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Pérdidas De rey del pop a rey del plop. Michael Jackson (1958-2009), ídolo e ícono.

Michael Jackson: El Último Ensayo

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Horas Antes .- Aplauso premonitorio. "Estaba feliz", dijo Kenny Ortega, director de los ensayos en Staples Center, Los Ángeles. This is it!, retorno y despedida definitiva de Jackson de los escenarios, agotó las entradas para sus 50 fechas en Londres. El escenario de US$ 30 millones iba a incluir muñecos de 6 m., pantallas 3D, arañas gigantes y una cama en llamas.

“Hoy se está aplicando el doble”, entonaba Michael Jackson en “Morphine”. Una composición de 1997 donde habla del Demerol, el narcótico tan mentado. También de los paros cardíacos y el tema racial. Mientras sus biógrafos peinan su cancionero en busca de más claves, los deudos esperan la segunda autopsia del llamado Rey del Pop. En dosis altas, la meperidina (de nombre comercial Demerol) puede ralentizar la respiración al borde de la asfixia. Según el medio que anunció su muerte, TMZ, un miembro de la familia ha confirmado que recibía inyecciones diarias. El médico particular de Jackson ha negado que se le haya aplicado el fármaco horas antes del reporte de su muerte. Las drogas mataron a Michael, ha dicho Deepak Chopra, amigo personal del divo.

Abundan los obituarios en blanco y negro. Las semblanzas que van de rey a monstruo en dos líneas. Las necrológicas llenas de hipérboles, adjetivos calificativos y mala poesía. Los perfiles a distancia y los análisis psicológicos sin diván. La desaparición de Michael Jackson el último 25 de junio ha polarizado aún más a su público, es decir al mundo. En tiempos de políticas identitarias y orgullosas minorías, su asexualidad fue una agresión. Su cambio de color, una aberración. Con Michael Jackson –como ha dicho el periodista español Javier Blánquez– la música se vuelve incolora, hiperproducida y prefabricada.

Pero cuando Michael Jackson (Indiana, 1958) apareció por primera vez en un escenario, la música anglosajona aún podía dividirse en colores. Las composiciones de los blancos, el blues de los negros, las canciones de protesta de alguno que otro rojo. Era 1968, y hacía tiempo que la música afroamericana no era más exclusividad del ghetto. El rubio Elvis se había teñido el pelo para robar el fuego de la negritud para el sello RCA Victor. Buddy Holly había abandonado el country más rancio por esa fiebre vulgar tan lucrativa llamada rock ‘n’ roll. Bill Haley había adoptado a ese hijo ilegítimo y registrado su partida de nacimiento en 1954 con “Rock Around the Clock”. La élite blanca se había apropiado de todos los descubrimientos musicales de la negritud. De su jerga (“rock and roll”), de su ritmo (el ragtime) y de su baile (el foxtrot). Hasta el mito del tamaño había sido cuestionado (se pensaba que para interpretar el boogie woogie necesitabas tener unas manazos). Estaba claro qué color había dominado la escena.

Michael Joseph Jackson era uno de The Jackson 5, el caballito de batalla de la disquera negra Motown Records. Los Jackson eran uno de esos combos familiares de rythm ‘n’ blues. Su principal competencia era The Osmonds, quinteto blanco mormón que también explotaba –a su manera– los cánticos seudoreligiosos del soul. Los Jackson eran la cola de una larga estela reivindicativa que sacaba réditos del mestizaje musical o crossover: Lionel Richie, Diana Ross & The Supremes, The Commodores. Largo y heroico etcétera. Motown Records era el último bastión de la música negra, pero maltrataba a sus músicos. El propio Marvin Gaye terminó odiando al negrero sello negro. Medio centavo por cada sencillo vendido. Dos centavos por cada larga duración. De aquel monto había que descontar los gastos de producción. La esclavitud del negro por el negro, o casi. ¡No me digas negro ni blanco! (“Don’t you black or white me!”) cantaría años después un descreído Jackson en su sencillo “They Don’t Care About Us”.

Motown se apropió de todos los derechos, incluyendo el del nombre de la agrupación. De su carrera solista iniciada en 1971 se rescata su disco de amor a una rata. Ben (1972) era un tributo a esas pequeños mascotas que el pequeño músico coleccionaba: los roedores. El sonido Motown se compone de ratas, cucarachas y amor, dijo alguna vez Berry Gordy, fundador del sello que le editó a Jackson cuatro discos solistas. Rebautizados como The Jacksons, el quinteto conquistó su independencia en 1978. Se autoproducían, grababan para la CBS y manejaban porcentajes ahora sí decentes (27% y luego 30% de las ventas). La carrera solista de Jackson ya había despegado. Pero se dispara para siempre con Off the wall (1979). Su mestizaje de funk, música disco, soul y falsettos a lo Bee Gees incendió las pistas de baile con canciones como “Don’t Stop ‘til You Get Enough”. Pudo codearse con supernovas como Paul McCartney y Stevie Wonder. La mezcla final fue siempre la de Quincy Jones, su productor de 1979 a 1987 en todo el amplio sentido del término. Jackson aportó su oído absoluto.

CBS presionó a MTV para levantar el veto a artistas negros. Jackson, que acaba de morir en tiempos de Obama, fue el primer artista afroamericano en aparecer en MTV. La producción o creación de Michael Jackson, tal y como lo vimos durante su mejor momento, le sacó partido a la discriminación, e implicó todas las aristas de la estrella. Su fetichismo (guante de pedrería, zapatos en punta), el juego cromático (siempre de negro y blanco) y, sobre todo, la creación de pasos de baile (el moonwalk en “Billie Jean” elaborado a partir de Marcel Marceau y David Bowie, y la inclinación patentada en “Smooth criminal”, ambos con el robot move de “Dancing Machine” como gran precedente).

Jackson llevó el videoclip a niveles cinematográficos. Trabajó con Martin Scorsese (“Bad”), Spike Lee (“They Don’t Care About Us”), Francis Ford Coppola (“Captain EO”, filme en 3D para Disney World), David Lynch (la intro para la colección de cortos del disco Dangerous), David Fincher (“Who is it”, segunda versión), Mark Romanek (“Scream”, el video más caro de la historia) y John Landis (“Thriller”, cortometraje de 14 minutos). Colaboró con algunos de los mejores guitarristas del momento (Eddie Van Halen en los ochenta, Slash en los noventa). Hizo actuar a Joe Pesci, Tyra Banks, el finado Fred Astaire, Wesley Snipes, Macaulay Culkin, su hermana Janet Jackson, y Sean Lennon (hijo de John). En 1985, solo y en la cima, compró los derechos de (casi) todas las canciones de los Beatles por US$ 47 millones.

Con los años, varias espontáneas excentricidades afines terminaron por tallar su imagen. Su efebolatría en torno a Peter Pan, su onanista movimiento de pelvis, su rancho Neverland (Nunca Jamás, acaso su propio Xanadú), su chimpancé Bubbles, su cuarto de oxígeno, su boda con Lisa Marie Presley (hija de Elvis) y su identificación con John Merrick (a) El Hombre Elefante, un sensible y educado hombre deforme. Junto a su cuestionado cambio de color afinó su nariz, se alisó el cabello y se liberó por fin del concepto de raza (dedicó su último álbum, Invencible (2001), a un niño afroamericano apuñalado por neonazis). Michael Jackson, el self-made man, vivió el sueño americano de Benjamin Franklin haciéndose a sí mismo. Construyéndose a su antojo. Una obra que le tomó 50 años. (Carlos Cabanillas)

Jackson al Natural


Además de una deuda de US$ 500 millones y tres hijos en custodia de su madre Katherine, Jackson deja un sinfin de rostros. Aunque sólo ha confirmado 2, sus operaciones serían más de 30. Por sus 50 años, un grupo de seguidores ingleses predijo su rostro sin bisturí mediante.


 


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