domingo 17 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2104

12/Nov/2009
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre JusticiaVER
Acceso libre PersonajesVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre CrónicaVER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Tauromaquia
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre ConcursoVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Alfredo
Sólo para usuarios suscritos Luis Freire
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Personajes Juez Michael Corriero y su pertinente ejemplo de justicia restaurativa juvenil.

Pandillas de Nueva York

3 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

Ver galería

“Yo no debí ser un juez, sino estar frente a uno”, dice el ex magistrado supremo Michael Corriero. Creció en un barrio pobre de Nueva York donde los jóvenes aspiraban ser bravos mafiosos. Actualmente es director ejecutivo de la ONG Big Brothers Big Sisters.

Justo cuando el asesinato de la joven Paola Vargas recrudeció el debate sobre las pandillas y barras bravas, la Universidad Católica y la Embajada de Estados Unidos organizaron en Lima el I Congreso Mundial de Justicia Restaurativa que se llevó a cabo entre el 4 y 7 de noviembre.

Uno de los expositores más destacados fue Michael Corriero, quien nació y creció en un barrio pobre de inmigrantes italianos al sur de Nueva York. A los 37 años ya era juez y hasta el año pasado presidió el Tribunal de la Juventud de Manhattan que pertenece a la Corte Suprema de NY. Ahí juzgó a niños y jóvenes por debajo de los 16 años por crímenes tan diversos como robo, tráfico de drogas y hasta asesinato.

Hasta hace 15 años, Nueva York era considerada como una de las ciudades más peligrosas de Estados Unidos, pero iniciativas como el plan de lucha contra la criminalidad del jefe de Policía William Bratton en 1994 cambiaron el rostro de esta ciudad.

En octubre de este año un reporte oficial de la Policía de Nueva York reveló que los índices de criminalidad bajaron en un 11.4%, comparado con el 2008. Los homicidios se redujeron en un 20% y en la zona del Bronx los asesinatos, que tuvieron su pico más alto en 1993 con 382 homicidios, bajaron a 84 este año. El tratamiento de personajes como Corriero ofrece lecciones que bien podrían aplicarse al convulsionado Perú.

–Usted señaló que se identifica con los jóvenes a quienes tiene que juzgar en su tribunal. ¿Por qué?
–En los años cincuentas yo era adolescente y crecí en la Pequeña Italia, que era un vecindario rudo donde los mafiosos eran figuras prominentes y los jóvenes veíamos que tenían una forma de vida muy atractiva. Pero yo fui afortunado. Mi padre era obrero en los muelles, mi madre costurera y vivíamos en un pequeño complejo habitacional, pero ellos sabían del poder de la educación y me mandaron a escuelas parroquiales, sobre todo porque tenía problemas de disciplina. Decidí estudiar derecho pero mi padre me dijo que no me podía pagar la carrera. Le dije que me diera seis meses de prueba. Estudié ocho horas al día, todos los días. Luego de los seis meses llegaron mis notas. Me habían dado una beca completa. Eso transformó mi vida. Yo no debí ser un juez, sino estar frente a uno.

–Gracias a ese empujón de sus padres usted pudo salir del barrio y no quedarse para convertirse en un gángster más.
–Ese es el mensaje que quiero transmitir a los chicos que están creciendo, que sí es posible salir. Pero la verdadera realidad es que la comunidad y la sociedad son las verdaderas responsables de asegurarse que esa posibilidad realmente exista. Lo que intenté hacer en la Corte Juvenil es identificar a esos muchachos que se pueden jalar a programas alternativos donde se les da consejería, donde se les monitoreará continuamente, tener una relación personal con ellos y asegurarnos que se den cuenta que les están prestando atención.

–¿Qué pueden hacer el Estado, la sociedad, cuando los jóvenes no quieren tener ese tipo de ayuda y por el contrario glorifican a los mafiosos y quieren ser ellos?
–El juez tiene que ser capaz de juzgar a ese chico individualmente. Porque, ¿qué se va a hacer con un muchacho así? ¿Mandarlo a la cárcel por otros diez años para que salga cuando tenga 25 ó 30 años sin haber sido rehabilitado?

¿Cómo enfrenta a los jóvenes acusados que llegan a su tribunal?
–Hubo un muchacho que vino ante mí acusado de robo en primer grado, se le veía rudo pero tenía una Biblia. ¿Qué lees?, le pregunté. Génesis, me dijo. Le pregunté qué había aprendido y me contestó: que Dios nos ama tanto que nos da la libertad de cometer errores. Dije: eres un joven inteligente, pero no soy Dios y soy responsable por la comunidad. Puedes ser inteligente y pasar dos tercios de tu vida en prisión, ¿quieres ser ‘Caracortada’? Claro, él podía matar gente, ¿pero dónde terminó al final? No tenía el respeto de nadie y lo mataron como un perro. Los chicos tienen que saber lo que significan las posibilidades de la educación.

–En su experiencia, ¿considera que los jóvenes de los barrios marginales suelen glorificar la violencia como estilo de vida?
–Son muchachos que escogen la violencia o adquieren el sentido de respeto y confianza en sí mismos por ser violentos. Yo a ellos les digo en mi tribunal: ustedes se creen hombres porque cargan un arma, pero en lo que me toma escribir su nombre en este papel, les puedo cambiar la vida enviándolos a prisión. Eso es poder. (Patricia Caycho)


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista