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Opinión Para dignificar a las víctimas y evitar el olvido.

Museo Para la Memoria

Hermana de estudiante mapuche muerto por la policía protestó durante acto.

EL golpe del 11 de septiembre de 1973 y la dictadura del general Pinochet han entrado a la memoria universal de la infamia como expresión emblemática del uso de la violencia del Estado al servicio de la intolerancia y el crimen. También el modelo chileno de transición goza de reconocimiento internacional por su compromiso con los derechos humanos y su eficaz lucha contra la pobreza y la exclusión. La presidenta Michelle Bachelet quiso marcar el final de su mandato inaugurando un Museo de la Memoria y los Derechos Humanos destinado a dignificar a las víctimas y evitar que el olvido prive a las generaciones futuras de las lecciones de la historia. El Museo es el punto culminante del proceso de reconciliación impulsado por las Comisiones de la Verdad Rettig y Valech.

Un año antes, en el acto de instalación de la primera piedra, Bachelet había enterrado un pergamino en el que resumió la filosofía del Museo: “No podemos cambiar nuestro pasado, solo nos queda aprender de lo vivido. Esta es nuestra oportunidad y nuestro desafío”. Las salas de colecciones permanentes y las muestras transitorias pretenden “invitar a reflexionar sobre los atentados a la vida y la dignidad de las personas ocurridos entre 1973 y 1990, para que estos hechos no se repitan y para instalar el respeto de los derechos humanos como una práctica permanente”.

El Museo aspira a ofrecer la mayor información posible para que los visitantes saquen sus propias conclusiones. Sus responsables optaron por incluir a todas las víctimas: detenidos, torturados, deportados, asesinados y desaparecidos.

Pero incluyeron también a los guardaespaldas del dictador, fallecidos en un atentado cometido por un grupo de extrema izquierda en 1986.

Además de las piezas y los documentos gráficos y audiovisuales exhibidos en 5,600 metros cuadrados de construcción, el Museo cuenta con un centro de documentación, una sala de cine, un auditorio y un espacio destinado a la pedagogía infantil. Sus organizadores han obtenido el respaldo de artistas como Alfredo Jaar y Jorge Tacla, autores de un Memorial y un Mural que expresan plásticamente tanto el sufrimiento de las víctimas como el espíritu de resistencia de quienes nunca se resignaron a la barbarie.

Poemas de Neruda y canciones de Violeta Parra y Víctor Jara recrean el espíritu de una época que concluyó con el bombardeo del Palacio de la Moneda. El monto total de la inversión supera los 20 millones de dólares.

Aunque ninguna corriente representativa, civil o militar, rechazó explícitamente la creación del Museo, hasta los últimos días se elevaron voces destinadas a denigrarlo o desnaturalizar su objetivo. La actual directora del Museo, Romy Schmidt, precisa que su función es “aportar hechos, no explicaciones, que serán materia de debates y análisis durante mucho tiempo”.

Por su parte, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, rechazó en su discurso de inauguración que el Museo deba incluir hechos sucedidos durante los años previos al golpe: “Habrá muchas explicaciones pero ninguna justificación para el uso de la fuerza contra la población y sus instituciones (…), aunque sea cierto que Chile vivió una extrema ideologización, lo que favoreció una crisis política que socavó las bases de nuestra convivencia”.

Entre los invitados extranjeros destacaba Mario Vargas Llosa, presidente de la Comisión de Alto Nivel para el Museo de la Memoria del Perú. Un grupo de exaltados abucheó al escritor, reprochándole su respaldo al candidato opositor Sebastián Piñera, quien, a seis días de las elecciones, no fue invitado al acto. Sentado junto a la Defensora del Pueblo, Beatriz Merino, Vargas Llosa reaccionó con serenidad, declarando a la prensa que él no consideraba que esa muestra de intolerancia pusiera en duda la calidad del acto ni la tradicional urbanidad de la mayoría de los asistentes.

El escritor afirmó que la defensa de los derechos humanos no debe ser patrimonio reservado de un sector de la sociedad. Al despedirlo, la presidenta Bachelet y otras autoridades desagraviaron a Vargas Llosa.

Sin embargo, otro incidente perturbó la sobriedad de la ceremonia. La joven hermana de un estudiante mapuche abaleado por la Policía en 2008 interrumpió el discurso de la presidenta, afirmando que “su gobierno asesinó a Matías Catrileo”. Bachelet reaccionó a las vociferaciones pidiendo respeto a las víctimas de la dictadura y afirmando que en democracia se juzga y condena a los culpables. (Escribe desde Chile Fernando Carvallo)


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