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06/Ago/2009
 
 
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Pérdida Arequipa 1924- Lima 2009

José María de Romaña

Decir que CARETAS lamenta el fallecimiento del colega erudito y amigo alegre que fue José María de Romaña, decir que ya extraña al intelectual sin alardes cuyo sentido de humor e ironía estimulaba toda conversación, es decir poco. Este texto fue enviado desde México por un connotado sobrino suyo.

Cuando hace 16 meses depositábamos las cenizas de mi padre en el colombario de la Iglesia de Fátima en Miraflores, Pepe de Romaña, quien nos acompañaba en esos momentos, le preguntó al Padre Forno (SJ) por varios compañeros de su generación, él, con la serenidad que tan solo prodiga Dios a los sacerdotes –porque curan almas– y a los médicos –porque sanan cuerpos– le respondió: “se nos adelantó, se nos adelantó…”. Pepe, con la aguda impronta que lo caracterizaba, le acotó: “oye, pronto estaré yo aquí también”. Lo cierto es que cuando supe por mi familia que Pepe atravesaba una dolencia, nunca sospeché que este mal lo recogería tan pronto.

Formado en la Compañía de Jesús, con 20 años de religioso, comprobó que su vocación no era ésta sino ser dispensado por la Iglesia Católica y pasar a la condición seglar para constituir un hogar ejemplar con el amor de su vida, Ulla-Lena, procreando seis hijos talentosos, exitosos y hermosos que los han premiado con más de una docena de nietos y que son la herencia de dicha unión. El tercero de ellos, Xavier Iñigo, es prueba tangible de dos aspectos de la vida, entre muchos que distinguieron a Pepe, de su jesuitismo, pues Iñigo es Ignacio en vasco, ancestros de los que él se sentía muy orgulloso. Su partida, simbólicamente, el 28 de julio en que celebramos al Perú –al que tanto amó– me ha traído recuerdos gratos y nostalgias imborrables.

El Cardenal de entonces en el Perú, le expresó cuando él le manifestó su decisión de pasar a la vida seglar: “tu eres la esperanza de la Iglesia Católica Peruana. Tú serás Cardenal. Suma cum laude en Teología, Filosofía, los jesuitas se sienten orgullosos y confiados en el camino que te ha puesto Dios por delante”. Pero Pepe insistió y tomó su decisión con el carácter y la sensatez que lo distinguía.

A su arribo al Perú, después de muchos años de ausencia realizando sus estudios de brillante formación a los que aludía el cardenal Landázuri, Pepe asumió la dirección de Radio Lux, del diario Verdades, y cuando adoptó la vida civil, el periodismo fue la gran actividad a la que consagró el resto de su vida. Pedro Beltrán, propietario del diario La Prensa, lo convirtió en Director y el magnate Luis Banchero Rossi, le encomendó hacer de Correo, un diario naciente, una expresión de pensamiento de economía de mercado que polarizaba la guerra fría. Pero Pepe no era un neoliberal académico, sino de convicción, había desentrañado del propio Vallejo “un gran potencial de entendimiento místico y se llena, a menudo, de una conmovedora religiosidad”. Ganador, en dos oportunidades, del Premio Jerusalén y homenajeado, merecidamente, por la Pontificia Universidad Católica (PUC) al cumplir hace un lustro los ochenta años. Pepe no dejó de escribir un solo día, de volcar su valoración y su argumentación sólida respecto a lo mejor que convenía al Perú con argumentos contundentes, convirtiéndose en un icono del periodismo. Y ya lo había hecho, en circunstancias en que producido el golpe de Estado del ’68, cuando él condenó el rompimiento de la democracia y el propio general Velasco, al saber que había sido detenido, ordenó a su ministro de Gobierno que lo liberaran inmediatamente: “Romaña tiene una pluma tan buena que hoy día mismo nos deshace la revolución”, afirmó el dictador. Brindó consejo desinteresado, pero lúcido, en las dos administraciones de Belaunde; criticó a García en su primer gobierno, aunque reconocía su evolución en el segundo y creyó en Fujimori, admitiendo sus errores. También asesoró a importantes empresarios que lo escuchaban siempre con respeto y admiración; y estuvo muy cerca de Jorge Basadre, de quien asimiló la axiología de la peruanidad puesta en acción, remontando frustraciones históricas y avizorando la gran promesa nacional a la que aspiran –justicieramente– todos nuestros compatriotas.

Autor de un exquisito y fino poemario titulado “En la orilla del tiempo”, era de una elocuencia idiomática y de un misticismo latente que nunca lo abandonó. Pero al mismo tiempo, he encontrado en la biblioteca de la Representación de la OEA en México, su conocido libro “El siglo de las siglas” y cada vez que podía le remitía más siglas que se han convertido en este mundo globalizado en un símbolo de nuestra identidad por las abreviaturas. Todas las semanas he recibido sus artículos combativos y combatientes publicados en Expreso, evitando el periodismo ofensivo o confrontativo para mostrarle a la opinión pública nacional y continental que el ser humano nace libre, tiene derecho a desarrollarse en su libre albedrío, a que sus capacidades le permitan escoger a sus gobernantes, a la libertad de expresión, a la dignidad, a ser propietario, a la prosperidad… De todo esto hay constancias pues en circunstancias especiales de su vida, Doris Gibson, con la grandeza que la distinguía, le abrió las páginas de Caretas, dada las amistades “mistianas” que los unían y hasta familiares que prevalecen con Enrique Zileri. También fue Jefe de Editorial de El Sol, diario fundado por el empresario Andrés Marsano Porras. Ojala que se puedan acumular toda esta colección de artículos y ensayos para que las nuevas generaciones sepan de su capacidad visionaria y axiología docente.

Poeta, filósofo, teólogo, escritor, periodista, pero sobre todo extraordinario y sensitivo espíritu humano que tomó decisiones, contra viento y marea, aunque hizo rugir huracanes, pero que sabiamente expresaba con vitalidad, elegancia, fina ironía, una mente privilegiada por el Altísimo, tal como la propia Biblia refiere en torno a los talentos. (Oscar Maúrtua de Romaña.) *

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* Embajador, ex Ministro de Relaciones Exteriores del Perú.


 


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