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07/Oct/2009
 
 
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Entrevistas Manongo Mujica y la percusión como pulso existencial.

El Latido Musical

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Actualmente realiza una película vinculando su música con la belleza del paisaje peruano.

Manongo Mujica, 59 años, uno de los más grandes músicos de jazz que ha dado el Perú, es un hombre fino, educado, sencillo que ha hecho de su propia sensibilidad el patrón de su vida. Su abuelo fue uno de los barones del algodón e hizo con ello una gran fortuna. Su padre, Manuel Mujica Gallo, fundó el diario Expreso y fue un mecenas de las artes. Su tío Miguel o “Gaviota”, como lo llamaban los amigos, era un gran coleccionista de arte incaico que creó el Museo de Oro del Perú partiendo de su propia colección, fue embajador del Perú en España y un personaje inenarrable (todo un tipazo) que hoy todavía sigue siendo añorado. De familia patricia (y elitista por tanto) Manongo está muy lejos de formar parte de esa pituquería inane y a veces patética al estar intelectualmente castrada. Al contrario, sensitivo por excelencia, no solo ha estudiado los sonidos puros, partiendo de los latidos de la percusión a la que él define como el “corazón de la música”, sino que ha bebido de muchas fuentes como la música oriental, árabe, africana y por supuesto andina. Sonidos llenos de magia. También ha incursionado en la pintura (siempre abstracta y un tanto fauve por el colorido lleno de reminiscencias terrosas y andinas), con varias exposiciones en su haber. Y al hacer también arte infantil de títeres y guiñol con escenografía naif escribió para ello “La incambiable historia rosada de Belsarima”. Y hoy, navegando en sus mundos creativos, anda en pos de una nueva estética. Veamos esto.

–Usted es percusionista. ¿Cuándo descubrió la percusión?
–De muy pequeño, escuchando el sonido de una ola rompiendo en la playa Cantolao, con ese rumor y al mismo tiempo fragor de ir arrastrando las piedras. Ese fue mi primer atisbo y me fascinó. Más tarde el director del Colegio Chaclacayo, Eduardo Nugent Valdelomar, sobrino de Abraham, me sometió al aprendizaje de escuchar y comprender el papel de cada instrumento en una orquesta. Mi padre, en el primer gobierno de Belaunde, fue nombrado embajador en Viena. Y a Austria fuimos. En Viena, capital musical por excelencia, tuve la ocasión de escuchar y distinguir los sonidos instrumentales dentro de las grandes orquestas de música clásica. Visité con mi padre los grandes museos europeos. Él quería que yo fuera pintor.


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