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Opera Una aproximación entendida e ilustrativa del arte vocal de Plácido Domingo.

Una Noche de Domingo en Lima

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Domingo listo para interpretar Otello, de Verdi, en el Houston Grand Opera House. Una carrera dorada: Debutó en escena en 1959.

Plácido Domingo se presentará el 9 de septiembre, en megaconcierto, un formato que permite cantar selecciones de óperas, con ayuda de la electrónica. En el teatro se canta todo, no se cuenta con dicha ayuda y, además, se actúa. Por eso, cantar ópera es, lo que se dice, otro cantar. En un megaconcierto, la donna è mobile pone una nota simpática, pero, en el tercer acto de Rigoletto, al cabo de dos horas demoledoras y cantada desde una ubicación acústicamente desfavorable, pone en jaque a más de uno.

En la ópera se canta todo porque, como en el fútbol, se debe ocupar todos los puestos. Las voces graves, de bajo y barítono, son las de los defensores. Ellos pueden imponer su carácter al elenco, pero sólo en ocasiones son protagonistas, y, aún en ellas, el público espera a sus héroes de siempre, los del medio campo hacia delante, los del canto con voces agudas. Allí, cada cierto tiempo aparece un fantasista capaz de jugadas de ensueño, o, en la escena, un vocalista como Juan Diego Flórez, que revela el arte del Bel Canto mientras regala acrobacias al tope de dos octavas. Pero sólo una vez en la vida emerge alguien que deslumbra en el medio y en el ataque, o que brilla en el canto melódico y en el dramático. Sólo Pavarotti realizó la proeza de entonar con voz grande, la que colma el teatro, todos los matices de los claroscuros de Donizetti, y de cantar con voz resonante, de tenor de cuerpo entero, la intensidad de Verdi y Puccini.

La carrera de Domingo apenas si rozó el Bel Canto. Lo suyo fueron los papeles galantes y heroicos de las óperas latinas, hasta que frisando la treintena emprendió la proeza de cantar las óperas de Wagner. Para ello debió adoptar la tesitura del heldentenor, y, sobre todo, superar la colosal barrera para la emisión vocal que supone el Stabreim, los versos escritos por el compositor en alemán antiguo, para asemejarlos a los de las leyendas. Para apreciarla, hay que remitirse a la prosodia y particularmente a la aliteración: la acentuación de las consonantes. En los idiomas anglosajones, donde se les acentúa, la aliteración se aplica al embellecimiento de los versos; en los idiomas latinos, donde no se les acentúa, se destina a la formación de trabalenguas; pero, en las lenguas germanas medievales servía para conformar la estructura de la poesía que narra los mitos, de los que proviene El Anillo del Nibelungo. Por eso, para un tenor de lengua española, la aliteración, en los papeles de Siegmund y Siegfried, se traduce en la endemoniada tarea de cantar frases que comienzan en algo como tres-tristes-tigres y terminan en consonantes acentuadas. Domingo la cumplió con honores.

A los 68 años, Domingo busca nuevas proezas. En octubre, en la Opera Estatal de Berlín, celebrará su medio siglo como tenor con algo inédito en ese lapso: debutará como barítono en el papel de Simón Boccanegra, de la ópera epónima de Verdi, uno de los más difíciles de actuar y cantar. En el primer acto de la obra, situada en el Siglo XIV, el protagonista debe exhibir la presencia y el canto brioso de un corsario al servicio de Génova, mientras en los siguientes, que la acción teatral traslada 25 años, debe transmitir el carácter señorial y severo del Dux de la República, rango al que accede entretanto.

Aparte de dicho debut, Domingo atenderá, al alimón, sus compromisos como director invitado por las principales orquestas y sus responsabilidades al frente de la Opera de Los Angeles y la de Washington D.C. Por eso, Lima lo verá en un papel que nadie tuvo jamás, el de un administrador que canta. Ahora bien, los megaconciertos tienen el prestigio algo deslucido, porque se abusó de ellos, como cuando Pavarotti hizo mímica, mientras el público escuchaba una grabación, durante la inauguración de las Olimpiadas de Invierno de Turín. Pero con Domingo no hay ese riesgo. Él siempre cumple, y canta como para quitarse el sombrero. Es el gran tenor de la historia. (Enrique Felices)


 


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