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Opinión Por AUGUSTO ORTIZ DE ZEVALLOS

Mis Mañanitas Para la Torre Eiffel

Con sus 1789 peldaños, fue inaugurada cien años después de 1789, como el gran lobby de ingreso a la Exposición Universal, adonde fueron 32 millones de visitantes. Un huevo, entonces (un oeuf).

La Torre quizás inventa el ícono, eso que hoy domina los afanes culturales y mediáticos.

Encarnó la inteligencia, el cálculo, la aventura del futuro, la industria, la modernidad.

Se conmemoraba el Centenario de la Revolución Francesa, ésa que cien años antes cambió el entendimiento del mundo. De ser uno de reyes y siervos a ser uno de ciudadanos. De ser uno de estados religiosos a ser uno laico. De basarse en la fe y en el miedo al conocimiento a basarse en la razón y el discernimiento libres.

Revolución cuya teoría ilustrada germinó y hasta generó las independencias latinoamericanas y casi coincidió con la norteamericana, también inspirada en el prestigio francés opuesto al colonialismo inglés victoriano, más reminiscente que inventivo.

No por nada el trazo de Washington (de L´Enfant) y la Estatua de la Libertad (también con esqueleto dado por una estructura de Eiffel) vinieron de ese París que apostó a centro del universo y de las ideas de cambio y de modernidad. No por nada en París se jugó la modernidad pictórica desde el Impresionismo.

Primera torre enorme que no conmemoraba a Dios sino al hombre, a quien invitaba no a orar sino a ver, a disfrutar, a entender y a soñar. A creer en sí mismo y en una sociedad organizada y productiva. En que la industria podía traer calidad de vida y otros escenarios.

Laica, entonces y antecesora de los rascacielos. Escalera al cielo físico y no místico.

El poeta Apollinaire la llamó “pastora de las nubes”. Fue el contrapunto, más elevado, de Notre Dame en el paisaje de París, tejido siempre desde y hacia el Sena.

Y atrajo a sí a la ciudad y a sus desarrollos en esos bulevares que París acuñó.

Gustave Eiffel, nacido en 1832 y que vivió hasta 1923, ya era entonces un hombre dedicado a los ferrocarriles, a puentes y viaductos, a enlazar el territorio, a cambiar el tiempo y el espacio.

En este formidable artefacto reúne muchos temas: primero la enorme plaza cuadrada formada por cuatro arcos triunfales que se unen como cornisa y remate en una galería que sobremira París.

Pero ese primer cuerpo además de ofrecer ese mirador generoso continúa en otros sucesivos episodios, pues sus cuatro columnas parabólicas que llevan al suelo las líneas de fuerza también se fugan hermosamente hacia el cielo y buscan coronarse en una enorme altura que entonces dobló la de la mayor construcción anterior en el mundo.

Su diseño, además de administrar cargas, respondió a que el viento no la golpease. Y tanto su piel hecha de millares de líneas de fierro forjado, como sus siete millones de remaches estuvieron diseñados para su exacta performance estructural. Cada línea está en su sitio, es un tejido orgánico y fue un prodigio mecánico. Los ascensores inclinados que llevarían a los admirativos visitantes fueron los mismos que se usaron en la construcción para subir las piezas prefabricadas.

Su coronación son balcones en voladizo sobre los que se eleva una aguja para punzar el cielo e iluminar desde el punto más alto la Ciudad Luz.

Fue el escaparate de la ingeniería y la prueba de que la arquitectura necesitaba cambiar, pues el academismo predominante entonces enseñaba retórica ornamental, historicismos y eclecticismos varios pero no tectónica contemporánea. Pastelería de decoración, pero no cocina.

Eiffel haría después obras en todas partes. Solamente en el Perú se le atribuyen (a él o a su taller) el Puente de Hierro de Arequipa, la estructura de hierro del Palacio de la Exposición, una casa hermosa pero desubicada en Iquitos, que siendo de planchas de fierro es un horno microondas. Y hasta la estructura de iglesias matrices en Tacna y Chiclayo, además de fuentes.

Entonces Eiffel, además de crear el ícono con la torre creó la marca.

París, Francia y el mundo polemizaron sobre ella. Primero odiada, luego querida. Primero pensada como temporal y desarmable. Luego vista como un patrimonio inamovible, como si siempre hubiese estado allí.

Paradigmática y por ello madre, sin proponérselo, de otras obras polémicas futuras parisinas. Como el formidable y mecanicista Pompidou que en los 70 cambió el significado de los museos, también para celebrar la modernidad ahora del siglo 20 y ya no del 19. Y el más reciente y miterrandino Arco de la Defense que lleva el eje desde el Louvre mucho más lejos del Arco del Triunfo y extiende así el París visitable y hermoso.

Pero además de esos y otros hijos e hijas valiosos, la Torre Eiffel, a pesar suyo, ha generado todos los souvenirs imaginables y no pocos esperpentos. Hay por todo París torrecitas-llavero, azafates, polos, gorras y pisapapeles de cada tamaño, además de cuadros-kitsch de toda suerte en que la torre está detrás de perritos meones, niñitos, payasitos, enamorados y pintores con boina. Hoy suelen ser made in China.

París la tiene así como una especie de reina, como le decía Cocteau, salvo que, viéndola bien, se la crea macho. Cocteau no objetaría.

Pero mucho más allá de sus fetiches y banalizaciones, si volvemos a verla en su significado, la Torre Eiffel es una pieza clave de la historia universal de la arquitectura y de las ciudades y de cómo ellas, cuando se hacen bien y no son una fiesta de disfraces, se deben a sus sociedades y tiempos. Respondiendo creativamente y con coraje a los retos de cada época.

Bon aniversaire. Feliz cumpleaños. (Por: Augusto Ortiz de Zevallos, arquitecto)


 


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