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Entrevistas El buceo ético y estético del pintor Juan Pastorelli.

El Mar en el Alma

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Acuarelista, buzo, cinéfilo, geómetra, ajedrecista: Juan pastorelli, hombre libre y sensatamente feliz.

La gente piensa que el óleo es la pintura por antonomasia. Pero hay otras muchas técnicas pictóricas que no se ven tan asiduamente y que son, aparte de menos conocidas, endiabladamente más difíciles, como por ejemplo la acuarela. Tengo delante de mí, en el restaurante Costa Verde, tomando unos whiskys como paso previo al almuerzo a un pintor de muchos quilates y muchas técnicas, Juan Pastorelli (66 años), que ha pintado al óleo, acrílico y a la témpera y que ha hecho infinidad de dibujos de todo tipo y toda clase de grabados y que ha encontrado en la acuarela ese desafío pictórico que muy pocos son capaces de arrostrar. Con William Turner en el siglo XIX se funda el acuarelismo contemporáneo, pero éste ignoraba que las antiquísimas pinturas rupestres de la era cuaternaria (como las cuevas de Altamira, España) serían las primeras acuarelas hechas en una superficie pétrea con los pigmentos de su tiempo, como algunas resinas de árboles o miel de abejas que fijaban el color a la roca. Y menos sabía Turner del “mordiente” o “fijador” de goma arábica y el papel no ácido de larguísima duración o los pigmentos no perecibles que existen hoy día. Un buen acuarelista es un dibujante (o pintor) en estado de gracia. No puede permitirse el fallo en la pincelada pues cubre con ella una superficie blanca (generalmente el papel blanco) en la que ésta le da la luz originaria, o la luz total, de ahí que las transparencias sean el mayor argumento a dilucidar en esta técnica pictórica. Una pincelada fallida, un ocultamiento de la luz o del color, estropean la obra toda. Se necesita una paciencia absoluta, un pulso muy firme y un perfeccionamiento a ultranza (independiente del resultado artístico final que depende del genio impulsor y la propia y mayestática creatividad) para pintar una acuarela. Es un género pictórico muy difícil y a prueba de balas. O se sabe hacer o no se sabe hacer, una cosa u otra, no caben errores, esos errores que en la pintura al óleo se corrigen inmediatamente superponiendo colores para llegar a un resultado final querido y deseado. Estamos ante una técnica de elegidos, de bravos, de lanzados a la aventura. Como nos lo explica Pastorelli “la acuarela es temeraria, es un potro salvaje difícil de montar, pero una vez arriba empieza la aventura impredecible. En cambio cuando pinto al óleo me siento encima de un caballo de paso”. Pastorelli, sin lugar a dudas, es un perfeccionista técnico, un hombre que casa la emoción con la timidez, que dice su verdad sin aspavientos y que cree que el arte es un medio para que aquellos que buscan la autenticidad logren encontrarla en su fuero interno con los mismos parámetros técnicos que el arte nos da. Que hable él tras mis inquisiciones.

–¿Nacimiento? ¿Familia? ¿Primeros recuerdos?
–Soy descendiente de inmigrantes italianos genoveses que llegaron a Chanchamayo en 1890. A mi padre lo destacaron como Comisario de la Guardia Civil a Huaral y allí, en mi primera infancia, descubrí el mar, ese mar que me marcó para siempre en las playas de Huacho y Chancay. Cuando tenía 6 años a mi padre lo mandaron a Lima, a Miraflores, donde vivimos y donde aprendí a patinar y saboreé la vida de barrio, el colegio de curas del Champagnat, el culto al dibujo que me persiguió desde que tuve las primeras nociones de vida y ese amor platónico que sentía por las niñas que no estaban a mi alcance, pero que las veía y me conmovían siendo tan niño, y ese mar que ahora estaba más cerca de mí y que yo sentía latente en mi espíritu.


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