Música Metallica en Perú: la noche negra de 50 mil asistentes al estadio de San Marcos.
El Infierno Musical
Un hombre desesperado busca oro en un cementerio. Es un ladrón dispuesto a profanar tumbas por dinero, y es una escena de El bueno, el malo y el feo, de Sergio Leone. El tiempo en la pantalla se acaba, y la composición de Ennio Morricone se va apagando sobre el escenario. Codicia, muerte. De cosas así canta Metallica, la agrupación californiana que de la nada arranca su esperado concierto del 19 de enero del 2010 con una de sus canciones más rápidas. “Creeping death”, una especie de saludo bíblico que anuncia un concierto con el catálogo más antiguo y pesado de la banda.
El siempre cambiante repertorio de los músicos hizo una concesión a un país que los esperó por 29 años. Se desempolvaron los éxitos del ayer y desfilaron clásicos de casete como la melodiosa “Fade to black” y “For whom the bell tolls” (bajo el influjo de la novela homónima de Ernest Hemingway). Gracias al bajo de Robert Trujillo, el metal se puso ultrapesado con “Harvester of sorrow” y “Sad but true” (canción afinada en D). La vibración pudo sentirse hasta en el suelo.
El público tardó un poco en ‘poguear’, es decir, bailar y golpearse de forma desenfrenada. Quizá porque sus músculos esperaron desde el día anterior y porque las medidas de seguridad se exageraron hasta el sinsentido. Sin embargo, la redondez del estupendo estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos -con las tribunas casi pisando la cancha- se encargó de acercar a todos los sectores sociales y propagar rápidamente el incendio musical. El fuego no sólo fue metafórico. Hubo llamaradas en canciones como “Fuel” y pirotecnia en su medida justa. En el inicio de “Enter sandman”, por ejemplo, de lejos la más cantada de la noche. En la tribuna opuesta, las composiciones del último disco de la banda, Death magnetic, se cantaron con sólo el rumor de varias voces como opaco acompañamiento. Quizá el público estuvo demasiado pendiente de sus cámaras y celulares. Quizá el espectáculo era demasiado inverosímil. Ambas hipótesis pueden ser complementarias. Pero quizá por momentos Metallica sobrepasó a su público.
A la mitad del concierto el público volteó la noche. La balacera de “One” y su guiño a otra película (Johnny cogió su fusil) fue una especie de segundo inicio (otro referente cinéfilo fue la guitarra Boris Karloff de Kirk Hammett). Otra canción sobre la guerra, la muerte y todo lo demás. En casi siete minutos y medio llevó al estadio de la balada al frenético doble bombo del baterista Lars Ulrich, casi tan veloz como el corazón de los fanáticos. No hubo tiempo de buscar dónde quedó el amigo o la novia. Para cuando había terminado la canción ya había empezado “Master of Puppets” -también conocida como “Napster of Puppets”, en alusión a la descarga ilegal de música- acaso la más compleja y celebrada por la crítica (el solo de Hammett va de un ritmo convencional de 4/4 a 11/8 en pocos segundos). Las inmensas olas humanas que se formaron pudieron haber llevado a alguien de popular a vip. Al final, lo que quedó del público gritó en señal de catárquico agradecimiento al vil metal. “Battery”, la más rápida de la noche, sopló el polvo de los restos de gente.
En adelante la noche fue del cantante James Hetfield. Manejó al público en “Nothing else matters”, una clásica balada que llena estadios y radios. Elevó los coros con “Enter sandman”, donde todos se sabían la letra. Y, finalmente, cedió a sus impulsos populistas con pedidos del ayer que sus seguidores supieron apreciar: el cover “Am I Evil?”, la subestimada “Blackened” y “Seek & Destroy”. Con esta última cerró el concierto, bajando del escenario, haciendo cantar al público y regalando uñas para guitarra. Mientras, Lars Ulrich regalaba chorros de agua saliendo de su boca. Pudo haber sido ron de quemar. Todo obsequio era bienvenido, y todo lo que viniera de ellos era venerado por unas 50 mil personas –cifra oficial- que se resistieron a irse. Afuera, entre ambulantes con posters y dvd’s de algún concierto, un vendedor ofrecía la gaseosa metálica: una botella de 100 ml. con el sticker de la marca pintarrajeado de negro. Y un micro quiso cobrar dos soles por poner un casete metalero en el largo camino todo La Marina. Era Lima, para sorpresa general. (Textos: Carlos Cabanillas - Fotos: http://metontour.com/)