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Nacional Perú comparte con Chile un Cinturón de Fuego sísmico. La prevención urge.

Razones Para Estar Alerta

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Kuroiwa advierte sobre la peligrosa concentración demográfica, logística y económica de la ciudad.

Hermanados por un mismo océano, un mismo Cinturón de Fuego y la misma Placa de Nazca, las réplicas del terremoto chileno hacen temblar al Perú. La mañana del sábado 27 de febrero, el mar se retiró en Chancay, San Bartolo y la Costa Verde (más de 200 metros en la playa Makaha). Y hubo leves maretazos en Cerro Azul y Paracas. La onda del tsunami también llegó a las costas de Ilo, más de tres horas después del terremoto chileno y con una altura de solo 42 centímetros. Suficiente para atemorizarnos a mediano y largo plazo.

Para Kuroiwa, Lima mantiene densidades demográficas de espanto en ciertas zonas de la ciudad. A ello se le suman las construcciones defectuosas. El adobe de la vieja Lima, las casonas del centro, la ausencia de vigas y columnas de refuerzo que costaron pérdidas en el terremoto de 1970, las edificaciones que no respetan las zonificaciones por pisos en los cerros de La Molina y los acantilados de Barranco y, sobre todo, la corrupción en el otorgamiento de licencias. A esto se le suma el terreno arenoso de zonas como La Molina o el piso húmedo de los Pantanos de Villa, suelos que no absorben ni reducen los impactos como sí lo hace el piso aluvional de, por ejemplo, el centro de Lima.

Estas medidas de seguridad no tienen que pelearse con la histórica belleza arquitectónica. Cartagena y Quito han conciliado ambos criterios. Otro ejemplo es la remodelación de El Rastro de San Francisco, encabezada por Flor de María Valladolid de Emilima. Su compromiso es destugurizar el casco histórico y remozar simultáneamente su hermosa arquitectura.

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Según un revelador estudio de Emilima, 30 mil de las 47 mil 184 viviendas en el centro histórico de Lima están en inminente riesgo de colapso.

Kuroiwa teme no solo cuantiosas pérdidas humanas sino también bajas económicas similares a las que ha sufrido Chile. Para el presidente del Instituto Geofísico del Perú, Ronald Woodman, un sismo de grado 7 con un epicentro de menos de 60 km de profundidad en medio del mar provoca, casi con certeza científica, un tsunami. Y ha habido una decena de sismos de 7 o más grados en la historia del país. En 1746, una ola de 17 metros golpeó el Callao media hora despues de un terremoto, a las 11 p.m. La tragedia se llevó 15 mil personas y el mar depositó el mascarón de proa de la nave San Fermín en la esquina de la Av. Grau con Cochrane.

Los actuales años de relativa calma peruana podrían interrumpirse por las palabras del reputado sismólogo Brian Brady (CARETAS 1990), quien ‘predijo’ en los setenta un sismo “a partir del 14 de setiembre de 1974”, menos de un mes antes del terremoto del 3 de octubre de aquel año. También dijo que después de ese año se anunciaba algo “mucho mayor”.

Con los planes de adquisición de un sistema satelital de alerta de tsunamis sobre la marcha, queda pendiente la difusión de una cultura sísmica. Para Woodman, la inmediatez del sistema satelital significa cientos de vidas frente a una ola que puede llegar de 10 minutos a 3 horas después. Hay que alejarse del mar e ir a las partes altas. “Un ejemplo: el sismo de Pisco provocó una ola que llegó 15 minutos después a sus costas y una hora después al Callao”. La línea telefónica colapsaría, como ya sucedió en el caso de Pisco. “Según la ley, los medios masivos de comunicación están al servicio del Estado para alertar ante tragedias como estas”, dice Woodman. Pero no todos salen de sus casas televisor o radio en mano. En La Punta ya existe un sistema de sirenas. Podría replicarse el modelo en toda la costa.


 


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