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Cultural Las lecciones ante la CVR.

Letras y Rejas

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Izq, la captura, 1992. Der, como interno cuentista premiado en el 2007.

Renunció al MRTA en 1992. En la cárcel leyó a autores como Manuel Puig, Octavio Paz y Marguerite Yourcenar. Las lecturas le ampliaron la mente. Conocer al padre Hubert Lanssiers, también. El nacimiento de su hijo socavó los pocos cimientos ideológicos que quedaban. Alberto Gálvez Olaechea ganó el primer lugar del Primer Concurso de Cuento Arte y Esperanza 2007, aunque fue impedido de asistir a la premiación en el Jockey Plaza. Ha publicado el libro de ensayos y reflexiones Desde el país de las sombras (SUR Casa de Estudios del Socialismo, 2009). Aquí un adelanto.

Las Lecciones Ante La CVR

Mi nombre es Alberto Gálvez Olaechea, tengo 48 años, he sido dirigente del mrta hasta enero de 1992, cuando presenté mi renuncia a dicha organización. De estos 48 años he pasado catorce en prisión, que creo que es un tiempo más que suficiente para la reflexión, la introspección y la autocrítica respecto a lo que ha sido nuestra experiencia, fundamentalmente en lo que tiene que ver con la violencia política de las dos últimas décadas del siglo pasado.

El nuestro fue un proyecto producto del espíritu de una época. No pretendo eludir mi responsabilidad, pero tampoco creo que sea admisible circunscribir la experiencia del mrta a un hecho aislado de individuos fanatizados que trastocaron un país que vivía en paz, en calma y en orden. No pretendo defender nada, no intento justificar nada. Lo que me parece fundamental es tratar de explicar y comprender, y sobre todo mantener los ojos abiertos a los hechos de la realidad y admitir una derrota sin atenuantes.

Es necesario también admitir los errores, y, en particular, estar abiertos a pedir y conceder perdón, si queremos efectivamente avanzar en un proceso de reconciliación nacional. (...)

De estos años de reflexión, de estudios, de observación de la realidad y de los hechos ocurridos, he tratado de sistematizar conclusiones fundamentales.

La primera de ellas es que las teorías son falibles. La idea del marxismo como una verdad universal ha demostrado ser falaz. Hay diversas verdades, todas ellas provisionales, parciales, contradictorias, y que van cambiando en el tiempo; por lo tanto, no hay una verdad revelada que transmitir al mundo, y, menos aún, que imponer a la sociedad.

En segundo lugar, hemos aprendido –o he aprendido– que la historia no tiene un destino inevitable; es decir, no es un proceso que tiene un fin, sino que las posibilidades del destino humano están abiertas, oscilando entre la destrucción como civilización y la posibilidad de la construcción de un sistema de convivencia con equidad, con tolerancia, con justicia social.

En tercer lugar, hemos aprendido que las revoluciones son excepciones, más que leyes inevitables de la historia. La experiencia nos ha mostrado que las transformaciones que se han producido en el mundo han incluido las revoluciones en muchos casos, pero en la gran mayoría no ha sido éste, necesariamente, el camino por el cual se han producido los cambios.

En cuarto lugar, hemos aprendido que la violencia solo puede ser un recurso para situaciones extremas. Hemos aprendido que se pueden desencadenar procesos incontrolables por quienes los generaron. Hemos aprendido que el inicio de la violencia genera un conjunto de acciones y reacciones, una espiral de violencia que puede terminar envolviendo a sus protagonistas más allá de sus intenciones. Y esto es particularmente grave.(...)

Lecturas En Prisión

Solo en la prisión vine a estudiar a Basadre, cuya Historia de la República deglutí laboriosamente durante más de un año. Aquí mismo leí con ahínco a Porras Barrenechea, a Macera, a Lumbreras, a Flores Galindo, a Manrique. Leí y tomé notas de todos los libros de Eric Hobsbawm que llegaron a mis manos. Descubrí a extraordinarios ensayistas como Stefan Zweig y Octavio Paz, cuyo Laberinto de la soledad me deslumbró.

Haciendo de la necesidad virtud, aproveché la rigurosa censura de libros marxistas para otear otros horizontes y otras visiones del mundo, e indagar otras explicaciones. En particular, leyendo a gentes como Alvin Toffler o Manuel Castells descubrí la insuficiencia de los viejos discursos para dar cuenta de los acelerados cambios del mundo de hoy, con sus nuevos paradigmas tecnológicos y sus nuevas realidades económicas, sociales y culturales.

Ahora que me detengo a observar mis lecturas, debo decir que si tuviera que escoger unos pocos libros, elegiría Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, por todo lo que me dijo. También la cárcel ha sido ocasión de reencuentro con la Biblia, en cuyas páginas he encontrado la riqueza de la diversidad humana, la fuerza y el temperamento de los pueblos y los hombres que se sienten con una misión.

Un Hijo En Prisión

Eras la gota de agua que rebalsaba el vaso.

Lavar los montones de pañales que ensuciabas con entusiasmo y total irresponsabilidad era un tremendo lío, como lo era conseguir el agua caliente para tu baño, y más valía que te saciaras con la leche materna porque el agua hervida era artículo de lujo (...)

Y tenías derechos. Una cosa insólita en el reino de la arbitrariedad y el abuso. Alguien con derechos era una incitación a la rebeldía, así como tus pañales al viento en el patio flameaban como banderas de libertad, dosis de humanidad en un lugar en el que aquella estaba proscrita. Una criatura es capaz de suscitar los sentimientos más impertinentes: alegría donde debería reinar la tristeza; ternura donde tendría que imperar el encono.

Entre esos derechos perturbadores estaba el de visitar a tu padre, preso en el otro extremo de la ciudad. Una compleja travesía que comenzaba un viernes por la noche, cuando salías del penal de Chorrillos luego de que te desvestían para que no fueras portador de peligrosos mensajes o, lo que es peor, de furtivas cartas de amor que intentaban eludir una censura que no permitía un ápice de intimidad o privacidad.

El sábado, al ingresar a Castro Castro, venía otra revisión. Luego de pasar por controles y atravesar rejas y alambradas, terminabas en brazos de un tipo que, desconcertado e incrédulo, te miraba con una mezcla de asombro y de ternura.

Recuerdo nuestro primer encuentro como si hubiera sido ayer. Tenías apenas tres semanas y parecías un monito peludo, una cosita que pataleaba infatigablemente, como entrenándose para alguna competencia. Me conmoviste y me hiciste sentir, pese a todo, afortunado, pero al mismo tiempo vulnerable. Tomé conciencia de la fragilidad de la vida.


 


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