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Entrevistas Entrevista insólita a Laura Alzubide, mallorquina, filóloga, amiga de escritores e inspiradora esposa de Guillermo Niño de Guzmán.

Musa Entre las Musas

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“Me atraparon los libros. No soy ni he sido jamás frívola. No me gusta la vida mercantilista...”

Laura Alzubide, 31 años, aparte de chica guapa, es un gran personaje en el que hasta ahora los focos de la publicidad todavía no se han fijado. Anda por ahí, escondida frente a su computadora o diluida entre la bohemia pensante de este país. Escritores del fuste de Fernando Ampuero y Ricardo Uceda, entre otros, la tienen a ella como la mejor lectora que han conocido, la más sapiente, la mejor degustadora de escritos que ella paladea con fruición durante muchas horas al día y desde su niñez. Nació en Mallorca, España, la isla de la calma, y se le quedó de su patria chica el color azul mediterráneo en sus ojos y en vez de crecer asimilando la frivolidad y las diversiones continuas que exudaba la isla se encerró entre libros porque descubrió la belleza del idioma castellano tan maravillosamente apuntalado por la sintaxis latina. Musae, musarum, musis…, musa entre las musas a través de una vida rodeada de escritores y de libros, pero musa recatada, distante, de una sencillez sobrecogedora en la que la comunicación con los demás solo se establece a través de los fluidos de la mente removidos por una relación siempre amical e intelectual de la mejor ley. Filóloga, editora, correctora, periodista en ciernes, se casó hace dos meses y pico con el escritor y extraordinario cuentista (en el mejor sentido de la palabra) Guillermo Niño de Guzmán, con el cual había convivido seis años, rodeados de grandes amigos y siendo testigos principales su hermana y Alfredo Bryce Echenique. Laura es una mujer serena, suave, muy sutil en el sentido de que siempre parece que se sitúe adrede en un segundo plano en el que se la ve y no se la ve. Más que verla se la presiente y se sabe que ahí está con esa sutilidad tan omnipresente como la enigmática sonrisa de la Gioconda. Ahora, ella, en el restaurante Costa Verde, puede beberse tres martinis secos al hilo sin que las vidriosas luces del alcohol aparezcan en sus ojos. Cabeza. Mesura. Hasta ahí llego. Como protectora sempiterna de los libros demuestra más firmeza y compostura que un guardián del palacio de Buckingham. Aunque sin morrión, claro está. Veamos qué nos cuenta.

–¿Cómo le vino la afición por la lectura?
–Desde muy pequeña, en Palma de Mallorca, donde nací. Leí siempre libros propios para ser apreciados por gente de más edad que yo, Julio Verne, las hermanas Bronté. A los 13 años mi madre se enfadó conmigo cuando se enteró que acababa de leer “El cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell, que es una tetralogía maravillosa de novelas de una densidad y crudeza fuera de lo común…


 


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