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Internacional En Honduras, gobierno de facto enrumba hacia la dictadura, mientras depuesto Zelaya protagoniza asilo de película.

Zelaya Cruza La Raya

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Presidente depuesto Manuel Zelaya al interior de la embajada de Brasil. Lo acompañan unas 70 simpatizantes. Su retorno arrinconó al gobierno de Micheletti.

El lunes 21 de septiembre, tres meses después de ser expulsado en pijama del país del cual era entonces Presidente, Manuel Zelaya regresó a Honduras. En secreto alcanzó refugio en la embajada brasileña en Tegucigalpa, desde donde clamó victoria antes de ser la sede asediada por las fuerzas de seguridad.

“Fue un viaje muy largo, sucedió como en 15 horas”, narró el presidente depuesto. “Se tuvieron que realizar diferentes movimientos en varios países, cambiar de transportes, hacer planificaciones para evadir los retenes militares”.

Desde el retorno de Zelaya, la situación hondureña ha adquirido ribetes de un guión hollywoodense, rellena de agentes secretos y negociaciones diplomáticas. Están presentes todos los ingredientes: un país con dos presidentes, uno de ellos de facto que ocupa el Palacio Presidencial, y el otro que duerme sobre un colchón neumático en la embajada brasileña. Maniobras diplomáticas secretas en Washington. Escenas de acción espectaculares: soldados que hacen respetar el toque de queda a trompadas y lanzan gases tóxicos por las ventanas del edificio del Brasil. Cinco muertos durante las manifestaciones generalizadas contra el gobierno golpista. Y, obvio, un gran suspense.

El retorno de Zelaya va a sacar aprisa la crisis del adormecimiento en el cual había caído. El cambio de situación arruina los planes de Roberto Micheletti. La estrategia del presidente golpista, desde su toma del poder en junio, era enfriar el partido, hasta desaparecer poco a poco de los titulares y desprenderse de la presión de la comunidad internacional. Ganar tiempo hasta noviembre y luego llamar a elecciones para arraigar definitivamente la idea que no estamos frente a un golpe militar sino a un golpe “correctivo”, destinado a bloquear una aventura reeleccionista (ilegal) y a restablecer la legalidad democrática.

Hasta ahora, la táctica había funcionado. Se empezaba a hablar del “gobierno hondureño” en lugar del “gobierno golpista”. Micheletti estaba ganando la batalla del olvido. Micheletti rechaza el Acuerdo de San José propuesto por Arias, el presidente de Costa Rica, que propuso el regreso de Zelaya a la Presidencia con poderes reducidos, gobierno de unidad, supervisión internacional y adelanto de las elecciones. Pero el retorno de Zelaya trastocó la situación.

Zelaya, con el apoyo de Brasil y, seguramente, EEUU, aunque los dos países lo negaron oficialmente, optó por regresar a su país en el momento que en Washington D.C. sesionaba la Asamblea General de la ONU y a pocos días del G-20 en Pittsburgh, alertando a la comunidad internacional y presionando a Micheletti para que acepte el diálogo y la puesta en marcha del Acuerdo de San José.
Lula en la ONU solicitó una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad, y Hillary Clinton declaró, sin rodeos: “Ahora que el presidente Zelaya volvió, sería oportuno devolverle su puesto” y “seguir adelante con las elecciones previstas para noviembre, tener una transición pacífica de presidentes y devolver a Honduras el orden democrático y constitucional”.

Pero Micheletti insiste en desafiar el guión. Así, el domingo 27 de septiembre, decretó el Estado de sitio, y clausuró varios medios de comunicación hostiles. Defensores de derechos humanos indican que la violenta represión ya provocó varias muertes. En el estadio de béisbol “Chochy Sosa”, unas 150 personas siguen detenidas arbitrariamente. Todos los elementos de la tragedia están en marcha. (Escribe: Pierre Boisson)


 


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