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Opinión Por BJORN LOMBORG

El Pánico de Copenhague

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COPENHAGUE.- Una sensación de pánico está cundiendo entre muchos activistas a favor de recortes drásticos en las emisiones globales de carbono. Se está tornando obvio que la reunión tan promocionada programada para diciembre en Copenhague no dará como resultado un tratado internacional vinculante que marque una diferencia significativa para el calentamiento global.

Después de una retórica excelsa y de grandes promesas, los políticos están empezando a jugar el juego de la culpa. Los países en desarrollo culpan a los países ricos por la falta de progreso. Muchos culpan a Estados Unidos, que no habrá llegado a implementar una legislación de tope y comercialización antes de Copenhague. El secretario general de las Naciones Unidas dice que “tal vez al presidente Obama le resulte difícil llegar con una autoridad fuerte” a alcanzar un acuerdo en Copenhague. Otros culpan a los países en desarrollo –particularmente Brasil, China e India– por una reticencia a firmar recortes de carbono vinculantes. Hacia donde uno mire, alguien está siendo culpado por el aparente fracaso inminente de Copenhague.

Sin embargo, durante un tiempo considerable ha resultado evidente que existe un problema más esencial: las promesas inmediatas de recortes de carbono no funcionan. Hace diecisiete años, los países industrializados prometieron con gran fanfarria en Río de Janeiro recortar las emisiones a los niveles de 1990 para 2000. Las emisiones superaron el objetivo en un 12%. En Kyoto, los líderes se comprometieron a un recorte del 5.2% por debajo de los niveles de 1990 para 2010. La imposibilidad de cumplir con ese objetivo probablemente sea aun más espectacular, ya que las emisiones podrían excederse en alrededor del 25%.

El plan era convocar a los líderes mundiales en Copenhague y renovar las promesas de recortar el carbono al mismo tiempo que se comprometían a objetivos aún más ambiciosos. Pero es obvio que hasta una pugna de último momento para rescatar alguna forma de acuerdo no servirá de mucho a la hora de ayudar al planeta. Con un historial tan pobre, es necesario hacer un poco de introspección y abrirse a otros enfoques.

Un “Plan B” realista no implica pergeñar una segunda reunión después de Copenhague, como han sugerido algunos. Significa repensar nuestra estrategia. Este año, el Centro del Consenso de Copenhague encargó una investigación a prominentes economistas climáticos a fin de examinar las maneras factibles de responder al calentamiento global. Su investigación analizó en qué medida podíamos ayudar al planeta si fijáramos niveles diferentes de impuestos al carbono, si plantáramos más árboles, si redujéramos el metano, si disminuyéramos las emisiones de hollín negro, si nos adaptáramos al calentamiento global o si nos concentráramos en una solución tecnológica para el cambio climático.

El Centro convocó a un panel de expertos conformado por cinco de los economistas más prominentes del mundo, incluyendo a tres ganadores del Premio Nobel, para considerar toda esta nueva investigación e identificar las mejores –y las peores– opciones.

El panel determinó que los impuestos elevados y globales al carbono serían la peor opción. Esta conclusión se basó en una investigación innovadora que demostró que hasta un impuesto global al CO2 altamente eficiente, destinado a alcanzar el ambicioso objetivo de mantener los incrementos de la temperatura por debajo de los 2°C, reduciría el PBI un asombroso 12.9%, o 40 billones de dólares, en 2100. El costo total sería 50 veces el costo del daño climático que se logró evitar. Y si los políticos eligen políticas de tope y comercialización menos eficientes y menos coordinadas, los costos podrían escalar otras 10 a 100 veces más.

El panel, en cambio, recomendó concentrar la inversión en investigación en el terreno de la ingeniería climática, como una respuesta para el corto plazo, y en energía no basada en carbono como una respuesta a más largo plazo.

Algunas de las tecnologías de ingeniería climática propuestas –en particular, la tecnología de nubes artificiales para evitar el calentamiento– podrían ser económicas, rápidas y efectivas. (Barcos podrían pulverizar gotas de agua de mar hacia arriba para formar nubes sobre los océanos que harían rebotar más luz solar al espacio, reduciendo el calentamiento). Notablemente, la investigación sugiere que si se invirtiera un total de aproximadamente 9,000 millones de dólares en implementar esta tecnología de nubes blancas artificiales, se podría compensar el calentamiento global de todo el siglo. Incluso si uno analiza esta tecnología con cautela –como sucede con muchos de nosotros–, deberíamos apuntar a identificar sus limitaciones y sus riesgos lo antes posible.

Pareciera ser que la ingeniería climática nos podría ahorrar algún tiempo, y es tiempo lo que necesitamos si queremos hacer un cambio sustentable y eficaz para dejar de depender de los combustibles fósiles. La investigación demuestra que las fuentes de energía que se basan en combustibles no fósiles –según la disponibilidad de hoy– nos harán avanzar menos de la mitad de camino hacia un escenario de emisiones de carbono estables para 2050, y sólo una pequeña fracción del camino hacia la estabilización para 2100.

Si los políticos cambian el curso y acuerdan en diciembre invertir considerablemente más en investigación y desarrollo, tendríamos una posibilidad mucho mayor de llevar esta tecnología al nivel donde debe estar. Y, como sería más económica y más sencilla que los recortes de carbono, habría una posibilidad mucho mayor de alcanzar un acuerdo internacional genuino, integral –y por ende exitoso.

Se podría utilizar la fijación de precios del carbono para financiar la investigación y desarrollo, y para enviar una señal de precios destinada a promover la utilización de alternativas tecnológicas efectivas y costeables. Invertir unos 100,000 millones de dólares anualmente implicaría que podríamos esencialmente resolver el problema del cambio climático para fines de este siglo.

Mientras que el juego de la culpa no solucionará el calentamiento global, el pánico creciente podría llevar a un resultado positivo si implica reconsiderar nuestra estrategia actual. Si queremos acción de verdad, tenemos que elegir soluciones más inteligentes que cuesten menos y produzcan más. Ese sería un resultado por el que todo político estaría feliz de asumir su responsabilidad. (Por Bjørn Lomborg)

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Bjorn Lomborg es director del Centro del Consenso de Copenhague, autor de Cool It y The Skeptical Environmentalist y profesor adjunto en la Escuela de Negocios de Copenhague.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducción de Claudia Martínez


 


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