Historia El 20 de julio de 1969 el hombre dio sus primeros pasos en su satélite natural. Cuarenta años después, seguimos en la Luna.
El Lado Adulto de la Luna
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“Caminar sobre la Luna, como caminar sobre el agua, fue uno de aquellos sueños de mono milenario. Como volar. Como no morir.” |
Caminar sobre la Luna, como caminar sobre el agua, fue uno de aquellos sueños de mono milenario. Como volar. Como no morir. La Luna, cargada de misterio por ambos lados, era ya un ansiado símbolo de demasiadas cosas cuando el astronauta Neil Armstrong posó su pie sobre ella. Una metáfora del erotismo, por el poder que se le atribuía sobre mareas y mujeres. “Fly me to the moon” en boca de Frank Sinatra, por ejemplo. Una metáfora de lo siniestro por su misteriosas características físicas: dimensiones más grandes que las de un satélite y más breves que las de un planeta; golpeadas facciones llenas de agujeros y cicatrices; una órbita a más de 300 mil kilómetros; demasiadas fases oscuras. Una metáfora de todas las metáforas, como en aquel poema de Jorge Luis Borges. Acaso la única señal en un espacio negro, silencioso e indiferente.
Quizá por eso más de 500 millones voltearon su cara hacia ella el 20 de julio de 1969. A través de las radios y de la televisión. La escalera del módulo se desplegó sobre la superficie lunar. Armstrong, un ingeniero aeronáutico que había combatido en la Guerra de Corea, soltó la frase que se recordaría más allá de su propia existencia. “Éste es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”, dijo tras su primer salto omitiendo la “a” en “one small step for a man”. Todo un salto semántico. Luego, Edwin ‘Buzz’ Aldrin describiría la “magnífica desolación” del paisaje, para luego recoger muestras de rocas y polvo cósmico. El “¡Buena suerte, Sr. Gorsky!”, en cambio, jamás fue pronunciado por Armstrong. Tampoco se confirmó si era verdad que su vecina de infancia, la señora Gorsky, le había asegurado a su esposo que le haría sexo oral “cuando el hijo del vecino vaya a la Luna”.
En plena Guerra Fría, la hazaña del Apolo 11 cumplía la promesa del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy al Congreso de su país en 1961. Estados Unidos había llegado a la Luna antes de finalizar la década de los sesenta, y tras solo 5 días de viaje espacial y US$ 25 mil millones (más de seis veces el actual presupuesto de la NASA). Armstrong y Aldrin, junto a Michael Collins, le habían dado a su país la ventaja en la carrera espacial luego de que la U.R.S.S. se había adelantado lanzando el primer satélite artificial de la historia (Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957) y el primer hombre al espacio (Yuri Gagarin, en 1961). La frase “El águila aterrizó” (“The eagle has landed”) que anunció el alunizaje fue una colonización cultural. La bandera estadounidense clavada sobre la superficie fue la estocada mortal en aquella guerra bipolar.
Sólo 12 humanos han caminado sobre la Luna, un sueño acariciado por el hombre desde que éste caminó sobre la Tierra. La U.R.S.S. logró ciertos avances espaciales antes de que se hablara de perestroika y glasnost (Serguei Krikaliov salió de la Tierra como soviético y regresó como ruso). Con el fin de la Guerra Fría, se cerró el enorme caño del financiamiento, tanto a nivel bélico como científico. Para ir a la Luna, ahora basta con teclear google.com/moon. Los teóricos de la conspiración argumentan otras razones para no ir. Desde la presencia alienígena que nos impide regresar hasta el complot internacional que nos hizo creer que siquiera llegamos. Tras la breve conquista norteamericana y la simbólica propiedad chilena –en 1953 Jenaro Gajardo Vera la registró en bienes raíces–, la Luna ha vuelto a los predios de la ficción. “Pero parece mentira que no hay más que mirar a la luna surgiendo del Atlántico para enamorarse”, escribió Guillermo Cabrera Infante en su novela póstuma La ninfa inconstante. La Luna es otra vez el cuerpo celeste que atrajo las mareas de escritores como Chéjov, Blake y Twain. El resto, mientras aún tenga fuerza en una mano para apuntar a la Luna, seguirá mirando inevitablemente el dedo. (Carlos Cabanillas)
La Luna Particular
Recuerdos del alunizaje según personajes locales. |
Saturno V despegando en la tv local, julio de 1969. |
Juan Sheput, políticoEra muy niño y mi papá acababa de fallecer. La transmisión del alunizaje sirvió como vehículo de distracción y admiración. La familia vio unida los momentos previos y nos levantamos muy temprano para ver el evento. Nacía una nueva era que tenía en las comunicaciones al factor de cambio ya que también fue la primera transmisión vía satélite de nuestro país.
Modesto Montoya, investigador nuclearCuando el hombre llegó a la Luna, nuestros profesores de la UNI nos estaban enseñando la misma física que usaba la NASA para calcular la trayectoria del Apolo 11. Sentí entonces que la Luna era el punto inicial de una odisea espacial, de la que –si desarrollara ciencia y tecnología– el Perú puede ser partícipe. Sin embargo, me costó mucho convencer de la veracidad del evento a muchos vecinos incrédulos, para quienes la Luna era inalcanzable.
Nicolás Yerovi, humoristaEl 20 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong puso un pie sobre la luna, yo ya estaba allí. En la luna –de Paita, probablemente, como dirían mis abuelos-, porque andaba perdida y absolutamente enamorado. Estaba, dicha sea la verdad, más en el cielo que en la luna, aunque siempre he sido bastante lunático.
Muchísimo más me han importado, toda la vida, los apasionantes misterios del corazón que las proezas del género humano. Debe ser por ello que del Apolo no sé cuántos conservo tan solo un recuerdo impreciso, pero de ella guardo una dulcísima sonrisa. Y la llevo conmigo a donde vaya.
Sixto Paz, Ufólogo
En ese tiempo (1969) yo tenía solo 14 años de edad, y si bien me impactó el hecho de que fuese televisado, lo que más me conmovió y me inspiró fueron las palabras de Neil Amstrong. Estoy convencido de que los astronautas sí llegaron a la Luna, y que también han ocultado mucha información, si no como explicarse que en el año 2006 luego de una gran presión del público y de la prensa sobre la Nasa, salió la información que apareció en primera plana del diario “El Comercio”, que setecientas cajas con todo el material clasificado del Apolo XI, audios, videos y fotos habían desaparecido del archivo nacional de los Estados Unidos, donde allí no se pierde ni el tiempo. ¿Recuerda usted esa información? Si no revise sus archivos.
Anthony Choy, ufólogo
Agosto de 1969. Un niño a punto de cumplir 8 años en el edificio Monteallegro, el mas alto de los Barrios Altos. Soledad de tercero de primaria. Habia leido en "Estampa", la revista del Diario Expreso "Cometa Icaro chocará con la tierra". El fin del Mundo. Aterrorizado, no dejaba de pensar en eso. Y en el consejo de mi abuelita, "cuando vengan los marcianos, te vas a poner esta máscara del osito, para que no te reconozcan". No recuerdo ni emoción ni espectativa del primer paso lunar. Solo recuerdo las imágenes lluviosas en blanco y negro y una cierta decepción, ¿eso es todo?.
Jorge Eduardo Benavides, escritor
Recuerdo que estaba viendo la televisión, o al menos eso es lo que me viene a la memoria confusamente, pues tenía cinco años y lo más probable es que mis recuerdos se mezclen y confundan con las sucesivas imágenes que todos hemos ido superponiendo a lo largo de estos cuarenta años: una imagen llena de nieve e interferencias, un astronauta dando saltos en blanco y negro sobre la quietud desoladora de un paisaje inverosímil.
Es sin lugar a dudas uno de los grandes hitos de la historia de la civilización y uno de los pocos momentos que genera --al menos en una gran parte de la humanidad-- un sentimiento primordialmente colectivo, un momento que nos une como especie y que marca una de los más notables rasgos del ser humano: su inmensa curiosidad.
Gustavo Rodríguez, comunicador y escritor
Cuando el hombre llegó a la luna yo tenía poco más de un año. Yo andaba en la luna, o estaba a punto de creer que era de queso.
Cuando reflexiono sobre la llegada a la Luna, casi no pienso en la teoría del complot: por más guerra fría y ganas de ganarle a la URSS, una mentira tan grande me parece muy difícil de sostener por cuarenta años. Pienso, más bien, en los primeros pasos del hombre por la esquina de su vecindario. En que el primer vuelo de avión de los hermanos Wright no hubiera sido posible si miles de años antes a otros hermanos no se les hubiera ocurrido colocar un eje entre dos ruedas, y que el Apolo XI es como esa carreta: un eslabón más hacia otras formas de viajar impensadas todavía. Pienso en Julio Verne y cómo la habilidad e imaginación de un novelista puede presagiar el futuro. En fin: pienso que el hombre es un gigante y un enano a la vez.
Pedro Salinas, periodista y escritor
Estaba en casa de mis abuelos. El día anterior acababa de cumplir seis años, pero recuerdo el momento porque fue un día distinto, un tanto extraño. No había un alma en las calles. La gente estaba en sus hogares, rodeando al televisor. En casa de mis abuelos la cosa no era muy diferente. Todos estábamos sentados frente al enorme aparato, que se me hacía gigante y pesado como un elefante bebé, con sus tubos y sus antenas y su pantalla en blanco y negro. Recuerdo que la transmisión, vía satélite, era mala, entrecortada. Recuerdo también que mi abuela, ultracatólica, estaba nerviosa y fumaba un Ducal tras otro. No le parecía una buena idea eso de llegar a la Luna. Sospechaba que, si el hombre, en este arranque de soberbia y audacia, alunizaba, ello iba a tener algún tipo de correlato negativo en la Tierra y en la marea y en las criaturas humanas. Estaba convencida de que algo iba a pasar. ¿Qué cosa? No lo sabía con exactitud. Pero algo malo, definitivamente. Y eso, claro, lo iba comentando mientras padecíamos la pésima señal de la televisión, lo que le daba más suspense al acontecimiento. Para ella, pisar la luna era como morder de nuevo la manzana prohibida, como desafiar a dios, o algo así. Pero todo salió bien, por suerte. El dios de mi abuela no se enojó y no pasó nada cuando Armstrong y Aldrin descendieron del módulo del Apollo 11, dando saltitos raros y en cámara lenta en plan Steve Austin. Ahora, no recuerdo bien el momento en que Armstrong lanza la famosa frase, aquella del pequeño paso para el hombre y el gran salto para la humanidad. No fue necesario oírla para sentir la importancia del momento. Y menos recuerdo aquella otra que se le atribuye, menos célebre pero más divertida, que supuestamente dijo luego (“Buena suerte, señor Gorsky”) y recién habría explicado como quince años después, luego de la muerte del mentado señor Gorsky. Como sea. Fue tan impactante ese hito histórico que, a partir de ese momento, como muchos niños de mi edad, cuando me preguntaban “¿qué quieres ser de grande?”, respondía: astronauta. Y lo decía en serio, hasta que más tarde me enteré que había que saber demasiadas cosas para serlo. Demasiadas. Y yo, antes de querer ser astronauta, ya era haragán. Eran los tiempos de los cascos Moraveco.
Lo que me sigue intrigando hasta la fecha es que, después de Armstrong y Aldrin, solamente diez astronautas más repitieron la hazaña, hasta 1972. Mis previsiones por aquella época eran que para el año dos mil ya existirían colonias selenitas, bases marcianas, y hasta vuelos tripulados al Mar de la Tranquilidad. Pero nada. Los gringos se desinteresaron por la Luna, se interesaron más por las guerras, las suyas y las ajenas, y se restringieron a los transbordadores espaciales. Por su parte, los rusos, después de la ostentosa derrota en la carrera espacial, tiraron la toalla y se dedicaron a la reparación de satélites. Entonces, ¿para qué fuimos?
César Gutiérrez, poeta
Era El País de La Luna y Patty Diphusa, estrella internacional del porno, antes de alunizar en 12°02'85" S -77°01'85" W: boulevard Sanchez Carrión 134, extinto gracias a un soplón de dealers. Antes o después en Luna Park y siempre en la de Paita. Y sí, me consta: la bandera flamea.
Farid Matuk, economista
Mi padre era Ingeniero Químico y mi madre era Química-Farmaceútica, siendo ambos científicos, en mi casa había permanentemente un enorme interés por la ciencia, y en particular el alunizaje. Cada vez que veo el video del alunizaje, irremediablemente me acuerdo de haberlo visto con mis padres tan pronto fue disponible en Perú. Retrospectivamente, creo que tuvo mas significancia política que técnica, ya que la Unión Soviética había sido derrotada. Y para efectos prácticos, las actuales misiones espaciales hacen enfásis en la exploración antes que alunizar (o su equivalente etimológico). Años despues llegaron las rocas de la Luna a la Feria del Pacífico en exihibición, y habían una colas enormes. El pabellón en el que estaban, era entrando por la puerta lateral (no la principal de La Marina), el primero a mano izquierda, sino me equivoco era el de EEUU.