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Opinión Bajo pero elevado, ameno y hondo, poeta vasto y cineasta breve, maestro inolvidable. Un perfil.

Pablo Guevara: La Juventud No Envejece

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Pequeño, bigotudo, medio calvo... Era un gran soñador que quería ir más lejos, más alto, más fuerte.

Yo acababa de publicar mi primer poema, “Del infante difunto”, en una revista mimeografiada que sacaban los estudiantes de San Marcos, cuando, sorpresivamente, fui convocado por un comité estatal dirigido por Pablo Guevara, que había seleccionado a una veintena de poetas y escritores, para invitarnos a conocer La Realidad Peruana. Sólo que yo era un perfecto desconocido, jamás había publicado un libro, ni dado un recital, ni figurado en nada, y me parecía por lo menos extraño aparecer en la lista con algunos escritores ya consagrados, con un par de críticos detestados. Pero el poeta Guevara se había quedado fascinado por mi poema, y fue él quien me eligió para esa lista, como luego me enteré. Se nos convocó a unas reuniones informativas, en las que por primera vez vi a Pablo, que era el principal promotor de ese programa: pequeño, bigotudo, medio calvo, nos explicó nerviosamente, casi a trompicones, lo que era este proyecto, que no nos obligaba a nada y nos ofrecía un viaje hacia cualquier punto del Perú que nosotros eligiéramos, con un sueldo de 4 mil soles mensuales, y por una duración de unos 3 meses. Y esto solamente para entrar en contacto con la realidad peruana, por si acaso no la conociéramos lo bastante o la hubiéramos olvidado… ¡Fabuloso! Yo elegí el Cusco, que entonces no conocía, y pocos días después me embarqué en esa aventura acompañado por el poeta Carlos Henderson –que ya había publicado “Los Días Hostiles”– y por el crítico en cierne Mario Sotomayor.

La siguiente vez que vi a Pablo fue ya en el Cusco, en un restaurante de la Plaza de Armas donde ambos coincidimos. Me invitó a sentarme a su mesa, y me presentó a sus acompañantes, el cineasta Luis Garrido Lecca, y el fotógrafo Jesús Ruiz Durand, porque venían a filmar un documental sobre el Cusco con una vieja cámara Bolex de 8mm por encargo del Ministerio de Trabajo. Garrido Lecca, más conocido como “Garridoff”, porque había estudiado cine en Alemania Oriental y no ocultaba sus simpatías comunistas, había filmado el documental “Pueblos Olvidados” con Pablo Guevara, que era un apasionado cinéfilo, como vine a enterarme allí mismo, y estaba formando un equipo de cine documental para enfocarlo sobre esa elusiva Realidad Nacional que estaba en toda moda, y ya había encargado a Alemania una cámara Arriflex de 16mm y una grabadora Nagra, bien profesionales, que estaban por llegar.

Pablo era una verdadera enciclopedia del cine, que podía contarte “Stromboli”, o “Roma, Ciudad Abierta”, o “Paisà” escena por escena, cuadro por cuadro, pues era fanático del neorrealismo italiano y de su máximo exponente, Roberto Rossellini. El cine francés también lo apasionaba y adoraba a Jean Vigo –“El Atalante”, “Cero en conducta”– y al Marcel Carné de “Los hijos del Paraíso”, con guión del poeta Jacques Prévert. Escribía en la revista pionera “Hablemos de Cine”, y sostenía que en el Perú había que hacer cine de bajo presupuesto y gran calidad, como el neorrealismo: luz de día, escenarios naturales, actores amateurs, cinta de 16mm, y desde luego talento, mucho talento. El guión tenía que ser muy bueno, y debía permitir a los actores improvisar en algunos momentos, pues esto transmitía mucha verdad al espectador.

Esta era la otra faceta del poeta, de la que recién me iba enterando. Casualmente yo acababa de regresar de Cuba, donde había estudiado en la CMQ un curso de “Producción y Dirección de Radio y TV”, y no sabía muy bien dónde aplicar lo que había aprendido, porque un cierto Goar Mestre, ruidoso exiliado cubano que dirigía el Canal 4 me había puesto en la lista negra, y para mí no había chamba. Les conté pues mi triste historia a mis nuevos amigos, y les encantó a los dos, porque Pablo tenía simpatías de izquierda, y Lucho ya había estado en Cuba como asistente del maestro Joris Yvens filmando un documental, y de inmediato me contrataron para su equipo, allí, sobre la marcha… Después de todo lo más parecido al cine era la TV, y sus técnicas eran similares, de modo que yo parecía encajar perfectamente en el equipo. “¿Cuándo comenzamos?”, pregunté, entusiasmado…

Fueron años dorados. Pocos, pero dorados. Viajamos con nuestro equipo en una polvorienta Land Rover por todo el sur del Perú, Cusco, Santa Bárbara, Machu Picchu, Tinta, Sangarará, Surimana, Puno, Lampa, haciendo nuestros malditos documentales, que el Ministerio de Trabajo –Dirección de Caminos–, nos contrataba. Pablo y Lucho hacían cámara, yo los guiones y el montaje, y el poeta Hernando Núñez se ocupaba del sonido. Luego incorporamos a otro poeta, Toño Cisneros, al equipo, con lo que ya éramos 4 poetas sobre 5, pero curiosamente casi nunca hablábamos de poesía entre nosotros, y seguramente por ello mismo nos divertíamos mucho más. Cada vez que terminábamos un documental, hacíamos una proyección privada para el Ministro, los viceministros, los asesores y otros ganapanes de la esfera burocrática, quienes invariablemente aplaudían al final, exclamando: “Es un documento social!”, y lo prohibían al día siguiente. Pero no por eso nos botaban, sino que nos financiaban también la siguiente y la subsiguiente, aunque al final las vetaran para su exhibición pública. Con “Doce Caminos”, que contaba los trabajos y penurias de los obreros viales para abrir caminos en la cordillera, ganamos el segundo premio del concurso de Cine Estatal en Estocolmo, pero no pasó nada, y seguimos así, en esa ambigüedad belaundista.

Pablo era muy conversador, muy abierto a todos los temas, muy culto, nada sectario, y desconcertantemente joven, cualidad que mantuvo hasta su muerte. Siempre se ponía del lado de los jóvenes, y así como a mí me había descubierto a través de una revista, iría a descubrir, estimular, auspiciar, prologar a muchos jóvenes poetas de diversas generaciones, que lo adoraban. Un día descubrí en su casa, donde habitaba con su encantadora esposa, la danesa Hanne, y sus hijos pequeños, que Pablo tenía la colección completa de la revista “Planeta” porque el poeta tenía una fuerte veta esotérica, futurista, de utopía y de ciencia ficción sobre la que podía hablar durante horas: “El Retorno de los Brujos”, de Pawels y Bergier, los cuentos de Bradbury, de Sturgeon, de Stapledon, de Arthur Clarke, le fascinaban, pues él intuía un futuro espléndido para la humanidad allí donde los otros solo veían la realización del dogma comunista. Por eso es que Pablo daba la sensación de estar desapegado de este mundo, viviendo en sus propias esferas poéticas, utópicas y cinematográficas, pues era un gran soñador como lo es todo poeta, y quería ir más lejos, más alto, más fuerte.

En 1997 Pablo ganó el premio Copé con su libro Un iceberg llamado Poesía (Lima, 1998), sorprendiendo a todo el mundo con la vastedad y variedad de esta obra, que consta de 5 tomos: La colisión; En el bosque de hielos; A los ataúdes, a los ataúdes; Cariátides; Quadernas, quadernas, quadernas. La última vez que lo vi fue en México, en la FIL de Guadalajara del año 2005 donde el Perú fue el país homenajeado. Me dijo que hubiera querido hacer una escala en el D.F. a su regreso a Lima, para visitar su fabuloso Museo Antropológico, pero la gente de la Cancillería se lo negó alegando no sé qué miserables problemas de dinero. Al año siguiente murió de una leucemia, y se fue sin ver el famoso museo, que estoy seguro él hubiera adorado. Paz a sus huesos… (Por: Rodolfo Hinostroza)


 


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