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06/May/2010
 
 
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Entrevistas Una experiencia al límite marcó la carrera artística de escultora Margarita Checa.

Al otro lado de la Muerte

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"Como escultora yo transformo energía, siento en mis manos esa materia que trabajo. Todos los artistas plásticos tenemos un código visual...Yo tengo mi propio código".

Margarita Checa (59), nacida en Lima, es una importante escultora que trasciende mucho por la gran personalidad que imprime a su obra. De ancestros terratenientes piuranos, familia muy connotada en la zona (su bisabuelo paterno hizo el canal del Chira que hoy se llama canal Miguel Checa), pasó su niñez en esas tierras del norte, ya que si en Sojo estaba el fundo principal que hacía de central familiar había otros 13 fundos que ella visitaba con sus padres y familiares con cierta asiduidad. No le faltaba nada y entonces una gran parte de lo que ella es y siente hoy, cosa que nos ocurre a todos, se formó en su niñez provinciana, en este caso exenta de contradicciones y problemas y llena de amor, aunque también limitada por un mundo familiar y naturalmente constreñido y sobreprotector que a ella no la dejaba “volar”. Vayamos a cómo la vi cuando acudió a nuestra cita en el Restaurante Costa Verde. Y la vi como una señora de muy buen ver, de una suficiencia social impecable que la signaba como mujer amable y ligeramente exultante y comedida a un tiempo (sabía ya lo popular y querida que es entre sus amigos). La conversación acabó inclinándose hacia su obra, y como yo la recordaba con poco detalle ella terminó enseñándomela casuísticamente en una laptop que llevaba consigo. Estamos dentro del arte figurativo pero con una impronta de fábrica especialísima, yo diría que única, llena de realismo mágico. Sus figuras estilizadas recuerdan en una primera y fugaz impresión a las de un Modigliani tridimensional que no se quedan allí, como las del artista de Livorno, sino que se escapan del contexto real para diluirse en lo etéreo. Y hablo de fugaz impresión en su semejanza, ya que las figuras de Margarita Checa están rematadas por cráneos normales y apepinados que se escapan de la dolicocefalia (o cráneo alargado) tan característica en la obra de Modigliani. Son seres sumergidos en una virtuosa incorrupción; seres a mitad de camino entre extraterrestres sacados de las películas de turno y los extraídos de las culturas terrestres más antiguas y exóticas. Traen a la memoria el arte africano negro, aunque todavía más límpido y bruñido en texturas de color avellana propias de la madera de olivo, en lo que es la carne, y con vestimentas hechas de caoba con incrustaciones de bronce en lo que representan telas de Paracas en la mente de la autora. Creo que su trabajo logró comulgar con su alma. Entremos en su vida y en esa introversión llena de fulgores místicos capaces de crear tanta magia.

–¿Primeros recuerdos?
–Piura. Los regadíos, el campo en general con su olor tan especial, las reuniones familiares constantes y los cuidados que mis padres tenían conmigo y que proceden de cuando me raptaron teniendo yo solo 4 meses, ya que una loca me sacó de la cuna y me llevó con ella. Gracias a Medina, el jardinero, que la vio de lejos y la siguió y acabó rescatándome, el susto fue muy grande, pero pudo ser peor y hasta trágico. Recuerdo siempre a Medina con gran cariño. Estuvo muchos años conmigo. Recuerdo el pasto y el columpio y me veo columpiándome hasta lo más alto y como yo quería volar, porque deseaba volar, en serio lo digo, me soltaba de brazos, los abría y dejándome caer para atrás como si volara aterrizaba con los pies en el suelo.


 


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