Cultural Un homenaje al poeta y la publicación de la antología (in)completa de su obra.
Rodolfo Hinostroza: Un Brindis Antes del Fin del Mundo
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Un salud y una lectura en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería (jueves 29 de abril, 7:00 pm). |
No hay cómo llegar a Rodolfo Hinostroza, dice palabras más y palabras menos el profesor William Rowe. Se refiere a su poesía, que se resiste a las aproximaciones, pero también al poeta, que con una copa de vino encima es casi lo mismo. Lo desarrolla en el ensayo
Para llegar a Rodolfo Hinostroza, otro buen intento de acercarse. Pero mientras se debate el texto ya se ha publicado un nuevo tomo –el que recopila obras de teatro– en la larga antología que Lustra Editores viene haciendo del autor. Tomo incompleto, porque ya está escribiendo una obra basada en la danza fúnebre de la recordada Norka Ruscaya (la Russkaya). Además, su recopilación de cuentos se llama
Cuentos incompletos, lo que anuncia que la paradoja está completa. La tortuga estará siempre por delante de Aquiles.
Por eso el triple homenaje al vate –en la Universidad Católica, en el centro cultural Inca Garcilaso de la Cancillería y en la Casona de San Marcos– haya sido tan merecido como insuficiente. No por la presencia del propio Rowe, académico británico del Birbeck College de la Universidad de Londres, ni por la participación de profesores como Gonzalo Portocarrero o Luis Abanto Rojas, Fernando de Diego, Karem Langer y Marco Ramírez (los cuatro de la Universidad de Ottawa), sino porque las correrías literarias de Hinostroza son amplísimas, casi renacentistas. En ese sentido es excéntrico, es decir, está fuera de todo centro posible. Se le define –es un decir– como poeta, astrólogo, periodista, dramaturgo y gastrónomo. Pero es sabido que hay más. Que estudió en la Cuba guerrillera y vivió mayo del 68, para luego, sobre el Huáscar, recitarles a los chilenos la sazón de nuestra poesía. Que pidió la renuncia de Cipriani y bajó del pedestal a Manuel Scorza, solo para subir a Westphalen, quien a su juicio merece más reconocimientos de los que tiene (la poesía es metamorfosis infinita, decía). Que tradujo al nobel Le Clézio y creyó –y cree– que Javier Heraud se engrandeció sobre todo con su muerte. Que habla tanto del deconstruccionismo derridiano de platillos como del fin del mundo, que es ahorita, ya. Y que con la vehemencia de un sibarita con marcapasos ha decidido escribir hasta la muerte o escribir la muerte, que con dos copas de vino es lo mismo.
Porque antes de que los manuales de cocina peruana se convirtieran en libros de autoayuda y muchísimo antes de que los chefs nacionales sean estrellas del rock (en un país que escucha cumbia), Rodolfo Hinostroza ya escribía sobre el Perú de Todas las Salsas, como se llamaba su antigua columna en CARETAS. Criticaba lo que, para él, era la inflada cocina novoandina, a la vez que alababa la cocina de fusión. Quizá porque es hijo de poetas y hermano de una chef. Pero quizá también porque creer en los condimentos es creer en los dioses con d minúscula, en una cocina mestiza y “en una poesía que no busca hacerse entender”. En un constante fluir de los dedos sobre el teclado.
Hinostroza escribe como si el fin del mundo fuese el 2012, vaticinio maya en el que realmente cree. Ante el apocalipsis climático, se ríe de las pretensiones bicentenarias de Alan García. Cree más en Lourdes Flores para la alcaldía limeña. Pero sentencia que “nuestros políticos no están a la altura del 2011”. Está seguro de que “la nefasta y dogmática Iglesia Católica tendrá que rendir cuentas ante la historia”, y de que aquello significará el fin de nuestras pretensiones de dominio frente a la naturaleza.
Hinostroza está convencido. Pero aunque no fuese así, aun si no hubiese apocalipsis ni fin del mundo a la vuelta de la esquina, aun si no existiese el punto final, quizá crea que hay que escribir como si lo hubiera. (Carlos Cabanillas)