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Internacional Medio millón de personas reclama reforma migratoria en marchas en Estados Unidos. Un peruano de 23 años entre los organizadores.

Buscando América

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Entre los doscientos mil manifestantes, la bandera peruana se dejó notar. Ocho millones de indocumentados esperan vivir el sueño americano.

El Yes, we can que Barack Obama adoptó como arenga oficial de su campaña presidencial se ha traducido y reinterpretado, a un año de su asunción al poder, en un agresivo Sí se puede inmigrante. Una frase que los peruanos conocemos desde las ya lejanas hazañas futbolísticas del Cienciano, pero que tiene una connotación mucho más dramática para los doscientos mil manifestantes que el domingo 21 llegaron al National Mall de Washington D.C. desde todos los rincones del territorio estadounidense: es un ultimátum. O la reforma prometida por Obama se define este año o el codiciado voto inmigrante para las elecciones congresales de noviembre se esfuma. Con camisetas blancas y banderas estadounidenses –que estratégicamente reemplazaban a las banderas latinoamericanas de la primigenia marcha del 2006– el tono de los cánticos, porras y discursos era el de un reclamo todavía fraterno. “Los amigos cumplen sus promesas”, decía un cartel. Otro era más directo: “Nosotros hicimos nuestro trabajo (refiriéndose al voto), ahora tú haz el tuyo”.

La misma multitudinaria reacción se registró en Los Ángeles el sábado 27, luego de una semana de pequeñas manifestaciones a lo largo de todo el norte de California. Los objetivos, los mismos: Legalización de los doce millones de indocumentados –de los cuales, aproximadamente ocho millones son hispanos–, respeto de los derechos civiles, no más deportaciones y familias separadas, no más redadas. También la misma diversidad entre los propios manifestantes: Latinos mayoritariamente, acompañados de africanos, asiáticos y estadounidenses de pura cepa (“Nosotros también somos inmigrantes”, decían). La mañana del 21 en el National Mall, la tranquila zona entre el obelisco de George Washington y el Capitolio, en donde se encuentra buena parte de los museos del Smithsonian, fue festiva, política y hasta religiosa, bien conocida la inclinación latina al sincretismo. La Virgen de Guadalupe y el indio de los Redskins convertido en Jesucristo daban su bendición a la noble causa, rodeados de organizaciones de derechos civiles de todo el país con sus propios emblemas y de turistas desorientados que no entendían qué demonios estaba pasando. A estos últimos no se les puede culpar de nada: ni la revista Time, ni el Washington Post ni el New York Times se han ocupado de darle en sus páginas un espacio significativo a la Marcha por América, como se ha bautizado a este movimiento. Durante las últimas semanas la atención de la prensa norteamericana estuvo totalmente centrada en el debate por la reforma del sistema de salud, fieramente defendida por el presidente y que finalmente se aprobó el mismo domingo 21, tras un año de negociaciones y para irritación de los republicanos. Día histórico por dos razones, entonces, aunque ambos acontecimientos se hayan ignorado mutuamente. Obama estuvo metido de lleno en la lucha de votos por la reforma de salud pero, muy inteligentemente, encontró la manera de dedicar un gesto al movimiento migrante, que a solo unas cuadras de la Casa Blanca rugía solicitando su presencia: envió un video en el que reafirmaba el compromiso asumido en campaña, recordaba que ya hay en el Parlamento una comisión bipartidaria trabajando en el proyecto para crear “un sistema inmigratorio que funcione”, y evocaba las marchas pro-inmigración en las que él mismo había participado en años anteriores (“ya hemos marchado juntos en Illinois”). La iniciativa le valió vítores del público, señal de que su popularidad aún se mantiene, al menos de momento. Pero lo cierto es que tendrá que hilar fino para mantener el favor de la inmensa población inmigrante –el 15% de la población estadounidense–, más aun cuando ya el Movimiento por una Reforma Justa ha hecho conocido que durante los primeros nueve meses de la era Obama se han realizado más deportaciones (mil por día) que durante el mismo periodo de la era Bush (seiscientos cincuenta por día). El tiempo se le acaba. El movimiento inmigrante está pidiendo resultados ya, y la tensión por el debate de la reforma de salud ha desgastado la voluntad de consenso entre demócratas y republicanos y ha rebajado la discusión en las calles al nivel del insulto destemplado de una vereda a otra. Mal momento político para plantear un nuevo cambio radical –la reforma del sistema de salud lo es–. Incluso el senador republicano Lindsey Graham, distanciado de sus pares partidarios por su voluntad de dialogar con los demócratas en temas clave y designado por Obama, junto a Chuck Schumer, para plantear el proyecto de reforma inmigratoria, ha utilizado los medios para enviarle un mensaje al presidente: “Si quiere manifestar su inquebrantable compromiso con la reforma inmigratoria, escriba su propio proyecto y trate de pasarlo por la Cámara de Representantes, porque dudo mucho que pueda pasarlo por el Senado”.


 


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