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Entrevistas La temprana vocación de Alberto Borea por la militancia democrática.

Político de Cuna

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"Siempre he estado en el lugar que mejor representaba a mis ideas sociales, cristianas y profundamente democráticas que toda la vida he defendido. Pero los partidos y sus líderes tienen vaivenes".

Alberto Borea Odría. Nacido en Lima hace 57 años en la Maisón de Santé, pasó su infancia en el jirón Canta 458 de La Victoria. Su apellido Borea es italiano y el de la madre, Odría, peruano, de Tarma. Su abuelo Giovanni era “calciatore” y construyó la fábrica de zapatos más grande de Lima de aquella época. A lo largo de toda mi conversación con él queda omnipresente su preocupación por lo público y el aliento inmensamente democrático que lo consume. Cuida su imagen con gran esmero. No bebe. Estamos en el restaurante Costa Verde y pide para acompañar la comida inca kola dietética. Queda clara su morigeración, ya que no acepta en ningún momento hablar de vicios o pecados mayores. Creo que es mucho más interesante saber cómo funcionó en él su vocación política, cómo se hizo, cómo llegó a sentirla. Sus comienzos. Esa parte de su vida que muy pocos conocen. Por ahí imagino debe ir la entrevista:

–¿Cómo surge su afición por la res pública?
–Desde el colegio. Yo estudié en el Colegio de los Hermanos Maristas de San Isidro y allí participaba en debates sobre el acontecer nacional. Recuerdo en ello a mis profesores, dos hermanos Maristas, uno Julio Camiña y otro Tomás Dancourt, que todavía viven. El Concilio Vaticano II abrió la preocupación por lo público poniendo de moda a la democracia cristiana. Eran los tiempos del primer gobierno de Fernando Belaunde. Existían grupos parroquiales juveniles llenos de preocupación por los pobres y la juventud, una especie de apostolado o catequesis. Yo invité a jóvenes a participar en ello y lo hice activamente como secretario de cultura de mi grupo juvenil. Y ahí estaba nuestro director de teatro Fernando Ampuero. Hice dos obras con él: “El mendigo” de Eugene Ionesco y “El sí de las niñas” de Leandro Fernández de Moratín. A los 16 años recién cumplidos, en el 68, ingresé a la Universidad Católica.


 


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