domingo 17 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2110

23/Dic/2009
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre SeguridadVER
Acceso libre Medio AmbienteVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre UrbanismoVER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Alfredo
Sólo para usuarios suscritos Luis Freire
Suplementos
Acceso libre Medio AmbienteVER
Acceso libre La Copa IlustradaVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión Por BJORN LOMBORG

¿Por qué Fracasó Copenhague?

COPENHAGUE – Miles de políticos, burócratas y activistas del medio ambiente llegaron a Copenhague para la cumbre global COP15 sobre el cambio climático con todos los bríos –y la buena imagen de sí mismos– de un grupo de comandos convencidos de que estaban a punto de salvar el mundo. Y, aunque las diferencias políticas entre ellos seguían –y siguen- siendo enormes, los delegados se están felicitando mutuamente por tener las respuestas al cambio global.

El colorido lenguaje y la pretenciosa autoconfianza que aquí repletaron el Bella Center me recuerdan una escena similar: Kioto, 1997. Allí los líderes mundiales firmaron de verdad un acuerdo legalmente vinculante para reducir las emisiones de carbono, algo que no verán los asistentes a esta cumbre. Sin embargo, ¿qué logró el Protocolo de Kioto? Hasta ahora al menos, prácticamente nada.

Es verdad que Europa ha dado algunos pasos para reducir sus emisiones. Sin embargo, de los 15 países de la Unión Europea representados en la Cumbre de Kioto, 10 todavía no cumplen los objetivos acordados allí. Tampoco lo harán Japón ni Canadá. Y Estados Unidos ni siquiera ratificó el acuerdo. En total, lo probable es que apenas logremos un 5% de la reducción comprometida en Kioto.

Para ponerlo de otra manera, digamos que indexamos las emisiones globales de 1990 en 100. Si no hubiera existido el Protocolo de Kioto, el nivel de 2010 habría sido de 142.7. Con la implementación completa del protocolo, habría sido de 133. De hecho, el resultado real probablemente sea un nivel de 142.2 para el 2010... prácticamente lo mismo que si no hubiésemos hecho nada. Considerando los 12 años de conversaciones y alabanzas por Kioto, no se trata de un logro muy impresionante.

El Protocolo de Kioto no fracasó porque alguna nación del mundo abandonara al resto. Falló porque hacer cortes rápidos y drásticos a las emisiones de carbono es extremadamente costoso. Se declare o no a Copenhague como una victoria política, los hechos ineludibles de la vida económica prevalecerán una vez más, y las promesas grandilocuentes quedarán nuevamente en nada.

Por eso soy partidario de abandonar la inútil estrategia de intentar hacer que los gobiernos prometan reducir las emisiones. En lugar de ello, el mundo debería centrar sus esfuerzos en hacer que las fuentes de energía no contaminantes sean menos costosas que los combustibles fósiles. Deberíamos estar negociando un acuerdo internacional para aumentar radicalmente el gasto en investigación y desarrollo de energías “verdes”, hasta un total de 0.2% del PGB global, o 100 mil millones de dólares al año. Sin este tipo de esfuerzo concertado, las tecnologías alternativas sencillamente no podrán reemplazar a los combustibles fósiles.

Lamentablemente, los delegados de la COP15 parecieron tener poco apetito por ese nivel de realismo. El primer día de la conferencia, el jefe del comité sobre el cambio climático de las Naciones Unidas, Yvo de Boer, declaró lo optimista que se sentía acerca de la continuación del enfoque de Kioto: “Casi todos los días, los países anuncian nuevas metas o planes para reducir las emisiones”, señaló.

Esas declaraciones pasaron por alto el hecho de que tales promesas fueron casi completamente vacías. Las metas fueron inalcanzables, o bien las cifras estaban arregladas. Por ejemplo, el compromiso de Japón de lograr un 25% de reducción de las emisiones de carbono para 2020 suena no creíble... porque no lo es. No hay modo de que los japoneses realmente puedan cumplir una promesa así de ambiciosa.

Mientras tanto, China sacó aplausos antes de la Cumbre de Copenhague al prometer reducir la intensidad de su uso del carbono (la cantidad de CO2 emitida por cada dólar de PGB) a lo largo de los próximos años en un 40 a 45% de su nivel de 2005. Si tomamos en cuenta las cifras de la Agencia de Energía Internacional, ya se esperaba que China redujera su intensidad de uso del carbono en un 40% sin nuevas medidas. A medida que se desarrolle su economía, China inevitablemente pasará a tener más industrias que hagan un uso menos intensivo del carbono. En otras palabras, China tomó lo que todo el mundo esperaba que ocurriera y, con un giro creativo, lo presentó como una nueva y ambiciosa iniciativa de política medioambiental.

Piénsese en lo rápidos que fueron los delegados de Copenhague para restar importancia al escándalo que hoy se conoce como el “Climategate”, la indignación tras las divulgación de miles de inquietantes mensajes de correo electrónico y otros documentos tomados por piratas informáticos de las computadoras de un prestigioso centro británico de estudios sobre el medio ambiente.

Sería un error no aprender las lecciones de este lío. El “Climategate” expuso una cara de la comunidad científica que la gente nunca ve. No fue un espectáculo muy edificante.

Lo que revelaron los mensajes robados fue un grupo de los climatólogos más influyentes del mundo discutiendo, lanzando ideas y conspirando para obligar a adoptar una línea dogmática sobre el cambio climático. Los datos que no respaldaban sus supuestos sobre el calentamiento global fueron disfrazados. Se denigró como “idiotas” y “basura” a los expertos que no estaban de acuerdo con sus conclusiones. Se amenazó con boicotear a las publicaciones científicas revisadas por pares que se atrevieron a publicar artículos que les contradijeran. Se suprimió el disenso, se borraron hechos, se bloqueó el escrutinio de terceros y se ahogó el libre flujo de la información.

Predeciblemente, el texto de los más de 3,000 mensajes de correo electrónico fue utilizado por los escépticos de que el cambio climático sea producto de la actividad humana como “prueba” de que se trata nada más que de un engaño creado por un montón de intelectuales presuntuosos. Y esa es la verdadera tragedia del “Climategate”: el calentamiento global no es un invento, pero en momentos en que las encuestas de opinión pública revelan un ascenso del escepticismo público sobre este tema, este desagradable atisbo de científicos que intentan cocinar datos podría convertirse en una excusa para quitar todo el asunto de la mesa.

Lo que parece haber motivado a los científicos implicados en el Climategate fue la arrogante creencia de que la manera de salvar el mundo fue ocultar o distorsionar hallazgos ambiguos y contradictorios acerca del cambio climático que podrían “confundir” al público. Sin embargo, reemplazar el rigor científico con palabrería ingeniosa es una terrible estrategia.

También lo es seguir adoptando una estrategia frente al cambio climático que ha fracasado por cerca de dos décadas. En lugar de gastar papel en comentar las falencias del enfoque de Kioto y fingir que las promesas grandiosas se pueden convertir en medidas reales, debemos reconocer que para salvar el mundo es necesaria una estrategia más inteligente que la que se siguió tan dogmáticamente en Copenhague. (Por Bjorn Lomborg*)

----------
*Bjorn Lomborg es director del Centro del Consenso de Copenhague y autor de Cool It: The Skeptical Environmentalist’s Guide to Global Warming.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista