Música Celulares en el escenario e insuficiencias profesionales afectan la voz de la Orquesta Sinfónica Nacional.
Sinfónica Afónica
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En tiempos de Johannes Brahms, circa 1890, felizmente no existían adminículos como el que acompañó a la OSN. |
La OSN concluyó el primer ciclo de su nuevo titular, Matteo Pagliari. El programa de cierre puso dos sinfonías en contraste: la cuarta de Beethoven (1770-1827), el primero de los compositores germanos que se afincaron en Viena y, desde allí, dominaron el panorama sinfónico mundial; y la cuarta de Brahms (1833-1897), el último de dicha estirpe. La de Beethoven es melodiosa, esbelta, casi de cámara, una pausa clásica entre la Heroica y las sinfonías que después descendieron como truenos sobre las salas de Europa. La de Brahms, en cambio, es clásica en la forma, pero masiva, densa y compleja; a tono con los tiempos finales del romanticismo.
El público de la OSN reconoce que el maestro Pagliari trabaja bien, impone su autoridad con desenvoltura y apoya a los solistas invitados. Con su economía de movimientos se concentra en lo importante, facilita las entradas de los ejecutantes y realza el protagonismo de la orquesta, evitando al público los aspavientos a que son dados algunos directores. Además, ha sustituido músicos, rotado posiciones para mejorar el sonido y su balance, y convocado a audiciones para nuevos ejecutantes. Ante el historial de comienzos tembleques de la orquesta, se aplicó al tema.
El comienzo es importante en todo, pero en la música sinfónica es determinante. Por eso le llaman ¡ataque! y, en Francia, se refieren al Concertino, o músico principal, como Chef d’attaque. Si el comienzo es malo no hay tiempo para enmendar rumbos porque las ideas musicales se expresan en frases muy breves, y motivos brevísimos. Segundos después de la presentación del primer tema aparece la transición hacia el segundo, a los cambios de tonalidad, los contrastes y variantes del desarrollo de la obra. Si el mal comienzo es de una sección significativamente sonora, como los vientos de metal, se puede echar a perder todo; o, por lo menos, el humor. Así fue en la función de cierre.
El último movimiento de la cuarta de Brahms tiene un comienzo difícil: son ocho compases exclusivos para los instrumentos de viento, con presencia conspicua de los metales, que exigen la máxima concentración de los ejecutantes. Para asegurarla, los directores lo empiezan tan pronto pueden. Pero no con la OSN. Estando el director aprestado para el comienzo, estalló la alarma de un celular, pero esta intrusión del nuevo habitué de los teatros vino del propio escenario, de la zona donde los músicos guardan su impedimenta. El reinicio de la música no fue firme y poco después se reactivó la alarma, perturbando el sonido de las cuerdas ingresadas en el noveno compás.
Lo ocurrido conduce al tema de la competencia profesional. La música orquestal es una forma peculiar de la lectura en voz alta, donde la visión es del director y la dicción es de la orquesta, por lo que el esfuerzo del director será inconducente si los músicos carecen de idoneidad. El maestro Pagliari, a la manera de la escuela italiana, ha incidido en coordinar a los componentes de la orquesta como si fuesen voces humanas. Sin embargo, por sus insuficiencias acumuladas, la orquesta está llegando al límite a partir del cual la mano del director solo podría derivar mejoras marginales.
La OSN necesita nuevos músicos y mejores invitados, lo que inevitablemente se traduce en un mayor presupuesto. Para la incorporación de nuevos ejecutantes existe talento, como lo han demostrado los elencos del Conservatorio Nacional y, más recientemente, la orquesta de mayoría juvenil presentada por Romanza en su temporada. Sin embargo, los nuevos músicos darán solo alivio pasajero si no reciben sueldos acordes con las exigencias académicas y de actualización laboral de su profesión, que son tantas como la que más. La invitación de directores calificados también es importante. Lo demostró la diferencia entre el rendimiento de la OSN con Germán Gutiérrez, en una obra difícil, como el concierto para violín de Sibelius, y el obtenido con el invitado inglés, que hizo trastabillar a los solistas y dio a la sexta sinfonía de Tchaikovsky, “La Patética”, una lectura digna de su apelativo.
Un elenco de 90 personas, con un sueldo promedio de S/. 3,000.00, costaría S/. 5 millones anuales por efecto de las leyes y beneficios sociales. Esa suma solo podría provenir del Estado. Pero, como contrapartida, la OSN debería cubrir por sí misma la retribución de sus directores y solistas invitados. Este monto no sería pequeño, pero estaría al alcance de las contribuciones del público y las donaciones privadas. (Enrique Felices)