sábado 16 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2129

13/May/2010
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre CorrupciónVER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis Freire
Suplementos
Acceso libre MineríaVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión Por RAFO LEON

Yanques y Sacha Adidas

Lima, 7 de mayo de 2010

Santiago lleva un nombre ya poco frecuente entre los muchachos de su generación, un nombre castizo, anticuado en un medio donde Abner y Wilbert vienen con su pan del progreso bajo el brazo. Es joven, no más de veinte años, y con otros muchachos de su pueblo han formado una ronda para proteger la capilla de Cuchuhuasi de su principal amenaza, los evangélicos, que la quieren incendiar porque como todo templo cristiano, es la casa del diablo. La capilla, del siglo XVII, abandonada, es una joya de las de a verdad, llena de pinturas murales y construida a una escala perfecta en medio de bosquecillos de qolles y arbustos de flores amarillas, con el fondo del nevado Ausangate y su cordillera dorada y azul por donde se la mire. Santiago me lleva a visitar la capilla, tiene un andar rápido y seguro dentro de un par de yanques, y con toda su timidez me cuenta sobre las relaciones cada vez más conflictivas entre católicos y evangélicos.

Al día siguiente continúo bajando por la misma Interoceánica 2 que me puso en Ocongate. Los bosques de neblina, de pronto, por un acto del viento, develan sus bromelias incrustadas como rubíes sobre los verdes. Debemos detenernos en un punto, pues hay un tramo en obras. Nos bajamos de los vehículos a estirar las piernas. De repente aparece Santiago, con un amigo, y se acerca a saludarme. Me alegro. Observo que camina distinto: lleva unas sacha Adidas en las que aún no está cómodo. Le pregunto adónde se va. “A los lavaderos de oro”, me responde, a “trabajar por dos meses”. ¿Y cuánto ganas? “Dependiendo pues, cuatro mil soles cada mes, así”. ¿Y ahorras? Se mira con su amigo, sonríen, bajan los ojos: “sí, pero el polvo ha subido como a ciento cincuenta soles y ya no se puede ahorrar tanto, pues”. Nos despedimos, cada quien se va a lo suyo.

La selva baja y su calor de plomo se imponen. La carretera –una cinta de gutapercha templada sobre una mesa de billar– cruza la quebrada Huancamayo, hasta hace no mucho una de las más representativas de la riqueza y diversidad del bosque primario. Hoy es un horizonte parchado de plásticos azules; la gente usa su propia basura para darles peso a los techos de sus chabolas construidas con lo que hay a la mano, cartones, maderas podridas, calaminas. Al fondo, un desierto color ceniza acoge las dragas que como insectos insaciables siguen sacando arena con piedrecitas de oro. Miles de personas van y vienen; entre ellas destacan las jovencitas pintadas como monas, en minifalda de bluyín, varadas en las puertas de los incontables bares que salpican el infierno más temido.

Me acerco donde un muchacho malencarado, con la capucha del polar sobre la cabeza a 35 grados de calor. Es puneño, tiene dieciocho años. Trabaja por temporadas de tres meses lavando oro, luego vuelve a su tierra, vaga y regresa. ¿Cuánto sacas? Me explica que en estos tiempos está extrayendo un promedio de treinta gramos al día y que él se queda con el diez por ciento. El precio del oro acaba de subir, se está pagando cien soles por gramo puesto allí; en Mazuco y en Quincemil dan más. Este hosco joven se levanta cien dólares diarios por hacer de la selva una tierra baldía, y de su propia vida una cosa breve y bastante desesperada. Quiero creer, y sí lo creo, que es posible enfrentar el tema de la minería aluvial informal. Pero claro, hay que romper mafias y eso cuesta. Y las entidades conservacionistas que con tanta celeridad se pronuncian frente a la gran minería, tienen acá un pendiente gigante. Pero hasta ahora, como que están lacónicas. El turismo, se dice, puede ser una opción bastante realista a esta exhibición de patología humana. Totalmente de acuerdo, los escenarios naturales son únicos en el mundo, el tránsito del Ausangate dorado y azul a los bosques bajos da la sensación de que es posible vivir dos vidas en tres días, y ambas deslumbrantes. Pero, ¿qué quieren Santiago, su amigo y el joven puneño del polar? Salir ya, salir de donde están, salir de sí mismos con los bolsillos llenos de oro en bruto. (Escribe: Rafo León)


Búsqueda | Mensaje | Revista