Gunnar Engblom, de Kolibrí Expeditions guiando a la autora de la nota a las 6.15 a.m. en un pequeño parque de la Aurora en Miraflores.
El canto de los pájaros podría considerarse el despertador más antiguo del mundo, y solo en la ciudad de Lima tenemos 20 diferentes tipos de cantos gracias a las aves que habitan sus jardines y escasos parques.
La tórtola orejuda o rabiblanca, el turtupilín, el tordo matorral, la tortolita peruana, el colibrí amazilia, el gorrión americano y el salta palito son parte importante de la fauna alada, pero no todas cantan. Eso sí, la paloma cuculí es la soprano más común de la capital.
Y a estas aves endémicas hay que sumar la tangará azuleja o violinista, el botón de oro y el chisco entre las especies introducidas accidentalmente de otras zonas del país o del extranjero.
En estas semanas, hasta principios de noviembre, es cuando mejor se escuchan las aves en Lima porque es la época que se encuentran más activas cortejando, marcando su territorio y armando sus nidos.
A estas aves se suman por cierto los cormoranes, pelícanos, playeritos y demás aves vinculadas al mar en esta ciudad costeña. “Hay mucha vida en la playa”, señala Alejandro Tabini. Y más ahora, en octubre, cuando solo en los Pantanos de Villa se puede llegar a ver entre 40 y 50 diferentes tipos de pájaros que han llegado después de un largo recorrido desde el norte de Canadá o Estados Unidos. Otro lugar recomendado para observar aves migratorias es el Humedal de la Arenilla en La Punta.
El canto de la cuculí es el fondo de todo amanecer.
“Ver un ave en Lima es más fácil que en la selva”, asegura Gunnar Engblom, ornitólogo sueco radicado hace 11 años en el Perú. Dirige Kolibrí Expeditions, una agencia especializada en tours para observadores de aves.
Para Tabini, uno de los colaboradores peruanos de Engblom, “en cada árbol del parque El Olivar hay un pajarito, pero también es fácil verlos en los cercos eléctricos y las macetas de las casas”. Tabini es coautor, con Juan Pedro Paz Soldán, del libro ‘100 aves de Lima’, que se publicó hace dos años y abarca también las zonas de Chosica y Cieneguilla.
Para observar aves (ver qué hacen, qué y cómo comen, sus costumbres, dónde descansan) o para simplemente avistarlas (apuntar cada vez que se identifica un ejemplar) hay que seguir ciertas recomendaciones.
El coqueteo del salta palito es todo un espectáculo.
Ayuda mucho llevar binoculares. Un buen par anda por los 200 dólares, pero es posible disfrutar con modelos más baratos. Por otro lado, “los pájaros en la ciudad están acostumbrados a los colores”, dice Tabini. “No es, por lo tanto, necesario vestirse con tonos tierra o verde como cuando se va a observar aves a la selva”.
Eso sí, es importante saber que cuando uno está parado el ave reconoce la figura humana y se espanta. Estando sentado se logra una mayor aproximación.
Guardar silencio y paciencia ayuda también.
El Olivar de San Isidro es un buen sitio para ver aves, protegido como está del caos vehicular. Otras opciones son algunos parques de la Aurora o el Castilla de Lince.
A éstas se suman ahora los centros recreacionales de las zonas periféricas de Lima, donde se ha recuperado terrenos baldíos y muladares, convirtiéndolos en verdaderos oasis en el medio del desierto y la inmensidad de la cultura del cemento.
Son, sin embargo, aún pequeños pulmones en una ciudad amenazada por un crecimiento desordenado y que pone en peligro no solo la flora y fauna sino a la población misma.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, OMS, lo ideal de una ciudad es contar con unos 8 metros cuadrados de áreas verdes por habitante. Lima tiene 1.8 por persona.
Pero en esos pocos metros hay pájaros, muchos pájaros. (Diana Zileri).