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Vida Moderna Sacándole la vuelta a la Semana Santa, fervientes practicantes de diversos pecados capitales dicen presente.

El Arte del Pecado

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Devorador Raúl Vargas no cree en el pecado de la gula. "Comer no es pecado, como tampoco lo es hacer el amor", sentencia.

Ya en 1694, la santona Ángela Carranza supo explorar bien los intrincados caminos del placer. Se dice de ella, como bien señala Fernando Iwasaki en su sabrosa obra Inquisiciones Peruanas, que era ducha en la extracción de piques y ladillas incrustadas en zonas pudendas de la anatomía masculina. El tipo de gozo que de tales prácticas obtuvieran esta “sierva de Dios” y sus pacientes ha quedado perdido en la penumbra del tiempo, pero su calificación como pecado de lujuria quedaría para siempre impreso en los anales de la Inquisición de Lima.

Un manual de catecismo básico señalará que el pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta, pero devotos del pecado quizá prefieran definirlo como gozo puro. Dejando de lado esa otra nutrida galería local de practicantes de la ira, la envidia, la soberbia y la avaricia (donde bien pueden recaer integrantes de la esfera política y la farándula), aquí grata galería de infatigables devotos de pecados más amenos. Por si acaso, ya lo dice el refrán: el que peca y reza empata. Las plegarias, claro, tendrán que provenir de otras canchas.

En boca de todos

Pecador de sazones y sabores, Nguyen Chávez, desde las soberbias canteras de su restaurante Pescados Capitales confiesa no ser experto en cocinar pero sí en degustar. La seducción a través de la comida, asegura, no es un mito, sino una realidad que él mismo pudo comprobar con la que hoy es su esposa gracias a una tímida e inicial torta de chocolate que luego sería reemplazada por cortejos de olla más sofisticados. Con el reciente lanzamiento de un libro de gran formato sobre su proyecto gastronómico, Chávez ciertamente puede concitar con sus potajes a fervientes practicantes de la gula, pero él mismo rechaza esta práctica por su riesgo contraproducente: “puedes terminar perdiendo el gusto del placer de comer; se trata de saborear y esperar otra oportunidad para volverlo a sentir, pero si abusas de él, como hacían en la Edad Media que comían, se ponían una pajita para vomitar y volvían a comer, pierdes el gusto, la gracia”.

Ilustradora Sheila Alvarado y devoción por la piel propia, aquí en lujurioso autorretrato de reciente exposición en la Bruno Gallery.

Con una carta pecaminosa que incluye platos como “lujuriosas conchas al fuego”, “avaricias de langostino al perol”, y “pereza: langostinos y calamares congresales”, Chávez señala quizá con conocimiento de causa el ingrediente perfecto para pecar: “la tentación”. El procedimiento a seguir entonces, asegura, es sencillo: “lo único que debes hacer es dejarte llevar; si viene la tentación, la asumes, pues”.

De su carta, sin embargo, asegura haber retirado el único plato que efectivamente le generaba cargo de conciencia: pulpo bebé a la parrilla. Ahora reemplazado por un pulpo adulto y trozado, asegura que igual es rico aunque no con el mismo atractivo de especímenes más tiernos. Como en la cama misma, provocaría decir. Incrédulo del poder afrodisíaco de las conchas negras, que en su caso suelen mandarlo a la cama, pero a dormir, Chávez no le dice no a ningún platillo, y habiendo probado ojos de cordero y hasta una rata subrepticia, asegura que con el cebiche el único pecado es no comerlo.

Con Todo y Cáscara

“Lo que más me gusta es comer”, exclama orgulloso el director de RPP Raúl Vargas, otro goloso impenitente, quien cree que la noción de la gula como pecado capital es una idea tendenciosa que solamente admiten los que quieren ser píos, pontífices o beatos.

“No es pecado comer, como no es pecado hacer el amor. El ser humano tiende a ser excesivo y por lo tanto gozoso. Una comilona de cuando en cuando nunca le hizo mal a nadie”, asegura Vargas.

Autodenominado comensal inagotable, a Vargas se le hace una tarea imposible escoger una comida favorita, pero sí sabe que el plato más exquisito para estar con la mujer amada son las ostras al champán. Con los amigos, por otro lado, se puede variar entre un sudado esplendoroso, unos chicharrones de pescado o una suculenta pachamanca.

Sin embargo, no todo es gozo para Vargas –especialmente si este no es el anfitrión– ya que al haber viajado por todo el mundo se ha visto obligado a comer desde crujientes cucarachas en China, un lindo gatito en Japón y resbaladizos gusanos en Oaxaca. Ahora en su lista solo le queda probar sesos de babuino, entre otras delicatessen.

Mañuco de Buena Honra

Conocido por todo el Perú como Melcochita, el comediante Pablo Villanueva es el fiel ejemplo de cómo la lujuria no solo te mantiene vivo, sino en buena forma. Sin embargo, después de haberlo probado todo, Melcochita asegura que se queda con el producto nacional; ya que aunque las peruanas son bravas, son azúcar para los canarios y cuando tienen a un hombre se lo llevan al manicomio para hacer el amor como locos. De tales demencias carnales bien pueden dar cuenta a sus 74 años su más de media docena de hijos y otro más en camino de su mujer 47 años menor que él. Para el comediante y sonero, ser goloso con las mujeres no es pecado y su mujer ideal no puede ser una santa, ya que le gustan las mujeres “con tumbao y mañosonas” que lo seduzcan con el amorcito por aquí, mi rey por allá y disfruten de inescrutables posiciones non sanctas como el helicóptero y la tortuga ninja debajo de una escalera o detrás de un matorral. Sic.

Santa Pereza

A pesar de no ser un vago en la práctica, el poeta peruano Antonio Cisneros sí se considera un vago teórico, ya que no cree que el trabajo sea una actividad natural a los seres humanos, sino un producto del castigo de un Dios furibundo. En efecto, la Biblia establece que Adán y Eva eran felices hasta que comieron del fruto prohibido y Dios los expulsó del paraíso condenándolos a ganarse el pan con el sudor de sus frentes.

“El trabajo es una cosa impuesta para la que se han inventado un montón de reglas y normas al punto de llegar a la desvergüenza de colocar en el campo de concentración de Auschwitz un letrero en la entrada que decía ‘el trabajo os liberará’”, asegura Cisneros. Por ese motivo el poeta prefiere recordar el cinismo del escritor Oscar Wilde, quien alguna vez dijo que él no trabajaba porque solo trabajan las personas que no tienen nada que hacer.


 


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