Vida Moderna 3 fotógrafos hacen repaso de hostales y reinterpretan ritos sexuales de Lima.
El Cuarto del Combate
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Obra de Giraldo. La muestra va desde el 3 de julio en el C.C. de España. |
Víctor Mejía (Ilusiones a oscuras, 2007) ha recorrido más de mil hostales en poco más de un año. Pero tanto esfuerzo tuvo connotaciones sociológicas antes que biológicas. Su investigación se debe a la muestra fotográfica que él mismo cura y que ha titulado “ReHacer el amor”. En esta, Roberto Huarcaya, Renzo Giraldo y Gihan Tubbeh realizan un estudio gráfico de los hostales de Lima y, de paso, de los ritos y mitos que se entrelazan (como piernas sudorosas) alrededor.
Amor moderno
Para Mejía, aunque aún existen prejuicios, la furtividad del hostal se pierde cada vez más desde la última década. Lo respaldan letreros de neón que se ven a cuadras de distancia, como llamando al transeúnte poco convencido.
El curador se aventura con una tipología: están los hostales misios, que cobran hasta cinco soles por hora. Los pretenciosos, que intentan con desigual resultado proporcionar habitaciones más producidas. Aunque en menor cantidad, también se puede atender a un hostal temático: ojo que los cuartos con tubo de baile generalmente están alquilados con días de anticipación. Finalmente, encuentra un cuarto tipo de hostal que ha bautizado como “de maleo”: este se despoja de cualquier resto de hipocresía callejera, con un nivel de sofisticación erótica impresionante: espejos, luces rojas e, incluso, cortadoras. Algunos cuentan con implementación sadomasoquista: látigos, cueros y demás.
Es pertinente hablar del clásico “chifa-telo”, o del también popular “pollería-telo”, simbiosis ambas que hacen buen uso del espacio y de las hambres de sus feligreses. Y de ese gran hostal frente al mar y bajo las estrellas que es la Costa Verde.
En lo que a pluralidad atañe, Mejía refiere el relato de un par de administradores de hostales, quienes son visitados por comunidades de swingers que toman un piso, o veinte habitaciones para todo un fin de semana y hasta cincuenta parejas. Aunque existen hostales gay, Mejía afirma que existe una democracia sexual bien generalizada al interior de cualquiera de estos edificios del placer. Ojalá la hubiera siempre fuera de ellos.
Gráfico es amarte
Separados por una década cada uno y durmiendo en realidades distintas (Tubbeh en la casa de sus padres, Giraldo en su departamento de soltero y Huarcaya en la habitación matrimonial), los fotógrafos se internan en el espacio, en sus historias; construyendo, a partir de la mirada propia, una arquitectura limeña gozosa. Dando razón a las palabras con que Mejía cierra el texto del catálogo: Un hostal, más allá de su confort, lujo, o ausencia de ambos, será siempre una orquesta de gemidos, una fábrica de placer, y a veces, porque no, de amor.
(R.V.)