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Opinión Escribe: ALFREDO BARNECHEA

El Gas en la Perspectiva del Guano

El tema del gas es siempre un tema complejo, y politizado, en todo el mundo.

Por ejemplo Europa depende en buena medida del gas de Rusia. Eso redefine todas las relaciones estratégicas en el Viejo Continente.

Una de las grandes discusiones en Europa es cómo llegará el gas a sus ciudades. Dos gasoductos compiten por ese transporte.

Uno es el consorcio del gasoducto “Nabucco”, que conectaría Turquía con Austria, minimizando a Rusia.

Los otros son los gasoductos manejados por el gigante ruso Gazprom. Uno, el “North Stream”, que pasaría por debajo del mar Báltico para alcanzar Alemania, y otro, el “South Stream”, que pasaría por el Mar Negro para alcanzar Bulgaria.

India acaba de cerrar un trato con Irán para usar gas iraní en la generación de electricidad. Ambos países son hoy países nucleares (India aceptada por Estados Unidos e Irán no).

Son algunos ejemplos de cómo el gas figura visiblemente en todos los grandes tableros estratégicos.

Otro tema siempre presente es el precio del gas. A diferencia del petróleo, que tiene una cotización cada día en los mercados, el gas no tiene propiamente un precio único. Lo más parecido a ese precio es la referencia del Henry Hub de Louisiana, actualmente por debajo de 3 dólares el millón de BTUs (o unidades térmicas británicas). Pero al final, el precio estará determinado por la ubicación de los yacimientos, la ingeniería necesaria para sacarlos, la complejidad del transporte, etc.

Para el Perú, el gas es un tema más bien nuevo, y varias son las preguntas que genera.

La primera es: ¿hay o no hay suficiente gas?

La respuesta a esto tampoco es una sola.

Por ejemplo la capacidad “final” (del último tramo) del ducto de Camisea está copada. No significa necesariamente que no haya más gas en los lotes 88 y 56. Quizá sea útil recordar, a este respecto, que Pluspetrol no tiene un interés directo en la exportación de LNG, negocio de Hunt Oil y Repsol.

Pero sobre todo, hay más gas (no está confirmado todavía cuánto más) en los lotes 57 y 58.

La segunda pregunta sería entonces: ¿por dónde saldrá ese gas?

A estas alturas parece claro que deberá ser por el Sur andino.

Primero, con ello, las regiones donde se origina el gas participarán de sus beneficios, con lo cual la industria del gas ganará una legitimidad social definitiva.

Segundo, aumentará la confiabilidad del transporte. Crearía una “malla” en el sistema nacional, que algún día será una red en todo el territorio peruano.

Tercero, “regaría” de energía, electricidad (y conectividad, dada la fibra óptica que acompaña al ducto) una zona hasta hoy postergada. Ayudaría a cerrar la brecha histórica entre el Sur Andino y Lima y el resto del país.

Cuarto, ahorraría inversión en transmisión eléctrica que, de no construirse el tubo, tendría que hacerse de todas maneras.

Quinto, proveería de energía a todos los grandes complejos mineros (desde Las Bambas a Southern) esparcidos en el Sur Andino.

Sexto, nos daría un peso adicional con países vecinos.

El núcleo de la minería chilena está en el norte (antiguos territorios de Bolivia), que carece no sólo de energía sino de agua. Desde Ilo podría proveerse de gas (o electricidad) a Chile. La distancia entre Ilo y Mejillones es 367 millas. En cambio, la distancia entre Mejillones y Santos en Brasil es 4,434, con Puerto España (la capital de Trinidad) 5,383, con Nigeria 7,239, o con Yemen 9,968 millas.

Ese gasoducto podría “recibir” en frontera el gas de Tarija, donde se encuentran los mega-campos bolivianos. Tarde o temprano, el gas boliviano deberá salir al Pacífico para el mercado norteamericano (entrando por México en Manzanillo). Brasil, que ha hecho gigantescos descubrimientos en la cuenca de Santos en Sao Paulo, ya no necesita el gas boliviano como antes.

Como lo ha establecido en su memoria, “Presidencia sitiada”, el ex-Presidente Carlos Mesa, el gobierno de Toledo no avanzó nunca en la integración energética con Bolivia. O el Presidente no entendió adecuadamente el tema, o sus ministros tenían otros intereses, o ambas cosas.

En suma, el gasoducto surandino es una necesidad estratégica del Perú, como vengo insistiendo hace años.

Este es el tablero grande. En uno más pequeño, existen todavía otras preguntas, y tienen que ver con los contratos (y los precios) de exportación del gas.

No debemos perder de vista el bosque. En poco tiempo (más rápido que lo que tomarán los primeros estudios de ingeniería o ambientales para un tubo por el sur), se confirmará que Perú tiene mucho más gas, de acuerdo a las informaciones de las que ya se dispone.

La vista de ese bosque involucra también una discusión global (que no se ha tenido hasta ahora apropiadamente) sobre la matriz energética del Perú. ¿Cómo combinamos gas y agua? ¿Cómo usamos más, y mejor, ésta, y “liberamos” gas para otros usos, de gran valor agregado?

No sólo Perú, Sudamérica en general, no es una potencia gasífera como Rusia, o ciertos países árabes. Pero Perú está en una oportunidad única, inesperada, y cuenta con esta nueva palanca para que este “crecimiento” de la última década se transforme por fin en “desarrollo”.

Cuando me preguntan qué leo estos días sobre el gas, ésta es mi respuesta: leo sobre el guano.

Fue época infausta en la que el Perú (en un momento en que Nueva York era todavía una pequeña ciudad, si no una aldea) perdió una oportunidad de desarrollo. La riqueza se perdió en la compra de caudillos militares, en la corrupción pública, en la falta de un empresariado nacional que fuera más allá de las consignaciones.

A doce años que la República cumpla doscientos años, estamos en la obligación de no repetir esa tragedia.


 


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