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Entrevistas Celebrando el pasado Día de la Mujer, Cecilia Tait confiesa fortalezas –y tristezas– de una mujer hecha sola.

La Tait al Desnudo

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“Tenía 10 años cuando estalló mi gran rebelión: me juré a mí misma que en el futuro tendría casa, carro, vestidos, zapatos, viajes y todo lo que pudiera desear”.

Ocho de marzo. Día Internacional de la Mujer. Es claro que la mujer peruana supera al hombre en muchísimos aspectos, disciplina en el trabajo, fortaleza interna, sentido del sacrificio y, sobre todo, coraje frente a la vida. Busco una candidata para esta entrevista conmemorativa y creo que Cecilia Tait reúne las mejores condiciones para llevarla a cabo. Aparte de una muy linda mujer y haber cumplido 48 años este pasado viernes 5, que no los aparenta, es una triunfadora y ha ido escalando los peldaños de la vida a fuerza de coraje. Ese coraje que con sus mates prodigiosos en los momentos más intensos de un partido de vóley nos levantaba de los asientos frente al televisor e inyectaba emoción, satisfacción y orgullo a todo el Perú con las victorias de la selección nacional. Acude al restaurante Costa Verde acompañada de su hermana Violeta, que conoce todos los intersticios de su carácter y es una testigo excepcional en la aventura de su vida desde que era una niñita rebelde, tras la ausencia de la figura paterna, hasta llegar en algún momento a ser considerada la voleibolista número uno del mundo y más tarde ocupar una curul en el Congreso con el partido Perú Posible, siendo hoy un icono viviente. Transcurre hora y media de escarceos antes de llegar a perforar esa capa protectora que siempre lleva puesta (eso se percibe enseguida), formada por un orgullo innato que se resiste a descubrir sus falencias remotas llenas de sensibilidad doliente todavía no desaparecida y las dificultades vividas en su niñez. Otro handicap es su natural impaciencia ante una farragosa y prolija entrevista. Sin embargo, cuando finalmente, y como producto de la conversación que se hace intimista, entramos en su mundo interno, fluye la auténtica Cecilia que nos permite reconstruir ese monumento a la voluntad que constituye su vida. Hay una simbiosis de raciocinio y temperamento exultante que la ha hecho encarar y aceptar los riesgos que esta le ha presentado. Veamos su lucha ante la adversidad.

–Situémonos en su clase social.
–Yo diría que clase media o media baja. Mi padre era un músico panameño, pianista, que tocaba en el Sky Room del Hotel Crillón, mi madre era loretana. Fueron pareja. No se casaron. Vivíamos en Miraflores, en Grimaldo del Solar y entonces nació mi hermana Violeta. Cuando mi madre estaba embarazada de mí él dijo que se iba a Washington al matrimonio de una hija que había tenido con otra mujer. Nos abandonó. No supimos nada más de él y lógicamente las cosas se pusieron mucho más difíciles.


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