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Opinión El incansable grito de pervivencia y anecdotario del vate y narrador neoindigenista.

Eleodoro Vargas Vicuña: ‘Viva la Vida, Carajo!’

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Marzo, 1971. Mera similitud nominativa y gestual; años luz comparativo de talento narrativo y poético.

El poeta Demetrio Quiroz Malca, eterno pretendiente de mi madre, trajo una noche a casa a un grupo de escritores, entre los que se contaba Edgardo Pérez Luna, a la sazón crítico literario de El Comercio y su esposa Sarina Helfgott, ambos poetas, y dramaturgos, y traían con él, como un trofeo raro, al director teatral Emilio Galli, que acababa de regresar de París, y se vestía como un apache del Pigalle, con chompa negra de cuello tortuga, y un pañuelito rojo al cuello. Además, trajeron al lánguido y calvo poeta Eduardo Pool, que cultivaba su parecido jesuítico con Francois Mauriac, y por último un chico apenas un poco mayor que yo, que nos presentaron como el joven aprista Hugo Neira, brillante promesa de la literatura peruana, que se había ganado un premio internacional de oratoria, representando al Perú en México. Era un muchacho apuesto, con un perfil griego, que adelantaba una pierna cuando iba a hablar, y en el curso de la conversación cambiaba varias veces de pierna, como sin duda lo había aprendido en la escuela de oratoria de la JAP.

Era la mancha bohemia del centro de Lima, que se movía entre el “Dominó”, donde solía ir Sérvulo Gutiérrez, el “Negro Negro”, del sobrino del pintor, Maximito y su mujer Olga, que era un acogedor piano bar de amanecida en plena Plaza San Martín; el Café “Zela” que quedaba al costado y era también de boleto, con su piso de aserrín y un mozo que se parecía a Hitler; el “Versalles”, que quedaba enfrente, en el portal, y estaba lleno de jóvenes estudiantes y actores de teatro, periodistas. En la Colmena, subiendo al Parque Universitario, estaba el bar restaurant “Palermo”, que era de unos ponjitas amantes de la buena literatura, y cobijaba en su añoso local a Oswaldo Reynoso, a Miguel Gutiérrez y al inefable Bola, del que nadie sabía con certeza el nombre… Y paro de contar, porque de repente llaman a la puerta, y era el poeta y narrador Eleodoro Vargas Vicuña, que se había retrasado… Apenas apareció en el vano de la puerta, cuando lanzó su grito de batalla: “Viva la vida, carajo!”, que era también su carta de presentación, su credo, su blasón… “Viva la poesía!”, le respondió Demetrio, abriéndole los brazos, y lo invitó a pasar…

Eleodoro era un tipo muy bien plantado, atlético y vital aunque más bien bajo y cetrino, con una gran sonrisa que iluminaba su rostro de rasgos armoniosos, y una sonora voz de barítono. Era muy teatral y le encantaba ser el centro de la atención, como nos dimos cuenta pronto, cuando comenzó a diz que improvisar un poema para la anfitriona, que era mi mamá. Cayó pues de rodillas, exclamando: “Hombre! Creo en ti!” y mirando por la ventana, continuó “Cielo! Creo en ti!” y como era noche de luna, allí nomás empalmó: “Luna! Creo en ti!, trepándose por la cortina, y desde la ventana exclamó: “Noche! Creo en ti!...” para otra vez caer de rodillas frente a mi madre, que lo miraba estupefacta, y azotarla con su voz de barítono: “Mujer! Creo en ti…!” que se ganó el aplauso del auditorio, acostumbrado a estas payasadas. Esa noche memorable le firmó un autógrafo a mi mamá, pero como no tenía papel, se arrancó con los dientes uno de los puños de su camisa blanca, y allí, con un bolígrafo, estampó su firma, diciendo: “Esta es verdaderamente de puño y letra”, y se la dio a mi mamá, quien la conservó por años…

A mí me dio un consejo que me ha durado toda la vida, porque cuando se enteró que a mis tiernos 17 años yo ya había publicado un cuento, “El noveno tranvía” en el suplemento dominical de La Crónica, que por entonces era muy popular, me dijo: “Cuando leas fíjate más en la forma que en el fondo, porque la forma la tienes que aprender, y el fondo lo vas a poner tú mismo”, que me aclaró las cosas y me fue de una utilidad formidable, sobre todo en aquellos años formativos… Le hice caso porque yo ya sabía de quién provenía ese consejo: ya había leído un cuento de Eleodoro, “Tata Mayo”, que me trajo Demetrio, y que me deslumbró precisamente por su estilo…Se solía considerar a Vargas Vicuña como el equivalente peruano del Juan Rulfo de “El llano en llamas”, por su temática indígena, por las inflexiones de una ternura medio quechua –él era de Tarma– que sabía sacarle al castellano. Había publicado un breve y legendario libro de cuentos llamado “Ñahuin”, y ahora escribía poesía. Este era su segundo verso más famoso: “Hombre, creo en ti!”…

Después lo vi muchas veces, en el ambiente bohemio, casi siempre en el “Palermo” o en casa de amigos. Se decía ardiente budista, veneraba a “Sakia Muni” sobre todas las cosas, y solía citarlo. Enseñaba en un colegio, por Ate, que entonces era un suburbio polvoriento donde también vivía, pero se le encontraba todas las noches en el “Palermo”, listo para el combate. Una noche en un bar de Jesús María, cuando estábamos en pleno jolgorio con Oswaldo Reynoso y Hudson Valdivia, Eleodoro metió la mano en el bolsillo superior de su saco, buscando un cigarrillo sin duda, y la sacó con una hoja de afeitar clavada en un dedo, sangrando abundantemente. Todos nos quedamos horrorizados ante esta imagen, y Eleodoro palideció, pero en lugar de sacarse la hoja de afeitar, la paseó por nuestras narices con su dedo sangriento, exclamando, con voz agorera: “Lo que tenía que suceder ha sucedido!”, y luego nos contó que esa imagen de la hoja de afeitar clavada en el pulgar la había visto en un sueño juvenil, y había esperado durante muchos años que esto le ocurriera, hasta que la premonición había terminado por suceder…” Ustedes son testigos!” concluyó dramáticamente antes de hacerse vendar el heroico dedo.

Un día vino a casa con Demetrio, para anunciarnos que se había ganado el Premio Nacional de Poesía, el máximo galardón que se confería en la época, con su libro “Zora, imagen de poesía”. Lo felicitamos cálidamente, desde luego, pero cuando nos leyó los primeros poemas del manuscrito, el poemario entero se nos despintó. Esta Zora era una dama ya bastante entrada en años, que se había vuelto la musa de Eleodoro, y solo había atinado a inspirarle esos mediocres poemas. Demetrio, que era muy riguroso, y se había hecho ya acreedor a ese premio, comenzó a tomarle el pelo, y a preguntarle si no habría sobornado al jurado, conformado por puros catedráticos misios… Vargas Vicuña no se ofendió, y más bien defendió a capa y espada la excelencia de su libro, que sea dicho de paso, nunca se publicó y cayó suavemente en el olvido, como toda la actividad poética de Eleodoro, que también fue piadosamente olvidada, y hoy solo se le recuerda como eximio cuentista.

Una noche en París, muchísimos años más tarde, yo había invitado a cenar a un grupo de amigos escritores en mi pequeño departamento de la rue Monge, en el Barrio Latino, cuando a eso de las 11 de la noche, tocaron inopinadamente la puerta. Me sorprendí, porque no esperaba a nadie más, y cuando fui a abrir, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con Vargas Vicuña, acompañado de su pareja la poetisa Rita Pezet, y del educador Carlos Castillo Ríos. Apenas me vio lanzó su inconfundible grito de combate: “Viva la vida, carajo!” que me devolvió a mi ya lejana adolescencia. Me contaron atropelladamente que venían de Corea y de los países del Este, donde habían sido invitados a no sé qué congresos, y aprovechaban para darse un salto por la Ciudad Luz, donde se quedaban hasta mañana, y no querían irse sin saludarme. Los hice pasar, encantado, a mi estrecha morada.

Les presenté a mis invitados, que eran el escritor argentino Héctor Bianchiotti, con quien yo trabajaba en la editorial “Gallimard”, el cubano Severo Sarduy, con quien también trabajaba en Radio Francia, y a la editora brasileño-catalana Beatriz de Moura, de Tusquets Editores, para quien traducía novelas y cuentos del francés al español. Era casi una reunión de trabajo, en el fondo, y los tres amigos recién llegados, ante tan prestigiosos editores, se figuraron que yo ya estaba en el Walhalla de los escritores consagrados, sin saber que nunca me habían publicado en Francia, y yo no tenía mucha influencia en las editoriales. Pero igual, entre ellos intercambiaron direcciones, teléfonos y vagas promesas de publicación, que nunca se concretaron, desde luego.

Esa fue la última vez que vi a Eleodoro. Años más tarde, en Lima, me contaron que Vargas Vicuña, misio, enfermo, desesperado y desahuciado en el Hospital 2 de Mayo, había llegado a gritar “Viva la Muerte, carajo!”, pues se aburría de tanto esperarla. Yo no lo creí, desde luego, porque aquello tenía sabor a blasfemia.( Por: Rodolfo Hinostroza)


 


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