miércoles 18 de septiembre de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2124

08/Abr/2010
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ActualidadVER
Sólo para usuarios suscritos Encuestas
Acceso libre Medio AmbienteVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre TecnologíaVER
Acceso libre Derechos HumanosVER
Acceso libre TurismoVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Acceso libre AlbumVER
Acceso libre Foto CarnetVER
Acceso libre BodasVER
Acceso libre PérdidaVER
Acceso libre RestaurantesVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Alfredo
Sólo para usuarios suscritos Luis Freire
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2300
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Pérdida Fue la reina indiscutida de la música criolla durante 70 años.

La Reina, la Eterna

Ampliar imagen

Tenía un repertorio de 1200 canciones, entre valses, polcas, pasillos, joropos, tangos.

Jesús Vásquez ha sido la alondra de la ciudad durante más de setenta años. Mujer de pueblo, sencilla, bromista, emotiva, escaló las cimas más altas de la popularidad. Su canto la llevó a lucirse no solo en el país, sino también en buena parte del planeta. No fue nunca sin embargo la artista adinerada que algunos suponían. Vivía austeramente, pero no pasaba apremios económicos. Condecorada con la Orden del Sol y distinguida por la OEA, al emprender el viaje sin retorno la Chola estaba a unos meses de cumplir 90 años de edad. A continuación, una crónica muy personal de un periodista que siguió su carrera artística desde los días de la radio.

Hace ya unos meses que la vida de Jesús Vásquez pendía de un hilo. En la Clínica Maison de Santé de Lima, donde se atendía desde los primeros años de la década de 1980, los médicos habían hecho todo lo humanamente posible para prolongarle la existencia.

Unos días antes de que ingresara a la sala de cuidados intensivos, CARETAS intentó conversar con ella, pero ya no era posible. La Reina de la Canción Criolla ya no estaba del todo aquí. No recibía visitas, no reconocía más que a sus hijas; una severa demencia senil la había aislado. Sufría una serie de males propios de su edad. En octubre iba a cumplir 90 años.

En respuesta a nuestra solicitud, el director de la clínica, Felizardo Osorio, me dijo entonces que podía visitarla e incluso tomarle fotografías siempre y cuando las hijas lo permitieran. Pero luego de escuchar lo mal que se encontraba, no creímos prudente acercarnos, y menos fotografiarla. Jesús se preocupó siempre de cuidar con esmero su apariencia personal.

Cantó en toda América Latina, en Europa y Australia.

Le conté entonces a Carlos Saavedra, reportero gráfico de la revista, que cuando la entrevisté al cumplir ochenta años en la pequeña sala de su casa de San Miguel, rodeada de bronces recordatorios, diplomas y retratos de su juventud, me recibió un poco preocupada: había perdido su pasaporte y esa tarde debía hacer la denuncia policial, pues estaba a punto de viajar a los Estados Unidos. “¡Ay, esta blusa, y de remate sin maquillaje! ¡Me hubieras avisado que venías con fotógrafo!”, refunfuñó, llevándose las manos a la cara. “Si estás bien, Chola”, le dije. “¿¡Qué!?.... Habla más fuerte”, pidió. “¡Que no te preocupes, que luces bien!”, le respondí elevando el tono de voz. Jesús ya sufría de sordera. Tenía auricular, pero lo usaba solo cuando se acordaba.

Dos días después sonó el timbre de mi celular. Me llamaban de la Clínica Maison de Santé para comunicarme que una de su hijas había llevado a la Clínica uno de sus álbumes; tal vez el más nutrido y espectacular de los que guardaba la artista. Era grande, de tapa gruesa y roja, y atesoraba por lo menos 600 fotografías, muchas de ellas inéditas. Algunas de esas imágenes ilustran esta crónica.

Para el autor de estos renglones, la noticia de su partida fue muy dolorosa. Es que supe de su nombre, su canto y su belleza desde muy temprana edad. Primero de oídas, a través de la radio, y luego por una fotografía que apareció en la portada del cancionero La Lira Limeña, en febrero de 1939, cuando fue elegida por votación popular Reina de la Canción Criolla. La gente compraba el cancionero, recortaba los cupones y los enviaba a los organizadores. Como ganó el concurso, se quedó con el título de Reina para siempre.

Hacía apenas dos años que había debutado en la radio. Antes de cantar trabajó en una casa de sombreros y en una fábrica de mantequilla, donde su propietario, un hombre muy comprensible, le daba permiso para que vaya a ensayar. “Entonces yo no iba a almorzar a mi casa. Compraba pan y ahí echaba la mantequilla. Ese era mi almuerzo”.

La conocí personalmente en la década de 1950, siendo yo ya periodista, en Radio Victoria. Por esos años la ciudad entera tarareaba todo lo que cantaba la Chola. Jesús estaba en la cima de la popularidad. Le llovían los contratos. Viajaba de éxito en éxito por casi todos los países del continente. En una de las cuatro o cinco entrevistas que le hice en mi vida profesional, recordaba que fue la primera peruana que visitó Ecuador después del conflicto de 1941. “Todo el mundo tenía miedo de ir al Ecuador”, me dijo entonces. Ella fue, y la Reina se hizo ídolo. En el país vecino grabó hasta tres long plays de pasillos.

De su largo peregrinar guardaba gratos recuerdos, como cuando el presidente de Costa Rica José María Figueres bajó de su palco para saludarla. Y entre sus muchas anécdotas, rememoraba el tremendo chasco que se llevó en México cuando, al llegar al aeropuerto, un empleado preguntaba por el señor Jesús, “creyendo que yo era hombre. Así no me iban a encontrar nunca. Allá me llaman María de Jesús. México es un país muy difícil para los extranjeros. Pero ahí me fue muy bien: hasta filmé una película”.

Muchos recuerdos se agolpan en mi mente ahora que ha partido. Pero su voz vivirá para siempre en el disco –grabó alrededor de 60 long plays que han sido llevados a CD– para felicidad de quienes, como yo, quedamos fascinados con su canto y su amistad. (Domingo Tamariz).


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista