Internacional En El Cairo, Obama tiende puente entre Occidente y el islamismo.
Obama y el Islam
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Obama ofreció en Egipto nuevo rostro de EE.UU. para las relaciones con el mundo musulmán. |
“Un nuevo comienzo”, la proclamación que las civilizaciones “no están condenadas a tener conflictos” y que “los pueblos del mundo pueden vivir juntos y en paz”: en los 55 minutos de su discurso en El Cairo el último 4 de junio, Barack Obama borró ocho largos años del reinado de George Bush y de su política exterior agresiva y neoconservadora. Un discurso sobre el cual Barack Obama trabajaba desde hace dos años y cuyo objetivo confesado era cambiar la imagen de EE.UU. y rehabilitar al Islam como una religión y no como un mal endémico: en Egipto, el nuevo presidente estadounidense tendió la mano al mundo musulmán. Pero una mano retórica. Un “plan de comunicación”, dirán los más escépticos.
Efectivamente, a pesar del importante valor simbólico de este discurso, queda mucho por hacer y el éxito del nuevo paradigma geopolítico que Obama esboza desde que tomó su cargo dependerá sobre todo de su capacidad para materializar sus palabras en actos, en particular a propósito del conflicto del Oriente Medio, que se divide hoy en día en tres llagas purulentas: el Levante y el eterno enfrentamiento Israel-Palestina, el Golfo con la doble y compleja problemática Irán-Iraq, y lo que Washington llama la región “Afpak”, que conoce un resurgimiento de los talibanes vinculados a Al-Qaeda.
Al día siguiente del discurso de Obama, explotó una bomba en la mezquita de Dir Bala, en el nordeste de Pakistán, matando a unas cuarentas personas e ilustrando cruelmente esta dicotomía entre una retórica optimista y una realidad mucho más sombría. De hecho, este país de 168 millones de habitantes sufre desde hace casi dos años una ola de atentados perpetrados por los talibanes pakistaníes que ha provocado más de 1900 muertos. Aprovechando de la pobreza, del desempleo y de la debilidad del Estado en la región, y aterrorizando a las poblaciones, los talibanes han reforzado su poder en la zona fronteriza con Afganistán, hasta convertirse en la principal preocupación de la Casa Blanca. Tanto más cuanto que el gobierno pakistaní no parecía turbarse mucho: se contentó con firmar, el último 28 de febrero, un pacto por lo menos aventurado que dejaba a los talibanes pakistaníes imponer su control y la sharia –la ley musulmana– sobre la valle de Swat a cambio de un compromiso de desarme y de una hipotética paz civil.
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La idea fue –sorpresa– un fracaso total. De hecho, apenas concluido el acuerdo de paz, los talibanes empezaron a codiciar otros territorios. El 21 de abril se apropiaron de los distritos de Bruner y de Lower Dir, llegando así a unos 100 kilómetros de Islamabad, la capital de un país que posee entre 60 y 100 bombas atómicas. Esta progresión fulgurante de los “estudiantes” impactó al mundo y provocó la ira de Washington, que presionó entonces al gobierno de Asif Ali Zardari para que se decidiese a usar la fuerza, lo que finalmente hizo el 24 de abril desencadenando una ofensiva militar en el valle de Swat.
Ahora, la cuestión para la administración Obama no es saber si el Ejército pakistaní tiene la capacidad militar de aniquilar a los talibanes y a los redes de Al-Qaeda implantadas en el valle, sino más bien determinar si el gobierno tiene de verdad la voluntad de hacerlo. Y no es nada seguro.
De hecho, el Estado pakistaní siempre ha mantenido una relación ambigua con los “estudiantes”, por varias razones. Primero porque los talibanes, aparte de su ideología islamista, pertenecen a la etnia “Pashtun”, un pueblo indoeuropeo cuya población vive principalmente en Afganistán y, justamente, en el Noroeste de Pakistán: en otros términos, los talibanes y los habitantes del valle de Swat, fuera de consideraciones religiosas, son todos pashtunes.
Por otro lado, la historia del Estado pakistaní ha sido, desde su creación en 1947, permanentemente estructurada por el conflicto de Cachemira con India. La política exterior de Pakistán se fundó así sobre la mentada “teoría de las dos naciones”, cuyo principio elemental es, para resumir, el odio entre musulmanes e hindúes. Por eso, los talibanes siempre han sido considerados ante todo como un elemento fundamental de la línea de frente contra India. Asimismo, para disponer de una “profundidad estratégica” en caso de conflicto abierto con su vecino, los poderosos servicios secretos pakistaníes han maniobrado eternamente para que los talibanes afganos se mantengan en el poder en Kabul.
En fin, existe en Pakistán un fuerte antiamericanismo desde el distanciamiento de EE.UU. de Afganistán en 1989 y las sanciones impuestas por su programa nuclear, que alimenta también la idea que esta guerra contra los talibanes y Al-Qaeda es la de los EE.UU. y no la del Pakistán.
Hoy en día, Pakistán está entonces encerrado en sus contradicciones: por un lado, la progresión de los talibanes en la región fronteriza del noroeste desafía a la cohesión del Estado y amenaza con sembrar la anarquía en el país, pero del otro lado el apoyo a los talibanes forma parte de un paradigma geopolítico del cual sera difícil desapegarse.
Pakistán entra así en una época decisiva de su historia, mientras que la guerra de Swat podría ser, como lo dijo el primer ministro Youssuf Reza Gilani, una “lucha por la supervivencia del país” y, paralelamente, un momento fundamental para la política de Obama en Oriente Medio.
Sin embargo, desde la aplicación de la sharia en el valle de Swat en febrero, se inició una inversión de tendencia inédita: de hecho, las exacciones cometidas por los talibanes en nombre de la ley musulmana –tiendas de cosméticos y escuelas para niñas quemadas, flagelación pública de una chica de 17 años al principio de marzo– conmovieron a todo el país y suscitaron repulsión entre las poblaciones pashtunes del valle. Para no hacer las cosas a medias, los talibanes decretaron “antiislámicas” la Constitución, el Estado de derecho o las libertades individuales, hostigaron permanentemente a los medios y perpetraron atentados en la casi totalidad del territorio, incluidas las ciudades más importantes como Lahore o Islamabad.
Este ejercicio violento del poder arrastró una cierta marginacion de los talibanes y fomentó el tímido nacimiento de un consenso inédito entre la población, la clase política, los medios y el Ejército. Un consenso casi surrealista en Pakistán que le ofrece una oportunidad histórica para preservar la cohesión nacional y evitar el desmembramiento del Estado.
La administración Obama, más allá del discurso, debe entonces aprovechar esta situación e incitar al gobierno de Zardari a concretizar este consenso en un frente político común decisivo para acabar la guerra contra los talibanes y Al-Qaeda, a replantear las relaciones con India para luchar de común acuerdo contra el terrorismo y a solucionar la situación del millón y medio de personas desplazadas por la ofensiva militar que sobreviven a su suerte en campos sin electricidad y sin agua.
El cumplimiento de estos objetivos será por lo tanto determinante no solamente para el futuro de Pakistán sino también para el conflicto del Oriente Medio en su conjunto: la imbricación de las tres crisis que envenenan a la región obliga a Obama a resolver el rompecabezas pakistaní antes de poder tratar las cuestiones de Palestina o del nuclear Irán. El camino de Jerusalén, de Bagdad y de Teherán parece así empezar en Islamabad, y no en El Cairo.