectual, la Sala Constitucional de la Corte Suprema ha comenzado a deliberar acerca de tan estruendosa injusticia.
Y aquí permanezco, aguardando este fallo final, entre el furor y la impaciencia que más de un decenio imponen, evitando morir de indignación porque es más agradable y elegante morir de risa. (Escribe: Nicolás Yerovi)