Internacional El prematuro Nobel de la Paz le carga más las tintas de las expectativas.
Pobre Obama
 |
“Aceptaré este premio como un llamado a la acción, a todas las naciones, para confrontar los retos comunes del siglo veintiuno”, dijo. |
Las palabras que mejor explicaron la naturaleza del premio Nobel de la Paz 2009 correspondieron a su propio, inesperado, depositario. Barack Obama improvisó su discurso de agradecimiento en un podio portátil instalado en uno de los ambientes de la Casa Blanca.
“Déjenme ser claro”, comenzó diciendo. “Para ser honestos, no siento que merezca estar en la compañía de tantas figuras transformadoras que han sido honradas por este premio, hombres y mujeres que me inspiraron a mí e inspiraron al mundo entero a través de su valerosa búsqueda por la paz. Pero también sé que el premio refleja el tipo de mundo que esos hombres y mujeres, y que todos los americanos, quieren construir. Un mundo que le da vida a la promesa de nuestros documentos fundadores. Y también sé que a lo largo de la historia el Premio Nobel de la Paz ha sido usado no solo para honrar logros específicos; también ha sido usado como un medio para darles momentum a una serie de causas. Y por eso es que aceptaré este premio como un llamado a la acción, un llamado a todas las naciones para confrontar los retos comunes del siglo veintiuno”.
Fue la mejor respuesta posible a un reconocimiento que dejó perplejos hasta a los partidarios del mandatario estadounidense. En realidad, quien ganó el premio no fue él, sino la esperanza que encarna. Y a estas alturas ese llamado a la acción solo puede significarle un gran peso adicional sobre los hombros.
En su comunicado, el comité noruego del Nobel explicó que le dio especial importancia a su visión “de un mundo sin armas nucleares. Como presidente, Obama ha creado un nuevo clima en política internacional. La diplomacia multilateral recuperó una posición central, con énfasis en el rol que las Naciones Unidas y otras instituciones internacionales pueden jugar. El diálogo y la negociación son preferidos como instrumentos para resolver incluso los más complicados conflictos internacionales”.
De los siete últimos premiados, tres representaron la más dura oposición al gobierno de George W. Bush: el ex presidente Jimmy Carter en el 2002, Mohamed el-Baradei en el 2005 (cabeza de la Agencia Internacional de Energía Atómica, que desenmascaró las mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak) y el ex vicepresidente Al Gore.
La elección de Obama corona, en ese orden de ideas, una secuencia con las políticas estadounidenses en el corazón del debate.
El problema es que carga todavía más las tintas de las expectativas en el presidente-estrella.
Las candidaturas al premio se cierran tradicionalmente a principios de febrero, menos de un mes después que Obama asumiera la presidencia. Representantes de la derecha más conservadora de su país como el conductor radial Rush Limbaugh han caricaturizado el premio como perfecto ejemplo de lo que consideran el bluff mediático de Obama y el entusiasmo de su hinchada europea. Varios comentarios en la prensa coinciden en señalar que Obama hubiera preferido seguramente que Chicago, su ciudad adoptiva, ganara el derecho de ser sede de las Olimpiadas del 2016.
Justo antes de que se diera a conocer la decisión tomada en Oslo comenzaba a revertirse su tendencia a la baja en las encuestas. Un sondeo de Associated Press arrojó una imagen positiva de 56%, seis puntos más que en setiembre. Era la primera vez que los números de Obama mejoraban desde enero último.
Paradójicamente, su manejo de la guerra en Afganistán es la variable en la que queda peor parado. Solo el 39%, diez puntos menos que el mes pasado, aprueban una decisión como la de incrementar las tropas allí. El Ejecutivo ha solicitado el envío de 40 mil efectivos de las fuerzas combinadas de EE.UU. y OTAN, además de los 104 mil que ya están allí. Los voceros del Pentágono argumentan que esa será la forma de poder implementar una estrategia antisubversiva más efectiva y así reducir el número de víctimas entre soldados y civiles.
Pero, en materia de seguridad internacional, los frentes a los que se enfrenta Obama no se limitan a Irak y Afganistán. Escenarios potencialmente complicados se larvan en Corea del Norte, Irán, Rusia y Sudán. Si a eso se añade el inacabable conflicto palestino-israelí, puede comprobarse que su agenda en materia de política exterior se encuentra copada.
A las prioridades del pobre Obama se suma la crisis económica provocada por el descalabro financiero y el debate sobre la reforma del sistema de salud que se ha encontrado con férreas resistencias republicanas e, incluso, de sectores demócratas.
La lucha contra el cambio climático, también enarbolada por Obama, guarda correlato con el Nobel de Economía otorgado desde Suecia a la también norteamericana Elinor Olstrom, reconocida por investigar cómo la propiedad comunal logra muchas veces gestionar los recursos naturales de modo más sostenible.
Pero al volver a las encuestas se encuentra que los estadounidenses tienen como sus apremios, en el siguiente orden, a la economía, el desempleo, el sistema de salud, el terrorismo, el déficit fiscal y los impuestos. Recién después aparece Afganistán.
No es el primer Nobel de la Paz otorgado a las grandes intenciones. En 1997 fue galardonada Jody Williams, quien encabezaba la Campaña Internacional para la Prohibición de Minas Antipersonales (ICBL por sus siglas en inglés). Aunque la ICBL sigue trabajando, doce años después ese flagelo sigue siendo una triste realidad.
Y hay veces en los que ni siquiera alcanzan los buenos deseos. En 19 ocasiones, nueve de ellas durante las dos conflagraciones mundiales, el premio fue declarado desierto.
Dos antecesores de Obama accedieron al premio siendo presidentes en ejercicio. Theodore Roosevelt lo recibió en 1906 por mediar en la guerra entre Rusia y Japón. Woodrow Wilson fue reconocido en 1919 luego que impulsó la Liga de las Naciones y por sus gestiones en Versalles para que franceses y británicos no impusieran condiciones tan duras a la derrotada Alemania. Ambas iniciativas fracasaron eventualmente y allanaron el terreno para el advenimiento de Adolfo Hitler.
Aunque no fue presidente, el ex secretario de Estado Henry Kissinger fue otro ganador controversial. El papel que tuvo en la escalada de Vietnam y el apoyo a las dictaduras derechistas durante la guerra fría fueron muy incómodos recordatorios cuando se anunció su Nobel en 1973.
Las negocaciones en el Medio Oriente también merecieron dos polémicos tándems. En 1978 les tocó a los líderes de Egipto, Anwar al-Sadat, y de Israel, Menahem Begin, por el tratado de paz entre los dos países. El segundo era, sin embargo, un halcón que poco tenía de pacifista. Similares críticas se levantaron en 1994 contra el líder palestino Yasser Arafat, que compartió los honores con los israelitas Shimon Peres e Yitzhak Rabin. El último fue asesinado al año siguiente por un judío ortodoxo que se opuso a la firma de los acuerdos de Oslo que, precisamente, le valieron el Nobel. (Enrique Chávez)