Informe Lima
Rastro de Renovación
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Interior restaurado de la Casa de las Trece Puertas. |
La esquina que forman el Rastro de San Francisco (hoy jirón Ancash) y el Rincón de la Soledad (ahora jirón Lampa) es de las primeras de Lima colonial.
Detrás está una manzana de unos 10,000 metros cuadrados que fue configurada por Francisco Pizarro en 1535, cuando fundara esta Tres Veces Coronada Villa, pero que antes había albergado construcciones y espacios preincaicos.
Y en la esquina misma está la Casa de las Trece Puertas, habitada en 1690 por un Oidor de la Real Audiencia y utilizada también como panadería por el Santo Oficio de la Inquisición.
No ha quedado registro del sabor de esa hogaza.
La Casa de las Trece Puertas fue una de las 30 edificaciones que sobrevivieron el terremoto de 1746, hecatombe que incluso derribó las torres de la Catedral.
Hoy la casa luce como un palacio, con sus gruesos muros de adobe en el primer piso, la noble quincha que se utilizó hace ya siglos para sumarle un segundo, sus puertas y maderas restauradas primorosamente, y patios de nobles proporciones.
Hasta hace pocos años, sin embargo, ese solar era un tugurio en el que se hacinaban 20 familias. La misma suerte corrían las mansiones vecinas que por el Rastro de San Francisco llegan hasta Desamparados.
Todas son, por cierto, monumentos históricos de gran abolengo.
Casi frente al restaurante Cordano está la Casa Bodega y Quadra. Un navegante de esa familia descubrió la bahía de Vancouver en el siglo XVIII.
También está la Casa de Francisco de Mendoza Ríos Caballero y Sánchez Boquete, chapetón cuyo nombre rebotaría hoy por lo extenso en un archivo de Internet.
Más cerca se perfila la Casa del Balcón Ecléctico, cuyo estilo republicano alude a una belle époque algo excéntrica.
Todas esas edificaciones son, en su conjunto, una referencia histórica invaluable. y al pie de sus cimientos se está descubriendo una ciudad escondida.
En la parte posterior de la Casa Bodega y Quadra, en excavaciones que llegan a 7 metros de profundidad, se ha encontrado 200,000 objetos diversos que revelan cuatro siglos de evolución urbana.
También se ha descubierto tramos de una muralla de Lima del siglo XVI, que le lleva un siglo de antigüedad a la más conocida.
El arquitecto arqueólogo Gonzalo Presbítero trabaja en el sitio, con barro hasta los codos, entre pisos de canto rodado, tapias de barro, arcos de ladrillo y evidencias precolombinas de pagos a la tierra.
En este estudio, que es único en la capital y que se inició en el 2004 con el arqueólogo Daniel Guerrero, ahora destaca también el Dr. Miguel Fhon.
Aun más extraordinario que estos hallazgos –dice la arquitecta Flor de María Valladolid–, es que en esta manzana se realizan varias tareas a la vez.
Valladolid, presidente de la Empresa Metropolitana Inmobiliaria de Lima (Emilima) y gerente de Prolima, señala que, como parte integral del proceso de renovación de sectores históricos degradados, está la tarea de destugurización.
Para tal efecto, el Fondo Municipal de Renovación Urbana lleva invertidos aquí unos S/. 8 millones, no solo en la restauración de los inmuebles y estudios arqueológicos sino en la construcción del contiguo Centro Habitacional ‘La Muralla’, que ahora alberga, junto a áreas verdes y una pérgola amable, a 71 familias que antes se hacinaban en los solares.
Paralelamente, el Fondo ha creado un programa para especializar como artesanos y constructores a miembros de esas familias, de tal forma que participan en la restauración de la Lima Histórica y, a la vez, tienen ingresos para ir adquiriendo sus viviendas en el Centro Habitacional a un precio promedio de US$ 10,000.
Esos son los artesanos que están restaurando el Teatro Municipal y que han transformado la Casa de las Trece Puertas.
Se calcula, a la vez, que sus viviendas se han revaluado unas 3 ó 4 veces.
Este es el esquema de redención arquitectónica y social que funcionarios como Valladolid quisieran aplicar en 470 manzanas que tienen inventariadas en Lima.
Hay ciudades históricas como Quito –dice Valladolid– que reservan hasta un 25% de su impuesto a la renta para estos menesteres. Si aquí se destinara el 10% al Fondo intangible, tendríamos unos US$ 600 millones anuales para beneficiar a decenas de miles de vecinos muy pobres y, a la vez, recuperar nuestro patrimonio urbano.