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21/Ene/2010
 
 
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Internacional Testimonio de un peruano, funcionario de las NNUU, en Haití. La hora más oscura de una isla ya golpeada por la pobreza extrema.

Desde el Epicentro

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Destacamento peruano de Cascos Azules de las NNUU lidiando con toneladas de ayuda por distribuir.

Estoy a solo 270 kilómetros de Port-au-Prince, pero debo levantarme a las 4:30 a.m. para llegar ahí. Las carreteras sin asfaltar y con tantos cráteres como la luna, hacen el trayecto largo y atormentado: ocho horas de viaje. Dirijo una oficina de una agencia de Naciones Unidas en la ciudad costera de Port-de-Paix, y ahí pasé un susto tremendo con el terremoto del 12. Dos días después me solicitan para apoyar en la emergencia en Puerto Príncipe. A las 3 a.m. el guardia toca mi puerta casi frenéticamente. Va a haber otro terremoto, me dice. No pueden preverse, así que le digo que se equivoca, pero insiste:
–¡Todo el mundo ya salió!

Me asomo al balcón y veo la calle llena de gente. Empiezo a asustarme.


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